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ALAN AMADO LEMUS
Llegar a Santa Marta fue muy, muy difícil. Cada vez que me paraba a preguntar me decían algo diferente y me perdía un buen rato. Si no fuera por el letrero de la entrada, me habría equivocado de lugar.
La verdad es que fui por iniciativa propia. Quería hacer una investigación de algo diferente cuando escuché los rumores de que un día en Santa Marta todos se pusieron a bailar. O sea, si desde el principio te dicen algo así, ya es extraño. Pero lo increíble fue que, después de bailar, muchas personas murieron. Así tal cual me lo contaron. Primero busqué algunas notas en la internet, pero no encontré casi nada. Entonces me pregunté si valía la pena investigar más. Al final me dije: «y por qué no», así que me animé a ir.
Por esas fechas se cumplía un año desde el día de baile. Lo primero que hice fue preguntar qué pasó, y la gente me mandó al diablo en corto y derechito. Me azotaron las puertas, me corrieron de las tiendas, me arrojaron cosas. Cuando eres periodista te acostumbras a eso, pero el ambiente era diferente esa vez. De verdad, sentías todo de una forma muy extraña. La gente tenía miedo, estaba enojada. Por suerte encontré personas que sí estaban dispuestas a ayudarme con la investigación. Entrevisté a un médico, un policía, una enfermera y a otros pocos testigos.
Hice las entrevistas en un par de días. Primero grabé los testimonios de la gente y luego los transcribí en la laptop. Leí las transcripciones, las repasé una, y otra, y otra vez. Recorté algunos fragmentos para ordenar los sucesos. Revisé los apuntes que hice en mi libreta, en la que anoté palabras clave y las reacciones de las personas. Eso me ayuda mucho, sobre todo para darle contexto a la historia que voy a hacer. Hice algunas deducciones basadas en la información que me dieron, por supuesto, y comencé a darle forma al trabajo.
La verdad no sé qué pensar. Traté de encontrar la lógica, pero no lo entiendo. Me sorprendió mucho, y no de buena manera, la actitud de la gente, aunque puedo comprenderla.
Santa Marta es un pueblo ubicado casi en los límites del estado, al este, a unos tres kilómetros del río. Una mañana sucedió lo que la gente llamó «la plaga de baile». La nombraron así por la primera impresión que tuvieron los pobladores: las personas se pusieron a bailar de repente. En realidad, empezaron a retorcerse en contra de su voluntad; movían el cuerpo de manera violenta. Muchos terminaron con moretones, torceduras y fracturas. Algunas personas incluso fallecieron.
Esta «plaga de baile» solo se reportó en Santa Marta. Durante mi conversación con los habitantes se mencionaron varios pueblos alrededor: Santa Inés, San Nicolás, Santa Cecilia, pero ninguno fue afectado.
Persona 1: allá no pasó nada. Mi hija estaba en el trabajo y me dijo: «No, mamá, acá no pasa nada, está todo tranquilo...» Eso nada más sucedió aquí.
Incluso realicé algunas entrevistas en estos poblados y confirmé que no fueron afectados.
Una señora delgada, de estatura baja y de alrededor de cuarenta años comenzó a bailar en el parque, junto a la iglesia. Llevaba puesto un traje, como se deduce, para ir a su trabajo. Algunos habitantes lograron percatarse sin entender por qué se movía de esa forma.
Persona 3: Yo ya la conocía de antes, vivía en esa calle, en la casa roja de zaguán blanco. Primero empezó a mover el brazo así; después, como que agitó el cuerpo y las piernas y casi se cae. Por acá, a algunos les dio pena ajena; por allá, a otros les dio risa. Yo, la verdad, no sé. Pensé que estaba loca y no me quise acercar.
Persona 2: Me acerqué para preguntarle qué hacía y me contestó: «ayúdeme, por favor, no puedo dejar de moverme. Por favor, ayúdeme». Tenía miedo. Se le veía en los ojos. Nunca había visto a alguien con tanto miedo...
La gente del pueblo comenzó a acercarse para ver a la mujer que se movía de manera errática. Como no dejaba de moverse, algunos vecinos y un policía trataron de contenerla. Entre el policía y un joven la sostuvieron, pero no lograron detenerla. Después de un rato, la mujer se torció el tobillo y cayó al suelo, pero siguió agitando los brazos. Como no sabían qué más hacer, la llevaron a la clínica lo más rápido posible.
La gente reunida en el parque se puso a hablar de lo ocurrido, y así se esparció el rumor. Luego empezaron a llegar los primeros reportes de familiares, amigos, compañeros de trabajo y escuela, vecinos en la calle retorciéndose de la misma manera. No hay una conexión que explique lo que pasó: simplemente algunas personas empezaron a moverse.
Con el fin de ayudar, algunos samaritanos buscaron una manera de inmovilizar a los afectados. Intentaron sostenerles las extremidades, pero los movimientos eran tan fuertes que apenas pudieron con ellos; algunos, incluso, resultaron con lesiones. Hubo quienes en casa decidieron atarlos con los trapos y cuerdas, pero las contorsiones laceraron sus muñecas, muslos y brazos.
Después de un par de horas, nadie parece recuperarse.
Muchos de los afectados empezaron a llegar a las clínicas y hospitales del pueblo con torceduras, esguinces y fracturas. Los consultorios de las farmacias particulares también los recibieron. En cuestión de minutos todos se saturan con los enfermos. Y como no hay una sintomatología clara, no hay forma de hacer un diagnóstico preciso para el tratamiento. Tampoco hay suficientes médicos ni enfermeras para atenderlos a todos, pues incluso algunos de ellos también tuvieron fuertes espasmos que derivaron en movimientos violentos.
Los que no mostraron signos de la enfermedad, decidieron encerrarse en sus casas, cerrar sus negocios o aislarse en lugares que consideraron seguros. Los más valientes salieron a las carreteras para impedir el ingreso al pueblo.
Persona 5: Unos señores en camionetas nos dijeron que debíamos llamarles a nuestros familiares para que no regresaran…
Persona 2: Mi hijo me llamó y me preguntó qué pasaba, por qué la gente no lo dejaba entrar al pueblo. Yo le dije: «algo está pasando aquí, mejor vete». Pero él siguió insistiendo: «Qué pasa, papá, qué pasa».
Otros optaron por huir. Nadie les impidió el paso para irse.
Persona 5: …después de hablarle a sus papás y a sus hermanos, tomaron sus cosas y se fueron corriendo por la carretera.
Persona 7: …vimos por la ventana cómo la familia de allí, los de la casa blanca, subieron las cosas a la camioneta y se fueron. También los de allá, los de la tienda…
Persona 2: Varios también se fueron a pie. Está bien. Digo, tenían miedo. Muchos los juzgan por haberse ido, pero yo creo que cualquiera lo hubiera hecho.
Después de un rato los infectados colapsaron en la calle; lo mismo pasó en los hogares: se detuvieron de repente, así, sin más. Los habitantes, anonadados, se acercaron a ellos para descubrir que se habían muerto.
Las reacciones fueron distintas en todas partes. Se escucharon gritos de estupor, pena y frustración, pero sobre todo, muchos llantos. En las clínicas, el personal también se quedó atónito. No hubo manera de saber qué había sucedido ni por qué se detuvieron. Solo quedó preparar los cuerpos.
Durante los preparativos, algunos fallecidos volvieron a agitarse con violencia.
Persona 2: Empezaron a sacudirse en el piso, en la tierra, en donde cayeron. Pero, no sé, de un modo distinto, ¿me entiende?
Persona 4: Nunca se me va a olvidar… Estábamos listos para mover a una mujersota como de unos cuarenta años, y antes de siquiera tocarla empezó a sacudirse de nuevo. Cuando la vi me eché a correr.
Persona 5: Algunas personas que ya estaban muertas volvieron a agitarse, pero más agresivas, violentas. Sacudían los brazos muy fuerte… Una enfermera corrió al baño a esconderse. Los más jóvenes entraron en pánico…
Persona 6: Mi hijo empezó a azotarse de nuevo. A nosotros nos dio muchísimo miedo. Fue como si algo lo zangoloteara. Como si estuviera poseído… No sabíamos… no, no sabíamos...
Entonces la gente corrió en estampida.
Cada quien tiene su versión de la segunda crisis: unos aseguran que duró solo cinco minutos, diez como máximo; otros, que duró al menos media hora. Como sea, al final de ese lapso todos dejaron de moverse otra vez.
Las personas contagiadas que sobrevivieron también se detuvieron, pero terminaron en coma debido a las lesiones.
La gente se mantuvo expectante esa tarde. Ya no pasó nada más. Algunos llamaron a sus amigos y familiares de fuera para decirles que todo había terminado.
Los médicos que examinaron los cuerpos no pudieron determinar la causalidad del brote que les permitiera concluir de qué se habían infectado. Uno de ellos invitó a un perito de fuera para que revisara a uno de los difuntos, pero la causa siguió sin encontrarse. Además de los moretones y fracturas, no había nada extraño en ellos.
Se publicó una nota en un medio local, la misma que yo había encontrado, y algunas otras en un par de periódicos virtuales. Fuera de eso, no hay más información relevante. Y como se dijo antes: Santa Marta fue el único pueblo que padeció esta epidemia de baile.
Después de lo sucedido, algunas personas optaron por abandonar su pueblo.
Persona 2: Sí, algunos se fueron, y ya no volvieron. Dijeron: «vamos a mandar ayuda», pero no creo. Tampoco creo que regresen. Con el tiempo entiendes que no es su culpa. Nadie sabe lo que realmente pasó… no sé qué mal estábamos pagando para que nos mandaran esto. Otros nos quedamos. ¿Pues a dónde vamos a ir?