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DIEGO COVARRUBIAS
Cuando Bárbara y yo decidimos casarnos teníamos estados civiles diferentes: ella era viuda y yo divorciado. Su viudez venía de tres o cuatro años atrás. Me decía qué si su marido no hubiera tenido la decencia de morirse, ella habría terminado por matarlo, y después se reía de su propio chiste con una sonrisa mordaz y sobreactuada, como las sueltan los que saben que han hecho un comentario de mal gusto. El caso es que el difunto le había dejado una casa grande con alberca y una abundantísima cuenta bancaria, en dólares, y de refilón la obligatoria crianza de dos niños llamados Caín y Abel, unos gemelos homónimos de los hijos bíblicos de Adán, pero a diferencia de ellos, con una personalidad dócil y bondadosa.
Yo, en cambio, no tenía ni dos meses de divorciado. Sylvia, mi ex, y yo, duramos un año de casados después de un breve y lúbrico noviazgo. Y ese año había sido más que suficiente para darnos cuenta y estar de acuerdo en que éramos total y absolutamente incompatibles, y que lo nuestro había sido un arrebato carnal, una vorágine de pasiones que no tenían nada que ver con el amor. Un año parece poco, pero yo me di cuenta de esa incompatibilidad a los dos meses, por lo que los siguientes diez fueron un infierno; al menos un infierno relativamente civilizado que languideció con la rutina diaria, hasta que uno de esos días, y hartos de nuestro mutuo hartazgo, decidimos romper la rutina para hablar civilizadamente; y tomándonos un café decidimos que lo mejor era separarnos. El divorcio fue rápido y fácil porque, gracias a Dios, no tuvimos hijos y nos casamos bajo el régimen de bienes separados. Fue tan sencillo como decir «aquí se rompió una taza, y cada quién para su casa», con la salvedad de que mi casa era en realidad la casa de ella. Tuve que pedirle alojamiento a mi mejor amigo, cuya hospitalidad inicial, y al paso de unas semanas, se convirtió en un asiduo cuestionamiento de que para cuándo iba a salir de esa situación, petición sutil de que ya me fuera de su casa.
Y entonces conocí a Barbarita, como yo le digo, que buscaba una figura paternal para sus gemelos, que crecían dóciles y amorosos y que estaban por cumplir los ocho años. Yo, por mi parte, en plena crisis de supervivencia, buscaba un lugar dónde vivir. Así que desplegué frente a ella el amplio abanico de mis virtudes, la mejor de mis sonrisas y mis más divertidas anécdotas, pero sobre todo: me dediqué a elogiarla. Día y noche. Cada vez que la veía le decía que se veía hermosísima, y ella echaba a volar su mirada como si fuera un colibrí después de libar una flor, con la barriga llena de néctar y las patas cubiertas de polen. Nuestros destinos se cruzaron en el momento perfecto y decidimos unirlos en el riguroso sacramento del matrimonio. La idea de ocuparme de los gemelos no me desagradaba en lo absoluto, y cuando los conocí, menos. Eran unos niños muy bien educados, muy tranquilos, estudiosos y responsables. Tal vez les faltaba un poco de calle, pero eso era algo que yo estaba más que capacitado para remediar.
Barbarita, tengo que decirlo, tiene una belleza misteriosa, de esas que aparecen y desaparecen según la iluminen los rayos del sol. Su mirada es profunda y puede llegar a intimidar, pero es franca y directa. Es inteligente, firme y ordenada. No en balde sus hijos son como son: unos obedientes señoritos de ocho años con los que se puede hablar de cualquier tema, y que cada vez que jugamos ajedrez me ponen unas putizas indignantes. Desde un principio acordamos que los gemelos me dirían tío, que es una palabra que denota una relación afectiva y cercana sin que haya necesariamente y de por medio la consanguinidad. Los dejé que escogieran el apelativo con la única condición de que no eligieran «padrastro», que me parece una palabra horrorosa con ese doble tropezón de la erre, primero con la de y después con la te.
Harán como tres meses que Abel (o Caín, da lo mismo porque siempre los confundo; es que son igualitos al grado de que he pensado ponerles un collar con sus respectivos nombres, como el de los perritos) se me acercó y, casi como si me contara un secreto, me dijo: «Tío, mi papá quiere verte en el sótano».
No voy a negar que un estremecimiento sacudió ligeramente mi cuerpo. Lo que menos se me antojaba era tener que lidiar con fantasmas o niños clarividentes que hablaban con ellos. Le contesté que le dijera a su papá por mí que no, que gracias. La casa no tenía ningún sótano, y aunque los gemelos no tenían fama de ser mentirosos, teníaner una gran imaginación, detalle del que me di cuenta desde que me fui a vivir con ellos, y que les servía de mucho porque, al no tener con quién jugar no parecían aburrirse.
A partir de ese momento mi vida cambió. Todos los días, juntos o por separado, Caín y Abel me recordaban lo mismo: que su papá quería verme, que no iba a quitarme mucho de mi tiempo, que me lo suplicaba, que por favor. La urgencia de las solicitudes subía de tono conforme pasaban los días hasta que empezaron a sonar como amenazas: «Tío, dice mi papá que si no bajas al sótano a verlo, te vas a arrepentir». Así, a ese nivel. Y un día que perdí la paciencia, que ya no aguanté más, les dije que ya estaba bueno, que le dijeran a su papá que bajaría al sótano para verlo. Consideré que si iba a enfrentarme a lo que fuera en un sótano que no existía, lo mejor era hacerlo de una vez por todas que seguir soportando el asedio y la insistencia de los gemelos.
Me pidieron que los siguiera. Me llevaron hasta la alacena de la cocina, que era grande y profunda. Entonces Abel, o tal vez Caín, no sé, se metió hasta el fondo, manipuló algunas cerraduras ocultas hasta que se oyó un clic, y una puerta de madera, que yo no sabía que existía, se abrió dejando ver otra puerta pero de metal sólido. Creo que fue Caín quién sacó una llave grandota de su pantalón y la introdujo en la cerradura, y la giró. La puerta emitió uno de esos dolorosos chirridos como los que lanzan las puertas oxidadas de metal en las películas de miedo, y se abrió. Una escalera frágil y angosta descendía a las profundidades del sótano.
No voy a negar que casi me oriné del miedo, pero ya era tarde para arrepentirme. Los gemelos, que estaban tras de mí, y al verme dudar, me empujaron suavemente, invitándome a entrar a la oscuridad. Me agarré al barandal y lentamente empecé a bajar escalón por escalón. Cuando llegué abajo, cerré los ojos y respiré profundo. Cuando los abrí, Caín, o Abel, nunca se cual es cual, estaba parado junto a mí con una vela encendida en la mano que apenas iluminaba el lugar.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la titilante luz vi a un hombre encadenado a una cama de hospital, enflaquecido hasta los huesos, con los ojos hundidos y unos pómulos escarpados. En su rostro anguloso bailaban las sombras al ritmo de la flama que ardía en el pabilo de la vela. Casi me da un infarto.
El hombre me habló pero su voz parecía venir de lejos, de una región muy cercana a la muerte. Me dijo que era el papá de los gemelos, el esposo de Bárbara, y que la «muy cabrona» lo tenía así desde hacía tres o cuatro años; que por favor lo ayudara. Sus hijos habían descubierto el sótano por casualidad mientras jugaban a las escondidas, pero como su madre los tenía amenazados con que si decían algo también los iba a encerrar con él, le había costado mucho trabajo convencerlos de que me pidieran bajar a verlo; que si los niños a veces se portaban medio raros era porque estaban sometidos a la mamá, que estaba loca. Que por favor lo ayudara, que me lo suplicaba.
El hedor del sótano era insoportable. Yo pasé del terror a la sorpresa y de la sorpresa a la indignación. Cuando terminó de hablar le dije que no se preocupara, que le daba mí palabra y que me encargaría de acabar con su sufrimiento; que por ahora me era imposible quitarle las cadenas porque no tenía a la mano las herramientas necesarias para romperlas, y que incluso iría cuanto antes a la policía. Cuando los gemelos y yo salimos del sótano le pedí a Caín –creo que era Caín– que me diera la llave de la puerta; los miré a ambos para advertirles que no debían decirle nada a su mamá porque todos corríamos el riesgo de terminar encerrados ahí dentro.
Fui a la cocina y me serví un café. Barbarita tardaría una hora más en regresar de su pedicure. Pensé en mis opciones: si iba a la policía se armaría un gran escándalo, Bárbara terminaría en la cárcel, y su esposo resucitado recuperaría sus bienes y yo, en consecuencia, terminaría en la calle sin tener dónde vivir. En contraparte, podía no decir nada y seguir el dicho popular de «calladito te ves más bonito». Los gemelos eran fáciles de dominar y mi querida esposa no tenía ningún motivo para hacerme daño, ya que yo no tenía nada que ofrecerle: ni casa con alberca ni cuenta en dólares. Yo solo era la figura paternal que los gemelos necesitaban, un peón inofensivo al que Barbarita se entregaba gozosamente.
Por mí no había problema. Ya me había acostumbrado a esta vida en la que, siendo sincero, me la estaba pasando de poca madre. Y lo de su esposo…, pues no sé. Barbarita tendría sus motivos para tenerlo ahí encerrado, ¿o no? Yo no podía juzgarla ni condenarla sin conocer sus motivos, y la verdad es que no me interesaba conocerlos. A mí qué. Lo que pasó entre ellos era mejor que se quedara entre ellos. Además, ¿cómo iba yo a saber que el difunto marido de Bárbara en realidad no estaba difunto?
Le pedí a los gemelos que salieran al jardín a jugar. Ellos obedecieron sin chistar, como los borreguitos amaestrados que eran.
Le di unos buenos sorbos a mi café y fui a la sala. Tomé uno de los dos cojines que adornan el sofá principal y volví a la alacena. Repetí el procedimiento que había hecho Abel, o Caín, y una a una fui abriendo las puertas. Bajé por las escaleras con paso firme para bajar nuevamente a aquella oscuridad; prendí mi encendedor para orientarme, y de dos zancadas llegué junto al hombre, que me vio con sorpresa. Le puse el cojín en la cara y fui dosificando la presión a ojo de buen cubero hasta que el pobre diablo dejó de forcejear. Después volví a subir las escaleras, cerré las puertas de acceso al sótano y me instalé nuevamente en la cocina para terminarme lo que quedaba de mi café, que gracias a Dios todavía estaba calientito.
De mí podrán decirse muchas cosas, pensé, pero nunca que deshonro mi palabra. Y yo se le había dado al esposo de Barbarita prometiéndole que iba a acabar pronto con su sufrimiento. Y véase como se le quiera ver, la cumplí.
Autor del libro El juicio de los libros y otros cuentos irreverentes (2024). Cancunense, admirador de Borges y de Cortázar, cazador de palabras y de historias.
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