Apoya a Cuentística
A. C. GODOYSINN
Conocí a Cera hace más de veinte años, cuando ambos pretendíamos ser escritores. Él lo era de verdad; yo solo simulaba. Tenía una prosa precisa, limpia, y una extraña devoción por las palabras justas, esas que, según él, «no dicen más de lo necesario, pero tampoco menos». Durante años compartimos cafés, lecturas, manuscritos y decepciones editoriales. Ninguno había tenido éxito, pero ambos seguíamos escribiendo como si el fracaso fuera apenas un detalle técnico. Nada me hizo prever que una palabra acabaría arrastrándolo a la locura.
Fue una tarde, con una conversación trivial sobre Borges, cuando todo comenzó. Hablábamos de las entrevistas tardías del maestro, de su manera socarrona de refutar sus propias teorías, cuando Cera recordó un fragmento en el que Borges consideraba que era un error suponer que en la literatura se podían usar todas las palabras del diccionario. En esa entrevista —que más tarde supe que había dado en la televisión argentina— hablaba de la palabra azulado en pos de sus variantes: azuloso, azulino. Borges se refirió específicamente a azulino como ejemplo de artificio de escritor, una palabra decorativa.
—Decía que sonaba artificial, como una mancha azul en la página —me explicó, entusiasmado—. Que azulado era suficiente.
—Y tenía razón —le respondí.
—¿Y si no? —replicó Cera—. ¿Y si azulino tuviera un matiz que azulado no alcanza? ¿Y si la palabra fuera culpable solo de haber nacido demasiado pura?
Aquella pregunta, que entonces me pareció una boutade más de escritor, fue el germen de su obsesión.
Durante meses Cera habló de una sola cosa: su propósito de escribir un cuento en el que la palabra azulino apareciera de manera natural y necesaria. «No quiero forzarla —me decía—. Quiero que el relato la pida, que nazca de él, como la lluvia pide al trueno».
Leí los primeros borradores, fragmentos de relatos, párrafos inconclusos de cielos y mares, de espejos, de lenguas perdidas. Aún no tenían forma. En todos se notaba el intento de domesticar la palabra, de hacerla sonar inocente. Pero azulino seguía siendo una intrusa: un destello extraño, como si cada vez que la escribía el texto se detuviera a contemplarse, avergonzado.
Empezó a corregir compulsivamente tachando adjetivos, inventando sustantivos que justificaran su existencia. «Tiene que haber uno que necesite azulino», murmuraba. «Una cosa que no sea azul ni azulada, sino otra cosa».
A medida que avanzaba su empeño, su conversación se volvió incoherente. Hablaba de los colores como si fueran seres vivos, de la gramática como si fuera una teología secreta. Decía que Borges se había equivocado, que algunas palabras no eran signos sino puertas.
Cuando lo visité por última vez lo encontré en su estudio rodeado de hojas, con diccionarios abiertos bocabajo y recortes de entrevistas marcados con tinta roja. En la pared había escrito: Azulino: el color de lo que no puede decirse sin perderse. Cera estaba frente a la ventana. Cuando se volvió, tardó en reconocerme. Tenía los ojos enrojecidos, la barba crecida. Me habló de un verbo nuevo que me sonó a locura, azularar, que según él había descubierto. «Es el verbo que falta», dijo con una convicción que me heló. «Si algo puede ser azulino, es porque ha sido azularado».
Estuve a punto de decirle que en una tienda del centro llamaban azulino al color de algunas corbatas, quizá para separar lo normal de lo exclusivo; que había leído en un texto de Montero «una llama azulina» y me sonaba natural. Pero al oírlo hablar de azularar comprendí que era demasiado tarde para hacerlo volver.
Días después lo encontraron vagando por la avenida principal a las tres de la madrugada, a medio vestir, repitiendo en voz baja la misma palabra: «Azularado... azularado…» La policía lo llevó al hospital psiquiátrico. No ofreció resistencia.
He pensado mucho en Cera desde entonces. ¿Cómo pudo un hombre lúcido, razonable, incluso escéptico, extraviarse en algo tan trivial como un adjetivo?
Algunos dicen que las palabras tienen poder. Que nombrar es revelar. Si eso fuera cierto, los hombres que llevan por apellido Paz serían agentes de la paz; los Delgado no tenderían a la gordura; los Cuerdo no acabarían nunca en los manicomios. Sin embargo, conozco al menos a un Delgado obeso y a un Cuerdo internado. Tal vez es porque las palabras —pensé alguna vez—, como los espejos, también invierten: donde dicen luz, proyectan sombra; donde prometen claridad, siembran confusión. Por ejemplo, «sanatorio» viene de sano, pero es adonde van los enfermos. «Terrible» y «terrorífico» comparten raíz, pero uno describe tormentas y el otro pesadillas. El lenguaje no ordena el mundo: lo disfraza.
Cera creyó que podía corregir el idioma, redimir una palabra expulsada por el buen gusto. Pero el lenguaje, como el tiempo, no se deja corregir: solo nos observa mientras creemos manipularlo. Quizá no fue la palabra lo que lo enloqueció, sino el intento de devolverle el sentido. Pensó, acaso, que no lograrlo equivalía a fracasar como escritor.
A veces pienso que su empresa era, en el fondo, una forma de fe: creer que una sola palabra podía contener una verdad perdida, que bastaba pronunciarla correctamente para devolverla al mundo. Quizá todos los escritores padecemos esa ilusión. La diferencia es que la mayoría nos detenemos antes del abismo.
Hace unos días terminé este ensayo disfrazado de relato. Lo hice sin la esperanza de entender a mi amigo, pero con el deseo de dejar constancia de su extravío. Al salir a la calle, levanté la vista y me detuve un instante. Acababa de llover.
El cielo no era azul ni azulado, ni azuloso, azulino ni azularado. Era azulínido, un color que no supe nombrar, pero que comprendí con una certeza física, como se comprende el frío o el vértigo.
Y por un segundo —solo por un segundo— entendí a Cera.