Apoya a Cuentística
J. A. CERVANTES
Me enseñó a temerle al agua, el nombre de las cosas y que se puede ver sin ojos. Me dice cuándo encontraré comida y cuándo debo esconderme para que no me hagan daño. El montón de huesos lo sabe todo y su voz suena como si se arrastraran las piedras.
La primera vez que me habló fue una mañana en la que me desperté hasta bien tarde. Me levanté al escuchar su voz pidiéndome que me acercara. Susurró mi nombre, ese que me puso mi mamá cuando nací de ella llorando pero que después nadie pronunció.
Caminé encorvado por la cañería, le di a la derecha y, al salir del tubo, lo encontré en una esquina amontonado entre los muros de una galería. El lugar estaba húmedo; había basura, ramas y bolsas atascadas en las rejillas del desagüe, y en el fondo una capa de fango negro que se me pegaba los pies.
Volvió a decir mi nombre; me acerqué a aquel montoncito de agujas blancas en el rincón. Eran bastantes, y estaban apiladas sin ningún orden. Distinguí tres calaveras: una con pico, otra con dos dientes cuadraditos al frente y una más con colmillos afilados.
No sé cuál de las tres es la que hablaba, o si las tres lo hacían al mismo tiempo. Lo que sí sé es que su voz de piedra se oía más fuerte ahí que cuando me despertó. Dijo que quería ser mi amigo, que podía ayudarme con la condición de que le trajera más huesos y lo tapara de la lluvia.
Yo quería un amigo. Uno de verdad, que se supiera mi nombre y que quisiera platicar conmigo. Entonces salí de la alcantarilla; encontré un pedazo de cartón bien macizo y unos alambres viejos para colgarle un techito encima. Regresé y se lo acomodé en la rejilla. Lo amarré bien para que no les cayera agua a los huesos. Cuando terminé le pregunté si así estaba mejor, pero ya no me contestó. Me quedé ahí sentado viéndolo todo ese día y esa noche. No dijo nada más.
Pensé que el montón de huesos ya no volvería a hablarme, pero días después, cuando regresé a la alcantarilla, habló. Me dijo que había un señor sentado en la banca afuera de la iglesia, que si me le acercaba iba a darme un pan, y que al pie de un pilar del templo había una paloma muerta, que le trajera los huesos. Así que fui a la plaza de la iglesia y vi a un viejo sentado en la banquita, con una bolsa de papel al lado y un periódico en las piernas, desmenuzando un bolillo con las manos que le aventaba a las palomas. Me acerqué y él no quiso mirarme hasta que me le paré muy cerca. Seguro que hizo esa mueca porque me olió. Se me quedó viendo con asco, como suelen verme todos, y me preguntó que qué quería.
—Me dijeron que usted me va a dar un pan —contesté, y mi voz me sonó rara.
Hacía mucho que no la usaba, así que no recordaba cómo se oía. Solo la escucho dentro de mi cabeza cuando me canto por las noches o me pregunto a mí mismo cómo estoy.
El anciano, arrugando la nariz, metió la mano a la bolsa y me dio un bolillo nuevecito, sin pellizcar. Yo lo agarré con mis manos tiznadas, y recordé que tenía que ir por la paloma. Sin despedirme, me di la vuelta para ir a recogerlos huesos. Pero cuando llegué a la columna que me había dicho el montón no los encontré. Lo que sí había era una paloma gorda y bien hinchada patas parriba. La agarré de un ala, que se extendió hasta que logré levantar al animal. Así, con el bolillo en una mano y la paloma colgando en la otra, regresé corriendo para encontrarme con mi amigo.
Bajé de nuevo por la alcantarilla y me dijo que, antes de que me comiera el pan, pusiera los huesos de la paloma con el resto. Pero tenía que limpiarlos bien, que no les quedara ni un poquito de carne o sangre porque le hacían daño a los demás huesos del montón, que ya estaban blancos y limpiecitos.
Me puse a pelar la paloma con las manos, y para arrancar los huesos tuve que apretar la pulpa gris que los rodeaba. Los huesos del pescuezo y la pechuga fueron fáciles de sacar, pero a los de las patas, las alas y la cabeza me costó mucho pelarlos; tuve que usar los dientes porque no podía despellejarlos. Pero después de un rato los dejé bien limpios. Hasta los lamí para quitarles la sangre. Los puse con cuidado con los otros, y la cabeza junto a las otras tres.
El montón de huesos no volvió a decir nada más. Pasaron semanas, pero después de que llovió dos días seguidos, me habló otra vez. Yo creo que estaba agradecido porque no le cayó ni una gota, y como recompensa me indicó en dónde encontraría una hamburguesa medio mordida. Días después me enseñó que en el mercado tiraban algunas frutas que no hacían daño cuando te las comías, y me avisó cuando volvió el señor a tirarle bolitas de bolillo a las palomas para ir por mi pan. También pidió más huesos.
Me dijo que le trajera la rata mocha y al gato sin rabo echado bocarriba, y que se los limpiara para que el montón de huesos siguiera creciendo y se hiciera más fuerte. Estaba tan contento con sus ocho cabezas y mil patas que desde entonces no dejó de hablarme ni un solo día.
Fue cuando empezó a enseñarme el nombre de las cosas. Me enseñó que el agua es Atl y que el viento es Ulf, que los hombres son Eru y que él se llamaba Oth. Dijo que pronto vendría Atl y que se lo llevaría muy lejos, regando por todos lados sus huesos. Que para evitarlo tenía que traerle huesos más grandes, más pesados. Necesitaba estar más fuerte y grande para cuando viniera Atl. Y me pidió que le trajera los huesos del perro negro que se paseaba en la plaza por las mañanas.
Yo ya sabía a qué perro se refería, lo había visto varias veces. Era gordo y renqueaba de la pata trasera. Mucha gente al verlo le aventaba algo de comida o le daban palmadas. A mí me daba coraje ese perro porque mejor a él le daban incluso pollo y unas tortillas que a mí; nadie se me acercaba. Entonces, cuando el montón de huesos me pidió que le llevara al perro, no sentí feo. Hasta gusto me dio.
Salí temprano a buscarlo y lo vi acostado afuera de donde el señor de bigote bolea los zapatos. El perro ya le pertenecía al montón de huesos, lo había reclamado. Yo solo tenía que llevarlo. Nomás faltaba matarlo, pelarlo y dejárselo limpito. Lo agarré de la pata renca, y cuando el condenado me sintió, se enroscó y me pegó un mordidón que me sacó sangre. El brazo me tembló por el dolor un buen rato, pero yo no me dejé; lo pisé en la panza tan fuerte como pude sin soltarlo de la pata. El perro se retorció y chilló y me volvió a morder, pero nomás no lo solté, ni siquiera cuando giró y todos los huesitos de su pata se quebraron en mi mano.
Le di patadas y pisotones hasta que dejó de moverse porque lo necesitaba para echarlo con los demás huesos. Cuando volteé, vi que mucha gente me miraba con los ojos bien abiertos. Si parecían asustados no era porque yo estuviera lastimado, sino porque se lamentaban por el pobre perro. Yo creo que por eso le hablaron a la policía.
Y entonces llegaron ustedes para quitarme al perro, pero necesito que me lo regresen, por favor. Tengo que llevárselo a Oth. Todavía me falta pelarlo y dejarlo bien limpiecito para que sus huesos le den peso al montón antes de que venga Atl y se lo lleve. Oigan, ya está tronando bien feo el cielo, ya no tarda en llover. Por favor, suéltenme, que tengo prisa. Atl se lo va a llevar si no llego con el perro. Y entonces ya nadie va a volver a decirme cuando venga el señor del bolillo, ni va a querer ser mi amigo. Ya nadie va a volver a llamarme por mi nombre.