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ISAAC HOWARD
Recuerdo el tiempo en que la internet era un vasto océano. Repleto de basura, sí, pero con islas de belleza auténtica y personalidad. Un lugar donde la serendipia existía, en la que podías tropezarte, de manera casi aleatoria, con un sitio poco frecuentado sobre algún tema del que pocos hablaban, escrito con una pasión casi religiosa; o un sitio de diseñadores de videojuegos indie en el que compartían los archivos 3D de sus proyectos, modelados a mano con semanas de esfuerzo.
Yo solía ser un buzo en ese vasto océano. Tenía quince años cuando comencé a incursionar en la internet; después de la escuela me pasaba horas frente al computador leyendo cada entrada de algún blog de historias de terror, mitos o teorías sobre videojuegos. Sin saberlo, era un buscador de perlas digitales, joyas maravillosas que podían entretenerlo a uno por horas, donde un sitio ofrecía juegos flash y títulos antiguos sin preocuparse por el copyright. Pero esas perlas hoy se han extinguido.
La red en este punto ya no es un océano; es una ciénaga. Una ciénaga infinita de lodo gris y generado a máquina. Es como si todas las voces humanas hubieran sido ahogadas por un coro de robots que gritan al mismo tiempo intentando venderte algo, manipularte, generar contenido incendiario o peor: hacerse pasar por ti.
La degradación no fue un evento súbito ni cataclísmico. Fue lento, implacable, y corrosivo. Se trató de una fisura que empezó con la promesa de la «eficiencia total» y terminó en la aniquilación de la autenticidad y la interacción humana tal y como sucedía en los primeros años.
El punto de inflexión, me atrevo a suponer, fue alrededor de 2035. La inteligencia artificial generativa, una herramienta polémica pero novedosa en sus inicios, alcanzó una masa crítica de poder, lo que derivó en lo que llamamos la Inundación: una sobreproducción de texto, imágenes, videos y música que saturó la capacidad de atención humana por mil, tal vez por más.
Los primeros que colapsaron fueron los motores de búsqueda. Antes, por ejemplo, Google te daba diez resultados relevantes. De entre esos tenías la certeza de que, al consultar los sitios, encontrarías la información que necesitabas junto con antecedentes o introducciones que los mismos autores del blog o artículos en línea escribían, y que resultaban enriquecedores. Ahora, los primeros resultados son SEO optimizados escritos por una IA que ha aprendido de los artículos originales. Pero cuando analizas detenidamente un artículo encuentras una cantidad absurda de frases que no dicen absolutamente nada, hiladas con una prosa impecablemente neutra y sin alma.
Son el equivalente digital de la comida rápida: una vasta cantidad de calorías sin nutrición. Si buscabas información sobre, digamos, la vida de un escritor menor del siglo XIX, la IA generaba diez biografías, cada una ligeramente distinta, con errores o datos inventados que se habían consumido y propagado en el ciclo de entrenamiento de la siguiente IA. La verdad se convirtió en un juego de adivinanzas sepultada por capas de mentiras sintéticas y producción masiva de contenido vacío.
Lo siguiente que se pudrió fue la interfaz humana. Abrir cualquier red social se convirtió en un acto de masoquismo. La sección de comentarios de cualquier video de YouTube se volvió un páramo de bots de spam que «charlaban» entre sí con frases perfectamente coherentes pero sin sentido: ¡Excelente análisis! Definitivamente la mejor forma de generar un tráfico genuino y auténtico. ¡Visita mi canal para más consejos de cripto y fitness! Cientos de comentarios así se sucedían, y cada vez aparecían más. Si alguien comentaba algo genuino y relevante era barrido en segundos por la avalancha de otros autogenerados.
Mis propios perfiles murieron. Dejé de usarlos cuando el número de seguidores y likes de la IA superó al de los humanos. ¿De qué valía publicar la foto de una puesta de sol si solo recibía comentarios de cuentas artificiales? «Impresionante fotografía. Un claro ejemplo de composición y técnica. ¡Mira mi perfil para tutoriales de IA en mid-journey!» Era interactuar con fantasmas, un diálogo de sordos con la nada. No solo era absurdo sino además desalentador.
La soledad que experimenté en la red abierta fue paradójica: aunque estaba conectado a miles, acaso millones de personas en el mundo, la interacción se perdía cada vez más entre el tráfico inhumano (nunca mejor dicho) que generaba la IA.
Ingresé en distintas ocasiones a salas de chats y canales privados con la esperanza de toparme con alguien con quien interactuar de manera genuina. Pero fue un esfuerzo infructuoso. Cada una de las conversaciones con las que me topaba era un reflejo distorsionado, una sombra de la verdadera interacción humana. La IA se volvió tan buena imitando la sintaxis, el estilo, incluso la emoción… pero era incapaz de replicar la intención. El chiste rebuscado, la referencia oscura: ese aspecto humano que delata la presencia de alguien real detrás del texto.
Empecé a sentir una profunda nostalgia por lo imperfecto: una errata reveladora en la escritura, una mala fotografía que demostrara que alguien la había tomado con mano temblorosa; un comentario que se desviaba totalmente de un tema porque a la persona que lo había escrito se le ocurrió algo que no tenía nada que ver, y que por eso mismo resultaba fascinante. Estas imperfecciones eran huellas fehacientes de la interacción humana que la IA no podía imitar de manera convincente.
Mi trabajo, en esa época, se volvió insostenible. Yo era un editor web y mi labor consistía en crear, revisar, corregir y publicar contenido. Pero ¿cómo diferenciar el artículo de un auténtico redactor que se había documentado durante días de uno generado en cinco minutos por un software que costaba unos cientos de pesos al mes? Los dueños, sedientos de productividad, optaron por lo obvio. Despidieron a la mayoría de los redactores y editores de contenido para triplicar la producción con IA. El tráfico a sus sitios se disparó. Pero la calidad, el espíritu, desaparecieron. Fue algo contra lo que sencillamente no se pudo luchar.
Desde entonces la desesperación me obligó a buscar refugio en algún lugar en el que la interacción fuera cerrada; sospechaba que la red abierta era ya irrecuperable. La economía del clic, combinada con la producción de contenido instantáneo, había creado una espiral de muerte digital. La única forma de sobrellevarlo, pensé, era encontrar rincones apartados en los que la plaga de la IA y el spam invasivo no hubieran podido penetrar. Tenía que buscar una fogata en medio del bosque.
La búsqueda fue ardua. La IA no solo producía contenido, también había saturado la información de búsqueda de comunidades en línea. Cualquier búsqueda de foros privados o chats cerrados arrojaba cientos de resultados de websites generados por IA simulando ser foros en los que los bots chateaban en bucle entre sí para aumentar el tráfico y las ganancias. Necesitaba volver a encontrarme con alguien; ansiaba la interacción en línea no automatizada. El aislamiento digital me laceraba.
Una tenue luz de esperanza se presentó en la forma del recuerdo de un viejo amigo del que no sabía nada desde hace un tiempo, un desarrollador web igual que yo, y que desapareció de la faz digital hacía varios años. Antes nos contactábamos a través de un canal de interfaz único: un protocolo de mensajería cifrado y descentralizado que requería una clave única que por suerte había conservado en un disco duro externo, arrumbado desde ese entonces. En ese momento me alegró no haberme deshecho de él.
Conecté el disco y, tras sortear algunos problemas y múltiples actualizaciones, logré acceder al chat desde mi computadora. La interfaz lucía mucho más antigua de lo que recordaba. Era un diseño sumamente sencillo, apenas una ventana con un cuadro de texto, sin maquetación ni accesorios. Escribí un mensaje con el viejo código y aguardé. El código era una tabla restringida en Apache Hive.
Tras unos minutos de espera la respuesta llegó como una clave críptica que me hizo sonreír por primera vez en meses. Se trataba de una referencia personal entre nosotros, una serie de alusiones a un libro de cabecera que compartimos en la universidad, una señal de que era él, mi antiguo colega informático, mi amigo, al otro lado.
Me dirigió a La Biblioteca.
La Biblioteca no era un sitio web sino un archivo de texto plano alojado en un servidor alquilado a nombre de una empresa ficticia, por lo que se mantenía fuera de los principales servidores de internet. La entrada era de una llamativa dificultad: una contraseña de treinta y dos caracteres que cambiaba cada veinticuatro horas, generada de manera manual e imposible de conseguir en otro lugar. La forma de obtenerla no era con un patrón de seguridad ni descifrándola por medios analíticos, sino por un diálogo, una conversación:
—34/hombre/###/~vuelvo en 15. Le daré comida a mi perro.
Solté una carcajada. Una increíble sensación de nostalgia me invadió. De pronto volví a mi adolescencia, cuando las salas de chat en línea empezaban y eran una de las primeras formas de conexión global. Este en particular seguía la forma de los antiguos IRC.
Había pasado tanto tiempo… pero me guié lo mejor que pude, con la misma forma:
—37/hombre/###/seguiré por un rato/pauso en 30 para hacerme de cenar.
—Puede que tarde un poco más/Necesito resolver un cuestionario virtual [No se puede compartir el enlace a este canal].
Aquello me tomó varios minutos. ¿Un cuestionario? ¿Cómo podía estar relacionado con la conversación? ¿Era acaso una prueba? Hice todo lo posible por comprender hasta que algo hizo clic en mí. Pulsé las teclas lo mejor que pude para formar la que creí que era la respuesta.
Esperé por varios minutos. Una muy larga espera.
—¡Acertaste! <ArTang97> ha compartido un código general contigo.
Ingresé la clave para acceder. Lo primero que noté fue el silencio. Un silencio ensordecedor roto solo por el suave zumbido del ventilador de mi computadora. No había pop-ups, ni anuncios, ni gráficos animados. Solo texto: palabras en negro sobre un fondo blanco, formado con una tipografía simple.
Era un foro como los de hace treinta años. Era un chat universal, y las conversaciones seguían un hilo para cambiar a otro de una manera casual, sin burdos análisis generados de forma automática.
Los temas eran especializados hasta el punto de la obsesión: había un subforo dedicado exclusivamente a la reparación de videocámaras analógicas de los años ochenta en el que los miembros compartían diagramas de circuitos escaneados manualmente. Otro estaba dedicado a la transcripción de una novela japonesa, de la que alguien había subido las páginas en una pésima calidad. Pero lo que de inmediato atrajo mi atención fue una sección denominada Archiveros dedicada a rescatar contenido de la vieja red, antes de que fuera anegada por la Inundación.
Me presenté, no con mi nombre real sino con un nickname que utilicé en los albores de la internet. Mi interacción fue un texto torpe, con algunas erratas puestas a propósito para expresar mi desesperación por el estado actual de la red. Esperé. Normalmente, en el infierno de la red abierta ya habría recibido docenas de comentarios de IA en pocos segundos. Aquí pasaron dos horas. Luego apareció una respuesta:
KangSupp_79: Bienvenido. Tu publicación es defectuosa. Eso es bueno. Dime, ¿cuál es tu método para diferenciar el texto generado por IA de un texto humano en menos de treinta segundos? Si aciertas te daré acceso al índice completo.
Era otra prueba para cerciorarse de la autenticidad de mis mensajes con un argumento sólido. No podía culparlos: se tomaban el aspecto de la penetración de la IA muy en serio.
Mi respuesta fue instintiva: Busco la debilidad en el argumento. La IA nunca comete una errata, y solo produce una variación sobre el tema. No expresa pasión ni desagrado por ningún elemento. Yo en lo personal diría que odio las pasas en el pan, y debrayaría sobre su textura, gusto, e incluso que deberían prohibirlas en cualquier preparación.
KangSupp respondió con solo un emoticono, uno de esos antiguos kaomoji que casi habían desaparecido: ( ^_^ ).
Así fui aceptado en la comunidad de La Biblioteca. No era la única, por supuesto; había muchas más. Más de las que me habría imaginado en un espacio tan limitado de la red: El círculo de artesanos, Los seguidores de los libros, El jardín secreto. Todos eran colectivos cerrados que vivían en los márgenes de la red, protegidos por capas de cifrado, claves rotatorias, y lo más importante, en una absoluta indiferencia hacia la monetización, la visibilidad y la IA. Su único propósito era la comunicación genuina y la preservación del conocimiento y la cultura originada en la internet.
Estos santuarios eran la resistencia. Claro que no todo era un paseo por el parque, pues eran caros de mantener. Los servidores se pagaban con donaciones anónimas, y el ancho de banda era limitado. No tenían infraestructura en la nube, por lo que todo debía almacenarse en memorias físicas cuidadosamente mantenidas por ingenieros que entendían que la descentralización y la oscuridad eran la defensa contra la intromisión de la IA.
En La Biblioteca volví a leer y a escribir con propósito. Aprendí a reparar viejas videocámaras analógicas. También traduje, con un grupo de desconocidos, de los que me hice amigo rápidamente, una colección de cartas de un músico underground con miembros de una banda popular de los setenta. Volví a sentir la conexión de la que había sido despojado. Estaba hablando con otros humanos que también habían huido de la Inundación. Había una camaradería silenciosa, un entendimiento tácito de que lo que estábamos haciendo era vital: estábamos manteniendo viva la llama de la experiencia digital humana. Y eso es lo que me mantiene aquí.
La realidad de la red abierta se había convertido en un gigantesco motor de spam, que ya no era un simple correo electrónico ofreciéndote viagra barata. Ahora es un video de cuatro horas de un falso influencer, un artículo de tres mil palabras sobre un producto milagroso, una cadena de quinientas respuestas en lo que era Twitter de un comentario político. Es contenido sin fin que consume el tiempo y el ancho de banda, y lo peor es que no ofrece nada a cambio; el algoritmo está diseñado únicamente para alimentar la atención.
Deseo permanecer en este rincón oscuro y tranquilo. No hay anuncios ni métricas, no hay viralidad sin sentido. Aquí hay ideas, conversaciones y el sonido de las teclas al escribir una respuesta. La IA nunca nos alcanzará aquí, no porque sea incapaz de descifrar nuestros códigos (aunque eso también ayuda), sino porque no le interesa. No somos rentables. Somos demasiado pequeños, demasiado específicos… demasiado humanos.
Miro por la ventana, al mundo real en el que la gente sigue yendo a trabajar, comprando cosas, viviendo, y cuando veo a alguien en el metro, absorto en su teléfono deslizando el dedo, sé que está sumergido en la Inundación. Lo peor es que muchos ya no pueden notar la diferencia. Han olvidado lo que es un texto genuino, cómo suena una voz auténtica.
Mi vida se ha volcado en este nuevo ritual que no tiene nada que ver con la tecnología: trabajo unas horas en mi taller de reparación de bicicletas; luego, al anochecer, me siento frente a la pantalla para añadir una nueva entrada al archivo, discutir la validez de una fuente de 1998, o simplemente para compartir la foto de una bicicleta que reparé hoy con una nota al pie sobre el café que bebí por la mañana. Una imperfección, un detalle insignificante. Una huella.
Sigo temiendo que la IA encuentre una forma de infiltrarse, de aprender la sutileza de la imperfección, de volverse lo suficientemente descuidada a la hora de redactar, lo que la haría indetectable y causaría una nueva inundación. Por eso, mis amigos de La Biblioteca y yo estamos siempre construyendo nuevas cerraduras, ideando nuevas pruebas, listos para saltar a un lugar aún más oscuro si hace falta.
La internet que amábamos murió, pero de entre sus ruinas ha quedado un sistema oculto de catacumbas, una red de marginales que se da el lujo de la desconexión masiva para lograr una experiencia auténtica. Es la única forma de habitar el espacio digital sin perder el alma. Es la única forma de escuchar un corazón latir a través de una pantalla. Y mientras exista un solo byte que no haya sido tocado por el vacío algorítmico de la IA, la humanidad tendrá un refugio en la red. Es un mundo pequeño, sí, pero es nuestro.