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SOFÍA TEPALT
Los primeros rayos del sol se cuelan por la estrecha ventana de aquella habitación a oscuras y sin vida en la que una mujer, tirada en el suelo y con la mirada pérdida, contempla al techo. Es Maya, que no ha podido salir de su habitación desde hace casi un mes. Le duelen los brazos, las piernas; sus pensamientos la están volviendo loca. Sus ojos se han acostumbrado a la oscuridad; se levanta con mucho esfuerzo para cerrar la cortina. Luego agarra el celular, que no ha dejado de sonar desde la noche anterior, y se da cuenta de que las llamadas perdidas y los mensajes son de su mamá. Malhumorada, teclea su número.
—¡Maya, qué bueno que al fin me llamas! –dice su madre entusiasmada, pero a Maya le irrita el tono hipócrita que usa cada que habla con ella.
—¿Qué quieres? –la ataja de inmediato.
—Hablar contigo y asegurarme de que estás bien, ¿qué más? –responde con un tono de fingida inocencia.
—Mamá, no me importa que sepas cómo estoy. No quiero contestar tus llamadas ni hablar contigo. ¿Hasta cuándo vas a dejarme en paz?
—-Maya, bájale a tu tono. Soy tu mamá y a mí me respetas por el simple hecho de que yo te di la vida…
—¡Y me diste la vida más miserable que puedas imaginarte! En lugar de apoyarme a mí, lo apoyaste siempre a él.
Por primera vez en mucho tiempo, Maya saca su rencor. Su madre permanece en silencio un momento, y cuelga.
La vida de Maya había sido planeada meticulosamente desde que nació. Su padre, un economista respetado en un banco importante del país, estaba seguro de que tendría un varón que continuaría el linaje y nombre de la familia, pero se equivocó; tuvo una única hija. Su decepción fue tal que no se involucró en nada que tuviera que ver con ella durante dos años, dejándole la responsabilidad a su madre, que era ama de casa. Desde que Maya entró a la escuela, sus padres comenzaron a prepararla para que pudiera destacar en la vida y le dieron todas las oportunidades que ellos nunca tuvieron; primero con clases de ballet a los cuatros años; natación y fútbol a los cinco; matemáticas a los siete. Nunca se quejó del cansancio porque sabía que si lo hacía, no podría ocupar sus ratos libres para jugar con sus juguetes o ver la televisión. Aun así, siguió haciendo lo que le correspondía. Y cuando los amigos de sus padres los visitaban, siempre recibía elogios porque les impresionaba que una niña de su edad fuera tan correcta y capaz. Era como estar con un adulto chiquito.
En su pubertad, lo que más deseaba era estar con sus amigas; y aunque sus padres le daban permiso de salir con ellas, lo que quería Maya era romper el molde con el que había crecido. En ese momento comenzó a tener un interés muy peculiar por el arte: le fascinaban los colores de las pinturas, su composición, y sobre todo, los personajes que mostraban una emoción de desesperanza y frustración. Los comprendía. Sin embargo, fue la música la que le cambió la vida.
En una ocasión en la que Maya visitó a su mejor amiga, que tenía un hermano que se estaba preparando para entrar al Conservatorio Nacional de Música, le sorprendió verlo ante el piano que había en la sala; estaba estudiando una pieza de Chopin: Etude in C major Op. 10 No. 1. En ese momento Maya no sabía nada del compositor ni de la pieza, pero al escuchar las primeras notas, lloró ante la belleza musical.
Esa noche, cuando llegó a casa, le pidió a sus padres que la inscribieran a clases de piano. Ellos accedieron, ya que con eso aumentaría sus habilidades para ser más competitiva en un mundo cada vez más exigente.
A Maya no le tomó mucho tiempo aprender a leer las partituras, y desde sus primeras clases logró desarrollar un estilo que la distinguía de los otros alumnos, además de que su amor y obsesión por Chopin crecieron de tal modo que, para conectar mejor con sus piezas, se puso a investigar acerca de su vida. Nunca se había sentido tan libre como cuando tocaba sus melodías. Era una sensación de ligereza que no se lograba explicar en la que sabía que podía ser lo que quisiera, y que si se lo proponía podría alcanzar el cielo. Cuando se sentaba al piano, la música y ella se volvían un solo ser.
Su madre se sentía orgullosa de la disciplina y la constancia que distinguían a su hija.
Muy emocionada, y después de una presentación, Maya les dijo a sus padres que no quería ser nada más que una pianista profesional. Pero su padre la reprendió:
—Nadie vive del arte y menos en este país. Funda una empresa, dedícate a los negocios, algo que te deje dinero para que viajes y te rodees de personas importantes. ¿Ser pianista? No tienes el talento suficiente para sobresalir.
El corazón y espíritu de Maya se rompieron en ese instante. Su madre la consoló porque sabía que sí era talentosa; sin embargo, la determinación de su marido pesó más, así que no dijo nada.
A partir de ese día Maya ya no pudo disfrutar de la vida, ya que cualquier paso que diera era insuficiente para su padre, y cada vez se preguntaba con más seriedad si en algún momento podía tomar sus propias decisiones. Terminó por estudiar Administración de empresas, carrera de la que se graduó con honores de la universidad. Tras ese logro, su padre le obsequió un departamento en un complejo de edificios nuevos cerca de la empresa financiera internacional de un colega suyo, en la que la logró colocar. Pero Maya no quería pasar todo el día encerrada en una oficina con gente con la que no tenía nada en común, por lo que, tras desempeñarse brillantemente en su nuevo puesto, consiguió que su jefe le permitiera hacer trabajo remoto.
Avienta el celular a la cama y vuelve a recostarse en el piso para tratar de calmar el coraje que siente cada vez que piensa cómo ha resultado su vida. Se seca las lágrimas con la camiseta que lleva puesta y no puede evitar darse cuenta que está sucia; no recuerda desde cuándo no se la quita.
Después de un rato decide darse un baño porque su olor ya era desagradable. Mientras el agua le corre por el cuerpo, recuerda la última vez que tocó el piano, hace más de cinco años; desde entonces tampoco puede escuchar música clásica sin que los ojos se le llenen de lágrimas.
Por primera vez en mucho tiempo tiene ganas de arreglarse; tal vez eso la ayude a sentirse mejor consigo misma, y dejar de compadecerse en la oscuridad. Abre las cortinas y la luz del sol le lastima los ojos. Limpia la mesa de migajas y tira en bolsas de plástico los envoltorios de la comida rápida que ha acumulado desde hace un par de semanas.
Maya comprende que ha vivido como una autómata desde su graduación. Su rutina es bastante deprimente: despierta, prende la computadora, maldice y llora mientras hace su trabajo, y solo come comida chatarra; revisa a cada rato su celular y no puede evitar comparar su vida con la de otros, y cuando puede, duerme. Al darse cuenta de que está sumergida en una depresión crónica decide que ya no quiere vivir como si estuviera muerta en vida.
Un golpe seco y fuerte la saca de sus reflexiones. Tras un rato, y asustada por el ruido, se asoma por la puerta para encontrarse con su peor miedo: un piano de cola Steinway and Sons. No puede creer que tiene ante sí a ese ser tan majestuoso; sale al pasillo para admirarlo: hace tanto que no ha estado así de cerca de un piano Lo recorre con la mirada y recuerda los bellos momentos en que ese mágico instrumento la hacía sentir libre. Por un momento le ilusiona que ese piano pueda ser suyo: quizás su padre ya entendió de que cometió un error con ella, y que la música es su pasión más grande, hasta que, a lo lejos, oye una voz masculina.
—¡Alana, no inventes! –dice desde el teléfono puesto en altavoz.
—Amor, tenemos suficiente espacio en la sala, claro que va a caber —responde con voz orgullosa la muchacha que acaba de aparecer en el pasillo.
—Pero yo no quiero tener un piano en nuestro departamento.
—¿Por qué no? ¡Qué más da! —replica Alana con tono despreocupado.
—¿Para qué lo quieres? Ni tú ni yo sabemos tocarlo
—Miguel, el piano es una pieza clave para la decoración: es sofisticado.
Alana está emocionada porque está a punto de casarse con Miguel, su prometido. Se conocieron en un viaje que hicieron a Japón. Su encuentro fue como el de las películas románticas y en uno de los sitios más famosos del país. Mientras caminaban y tomaban fotografías de Shibuya, chocaron por accidente. Al darse cuenta de que ambos hablaban español descubrieron que también eran mexicanos, y a partir de ahí ya no quisieron soltarse. Y es que hasta para sus trabajos fueron tal para cual: ella es diseñadora de interiores, y él arquitecto. Un cliché perfecto.
Después de su aventura japonesa acordaron reencontrarse en Ciudad de México. Como su admiración y las ganas de comerse al mundo eran mutuas, decidieron abrir un despacho juntos para no separarse nunca. Su clientela creció, no solamente en la ciudad, también en el país. Para Alana todo estaba saliendo de maravilla, tan así que cada cosa que lograba era igual o mejor a como la había planeado.
Solo había una cosita que no era extraordinaria: la relación con su padre, un hombre trabajador, un proveedor que le dio todo lo que ella quiso, y hasta más. El problema es que no tenían una relación. A pesar de que creció en una familia unida, su padre siempre se mostró distante.
Cuando Alana ganó un concurso juvenil de dibujo (su pasión más grande) a los doce años, su padre solo le dijo: buen trabajo. Un año después quedó en tercer lugar; ella estaba contenta, pero cuando le mostró el reconocimiento, sus palabras fueron severas: «No estés feliz por un tercer lugar. No seas conformista. Para ser alguien en la vida tienes que trabajar cada vez más duro». Esas palabras siguieron resonando en el subconsciente de Alana, que desde entonces solo ha tratado de ganarse la aprobación de su padre.
—Que digan lo que quieran. A nadie va a importarle si tenemos o no un piano en la sala —replica Miguel.
—Sabía que íbamos a tener esta discusión, y también sabía que si yo no lo compraba, no ibas a comprarlo tú.
—¡Cómo! ¿Ya lo compraste? ¡Y por qué no me consideraste!
—Sí, lo compré desde hace un año. Hoy me lo entregaron, pero los cargadores lo dejaron en el piso de abajo. No te preocupes por eso, te va a encantar.
—Lo que hiciste fue completamente egoísta, Alana, ¿qué te pasa? Al menos debiste haberme preguntado porque no soy un tipo cualquiera al que le puedas ocultar estas cosas. Soy tu pareja, y si vamos a formar una familia…
Alana cuelga el teléfono cuando escucha esa palabra. No sabe por qué reacciona así cada vez que la oye. No logra entender por qué la aterra si está a punto de casarse con el hombre al que ama. Obviamente siente culpa por no haber compartido con Miguel su decisión, por ser egoísta y no darse cuenta que sus actos pueden lastimarlo. Ese pensamiento la frustra y la hace llorar y se reclama por no ser una buena compañera.
Trata de recomponerse antes de volver a llamar a los encargados de la entrega, ya que no quiere esperar otra hora para que suban los pisos que faltan. Mientras marca, al fondo del pasillo ve a una muchacha desaliñada que observa el piano con admiración.
—Es mi piano —dice Alana levantando la mano para saludarla.
Maya se sobresalta.
—Perdona que lo hayan dejado en tu puerta, hay mucha gente incompetente hoy en día —suelta con tono condescendiente—. ¿Te molesta si se queda un poco más aquí? Ya no deben tardar los cargadores —dice señalando su teléfono.
Maya está maravillada. Piensa que esa mujer es deslumbrante, no solo por el vestido rosa que lleva puesto, que la hace ver atractiva y elegante, y su aire despreocupado y confianzudo, sino porque es lo contrario a como ella se ve a sí misma. Su playera de tirantes negra y el pantalón decolorado por los años le dan un aspecto depresivo del que, incluso después de intentarlo, no puede desprenderse.
—No hay problema —dice Maya casi en un susurro—. Es hermoso.
—¿Verdad que sí? Lo elegí para darle un toque clásico a mi casa —contesta Alana con cortesía.
—El modelo B es perfecto para tenerlo en la sala, y su sonido es maravilloso —continúa Maya con una clara emoción que no puede esconder—. Bueno, supongo que no necesito decírtelo, seguramente ya lo sabes.
Alana levanta una ceja.
—No, no lo sabía. La verdad es que no sé tocar el piano —dice Alana con un suspiro—. Ahora que lo pienso, sí fue una compra impulsiva y estúpida.
—Si no sabes tocarlo, ¿por qué lo compraste? —pregunta Maya levantando la voz.
Alana sonríe con amargura.
—¿No escuchaste? Fue una compra impulsiva para tenerlo de accesorio en mi casa.
Maya no puede entender ni tolerar una decisión superficial como esa.
—Un piano no es un accesorio —le replica con enfado—: es un instrumento que, al tocarlo, libera los sentimientos y emociones para expresar lo que llevas dentro. No sirve solamente para decorar tu casa. Si ya hiciste una compra estúpida, por lo menos deberías aprender a tocarlo.
Alana se enfada porque no tolera que nadie le diga qué hacer.
—Bueno, es mi piano y puedo hacer lo que me dé la gana con él —y con tono burlón, agrega—. Además, ¿a ti qué te importa? ¿Qué eres, una pianista?
Maya mira retadoramente a Alana, y por primera vez en mucho tiempo vuelve a sentirse viva.
—Pues sí, lo soy. Y si tú no fueras tan prepotente te darías cuenta que solo lo compraste para alimentar tu frivolidad.
Maya resopla; el rostro de Alana se pone rojo por la ira que le provoca esa tipa desaliñada que tiene ahí enfrente, a la que barre de arriba abajo.
—Al menos mi frivolidad me permite tener buen gusto.
—Te apuesto lo que quieras a que no tienes ninguna habilidad para el piano.
—Ya que estás tan segura y que te crees tan buena, te reto a que me enseñes, a ver si es cierto.
A Maya le sorprende el comentario que no solo la ha tomado desprevenida, sino porque aún no se siente preparada para enfrentarse nuevamente al piano.
—No, no quiero.
—¿Por qué no? Si eres una pianista y estás tan segura de que no tengo ninguna habilidad, enséñame, a ver si eres tan buena. Puedo ser una buena alumna.