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MIGUEL ABARGA
Cuando desperté lo primero que me pegó fue la cruda moral; otra vez había bebido de más. Luego deseé no haber mandado patéticos mensajes a mis conocidas. No soy un buen bebedor, ya que suelo tener lagunas mentales que a veces me han salido caras. Cuando abrí el messenger, lo que temí se volvió realidad; les escribí estupideces, esa clase de mierdas que dicen los acosadores: «Eres un encanto», «me muero por salir contigo», «eres más bella que una gerbera», «me gustas desde hace mucho». La conciencia me remordió como si tuviera chinches en el alma. No lograba entender por qué seguía haciéndolo; yo no necesitaba a ninguna mujer. No entiendo qué pensaba Dios al crearlas; supongo que al hacerlo trataba de idear a su propio dios. ¿Qué las impulsa? Sé que no son perfectas, pero sí un diseño único.
El estupor de la embriaguez aún botaba en mi cabeza. Con la mano extendida busqué la caguama de anoche. Aún quedaba media botella; me la empiné. Estaba tan tibia que me supo a mi propia orina.
Me quedé recostado en la cama hasta las diez. Entré un rato a Facebook para revisar el perfil de una chica que me apareció en una publicación. Aquellas fotos sintiéndose sensual… tiendo a ver a las mujeres como en esa pintura de René Magritte en la que aparece una figura imponente. Pasaba de foto en foto: de sus piernas, un puente que solo yo podría cruzar, a la forma de su ombligo; su cabello largo y rojizo; sobre todo me concentré en las que enseñaba las nalgas. Una cosa llevó a la otra y me empecé a masturbar.
Estábamos en la Babilonia de Nabucodonosor II; cogimos en los jardines colgantes. Le besaba el empeine del pie derecho, la tomaba con locura. Ella quedó rendida, pero aún no era suficiente para mí. Ese tipo de mujeres siempre tiene amigas como ellas: mucho egocentrismo sin concordancia intelectual. Entré al perfil de una que aparecía entre sus amigos. Vi sus historias y mi mente voló con grandes fantasías sexuales, diversas mujeres e innumerables lugares. Exploté en un orgasmo descomunal, como si tuviera párkinson; mi semen salió tan fuerte que me cayó en el ojo.
«Conque eso eres: un degenerado, un subnormal, un pervertido delfín, un enfermo que se masturba con las fotos de extrañas que ve en Facebook. Miguel, un vil y despreciable onanista que no es capaz de sostener un encuentro con una mujer real. Por favor, todos lo saben, hasta tu vecina la tendera piensa que eres un tipo aborrecible: “qué asco me da atenderlo, qué asco agarrar las monedas que tuvo en las manos”».
Me levanté de la cama, busqué una muda de ropa y descolgué la toalla del clavo donde la tenía para tomar un riego. Salí, fui a la cocina, abrí el refrigerador. Desde que me pagaron la segunda semana no ha pasado un día en el que no me mantenga borracho, y eso me agrada. Saqué otra caguama y la destapé.
Salí al patio, me senté en una silla Acapulco, puse música. Las horas pasaban sin misericordia mientras escuchaba a los Bukis.
Mi turno comenzaba a las tres y el reloj marcaba las tres y veinte. «Bueno, es hora de ir a trabajar».
Antes solía llegar a tiempo, pero desde que me tocó cubrir los dos turnos seguidos, y a las mañanas siguientes siempre me hacían esperar cerca de una hora para entregarle la caja al siguiente, eso al final me cansó. ¿Por qué debía llegar temprano cuando a unos hijos de puta les importaba un comino pagar por el retardo? Me levanté de la silla, tomé mi morral y le eché las llaves, el celular y mi termo.
Salí de casa. Tomé el acostumbrado taxi que me deja a cuatro cuadras de mi trabajo. Mientras caminaba me pregunté dónde se puede encontrar un poco de consuelo ahora que el individuo ha sido asesinado: ¿en una película taquillera? ¿En las cosas que quise y no tuve en mi niñez? Los años pasan y siento que ni siquiera he vivido. He contemplado los arcoíris, los atardeceres, incluso la playa y el mar, pero nada de eso tiene valor cuando las experiencias que dan vida son escasas. Había caído en un bucle existencial.
Llegué al diez para las cuatro al trabajo.
—¿Y el encargado? —le pregunté a Luci.
—Ya se fue. Me dijo que me dieran el retardo a mí.
Luci era una morenita de dieciocho años, pequeñita; parecía mansa, pero era todo lo contrario.
—Oye, ¿te puedo decir algo? —me preguntó mi compañera.
—Sí.
—Sé que a ti te hacen esperar en la mañana, pero cuando tú llegas tarde perjudicas a otros.
—Ay, lo siento. Bueno, ¿qué me toca?
—Dijo Pedro que la caja uno. Yo, a la caja dos. Félix, al piso.
Antes de empezar fui por dos Victorias al refrigerador y las vacié en mi termo.
No hubo mucho movimiento, apenas unas pocas ventas y uno que otro servicio. Me puse a hacer mi inventario semanal —Halls, Trident, Hubba Bubba— cuando entró aquella, la mujer que roba la atención donde se posa. De baja estatura —uno cincuenta y algo—, y el pelo hasta los hombros de un color negro como la calma. Los ojos grandes y cafés, tan bellos como los escarabajos de mayo. Una boca pequeña, labios esculturalmente formados.
Su sonrisa, sus dientes, la energía que irradiaba. Atenderla me producía un placer simple y directo, inolvidable. Siempre he tenido ganas de entablar una conversación con ella. Sé que vivía por mis rumbos.
—Hola, ¿me haces un depósito, por favor?
—Sí —respondí.
Me dictó el número.
Era una güerita hermosa con un culo hermoso.
—¿Eres de Tepalcatepec?
—No, de Acatzingo. ¿Por qué?
—El otro día te vi en la combi.
—¿Tú de dónde eres? —preguntó.
—De Terrenate.
No dije nada más. Ella me miró. Sacó el dinero de su bolsillo.
«—Oye, Miguel, ¿cómo es que un hombre tan guapo como tú no tiene una mujer?
—Bueno, es que trabajo demasiado.»
Le entregué su recibo.
—Gracias.
—Nos vemos —respondí.
Cuando salió fui hasta donde estuvo parada para recoger algo que se le había caído. Era un cubrebocas. Me lo llevé a la nariz, olía fenomenal, a perfume de mujer. Me sentí en el cielo. Volví a la caja sin despegármelo. Imaginé lo que sería salir con ella, conocerla, que descubriera lo fascinante que soy. Que se diera cuenta de que soy un niño y un hombre. Que conozco tanto, y le temo a mucho más. Que yo podría enseñarle tantas cosas con tal de que ella me enseñe a vivir. Mantuve su cubrebocas como un obseso.
Pero luego me detuve y lo arrojé al suelo. Me sentí mal, horrible. Ya me imaginaba los comentarios en las páginas de Facebook locales: «Depravado del Oxxo denunciado por acosar mujeres». «Pervertido local roba prendas íntimas de mujer por las noches».
Vacié otro par de latas en mi termo. Me sentía un poco mareado. Y volví al tema.
«No, no, no será así siempre; algún día mujeres como ella vendrán a mí. Abandonarán a los imbéciles que solo tienen dinero. Se preguntarán dónde he estado, y yo responderé que en el desierto. ¡Carajo, qué mujer no sería feliz a mi lado!»
La tarde seguía lenta. Luci estaba en la caja. Yo seguí haciendo mi inventario de las papas cuando este hombre entró a la tienda. Moreno, con pantalón de mezclilla y sudadera azul. Llevaba a un niño con cubrebocas de ositos.
—¡Señor, no puede entrar sin cubrebocas! —gritó Luci.
La ignoró. Caminó hasta la góndola dos; el niño tomó unos dulces.
—¡Señor, necesita un cubrebocas!
Caminaron hasta los refrigeradores. Tomó un par de refrescos y fue hasta la caja.
—No lo voy a atender sin cubrebocas —le dijo Luci retirándole los productos.
El hombre se encolerizó.
—¡Pero él sí trae cubrebocas! —exclamó señalando a su hijo.
—Son políticas de la tienda, señor.
El hombre hizo una mueca, apretó los puños y caminó a la puerta recitando ofensas.
—¡Pinches pendejos! Yo ya tengo mis vacunas. Más enfermos están ustedes, pinches gatos.
Cuando pienso en el mexicano promedio me imagino a sujetos como este: palurdos que todavía creen en el coñito santo de la Virgen María, en los milagros, la brujería y los nahuales. ¿Sabes que hay algo hermoso en la combinación de la ignorancia y el misticismo? Demuestra una mente muy creativa, aunque muchos estén vacíos desde la cuna hasta la tumba.
—No es mi culpa que tu papi sea un ignorante que no sepa leer un letrero —alegó Luci.
El hombre se encabronó más. Yo no dije nada, solo solté una risotada. El tipo se me quedó viendo feo. Desvié la mirada. Salió de la tienda.
—Si me hubiera dicho algo a mí —le dije a Luci— habría salido a romperle su madre.
Después de ese incidente la tarde siguió en paz. Terminamos los servicios, cerramos la venta de alcohol, hicimos el corte. La caja quedó en ceros, no hubo problemas ni faltó dinero.
Dieron las once de la noche. Ya teníamos listo el cambio de turno. Salí para bajar la cortina. Mis compañeros comenzaron a despedirse.
—Cámara, Félix. Nos vemos.
—Ya estás.
—Adiós, Luci.
Puse música y algo de cambio cerca del mostrador, y acomodé unas cuantas cajetillas de cigarros para evitarme dar vueltas. Me sentía borracho. El Oxxo donde trabajaba se encontraba en la esquina de la calle de los bares de mi ciudad. Esperé a recibir la llamada para confirmar quién era el que estaba velando.
Atendí a una que otra prostituta bonita. Vendí algunas sopas instantáneas, leches de sabores, refrescos, cigarros sueltos. Entonces ocurrió lo peor: entregué un cambio mal, di dinero de más. No entendí cómo pude cometer ese error garrafal. Busqué obsesivamente el dinero por si aún estaba por ahí. Conté y reconté pero no apareció.
Me sentí desolado, no podía entender cómo había llegado hasta aquí, por qué estaba tan solo en esta vida, por qué no era atractivo para las mujeres.
Di la vuelta al letrero: «Cerrado». Después entré a la bodega, abrí la caja de luz y bajé las pastillas. Volví a la isla y me senté en el piso, a oscuras. Tocaron la ventanilla.
—¡Está cerrado!
Una canción cayó como anillo al dedo: «Soy rebelde», de Jeanette. Ese era yo, un rebelde. Intenté llorar porque no podía encontrarle una explicación para mi vida.
Volvieron a tocar.
—¡Que está cerrado, chingada madre! ¿Qué, no entienden? —exclamé.
Las lágrimas frustradas me supieron a sal. No había por qué sufrir: yo era un hombre increíble, aunque las perras no sepan verlo.