Apoya a Cuentística
YOQSAN BERUMEN
La doctora Elena Moretti había dedicado los últimos veintitrés años de su vida al estudio de las enfermedades neurodegenerativas. A sus cincuenta y dos, las manchas en sus manos delataban el paso implacable del tiempo, pero fueron las pruebas de laboratorio las que revelaron la verdad más cruel: el Parkinson que estudiaba ahora habitaba en su propio sistema nervioso.
Cuando Ramírez, su colega, regresó de un congreso en Chile y mencionó de paso la existencia de una comunidad terapéutica que lograba curar el mal sin costo en una isla remota del Pacífico sur, Elena descartó la información como charlatanería. No podía ser posible, era demasiado bueno para ser verdad. Sin embargo, tres meses después, cuando el temblor de su mano derecha comenzó a interferir con su escritura, se descubrió buscando la información sobre Punta Serafín. En el sitio web pudo leer diferentes casos de éxito: un hombre que juraba haber llegado con cáncer terminal y ahora corría por los jardines; una mujer que afirmaba tener ochenta y cinco años pero cuya piel mostraba la tersura de alguien de cuarenta; un niño con síndrome de Down cuyas facciones parecían estar reajustándose.
Un instante después estaba programando su cita de valoración.
La travesía hasta la isla requería dos vuelos comerciales y una embarcación privada que partía únicamente los martes desde Puerto Montt. Durante las seis horas de navegación, Elena observó cómo la civilización se perdía gradualmente en el horizonte, reemplazada por una inmensidad oceánica que parecía tragarse cualquier certeza científica. Cuando la isla emergió del mar lo hizo como una promesa ambigua: acantilados de roca volcánica coronados por una vegetación impenetrable, y en el único claro visible desde el agua, estructuras blancas que brillaban con una geometría demasiado perfecta.
El hermano Elías la recibió en el muelle. Era un hombre de apariencia indeterminada, de quizás cuarenta, quizás cincuenta años, con una serenidad en el rostro que Elena, entrenada en leer síntomas, no pudo clasificar. No eran ni la paz de la ignorancia ni la resignación del enfermo terminal. Era algo distinto, como si hubiera alcanzado un nivel de comprensión que abolía la relevancia misma de la edad o la enfermedad.
—Bienvenida, doctora, la estábamos esperando. El maestro desea conversar con usted antes del tratamiento.
Las instalaciones desafiaban la lógica arquitectónica que Elena conocía. Los pasillos parecían extenderse en direcciones que cambiaban de ángulo según desde donde se miraran; las ventanas tenían vistas que no correspondían con la orientación del edificio, y había una cualidad extraña en la luz artificial que resultaba simultáneamente reconfortante e incorrecta. Durante el recorrido observó a otros residentes. Algunos le parecieron conocidos porque eran aquellos que aparecían dando sus testimonios en el sitio web.
El maestro Saraph la recibió en una sala circular cuyas paredes parecían respirar con una bioluminiscencia tenue. Era un hombre alto, de rasgos que Elena no pudo asociar con ninguna etnia, como si su rostro fuera una composición estadística de la humanidad. Sus ojos, sin embargo, la perturbaron profundamente. Había en ellos algo que no debería tener un globo ocular humano normal, una manera en que reflejaban la luz y sugerían estructuras imposibles dentro de ellos.
—Sea bienvenida, doctora —comenzó con una voz que resonaba de manera extraña en el espacio—. Usted representa el epítome del escepticismo científico. Por eso la elegimos para esta conversación; no cualquiera merece una atención así. Comprenda que lo que está a punto de experimentar no es un tratamiento médico formal, o en el sentido que usted conoce. Es una forma de… editar la composición biológica.
—Gracias por la atención. Verá, estoy aquí por…
—Sabemos de su condición, no hace falta que explique nada. La isla está llena de los sensores cuánticos más avanzados del planeta.
Una pantalla que se iluminó detrás del maestro Saraph mostró el mapeo detallado del cerebro de Elena; cada parte, cada región, una representación perfecta. Elena se quedó pasmada. En todos sus años de investigación nunca había visto una imagen así de un cerebro humano.
—¿Cómo…?
—Tenemos la mejor tecnología desarrollada por nuestros propios ingenieros.
—Pero si su comunidad terapéutica no le cobra a la gente que ayuda, ¿de dónde sacan los recursos para desarrollar esta tecnología?
Elena se sentía confundida y desconfiada. Aunque estaba maravillada con el lugar, su instinto le advertía que algo no estaba bien.
—Normalmente recibimos generosas donaciones de las personas a las que ayudamos —en la pantalla comenzaron a aparecer fotografías de personalidades reconocidas—. Hemos atendido a políticos, inversionistas, deportistas y famosos artistas que quedan tan agradecidos con nosotros que nos retribuyen con algo, a pesar de que insistimos en que no es necesario.
Elena aún sentía que algo no andaba bien.
—Lo que ustedes hacen aquí, los tratamientos… ¿son éticos? Perdón, pero todo suena tan extraordinario que algo me dice que aquí hay algo oculto.
El maestro Saraph sonrió discretamente.
—La entiendo, pero no tiene que preocuparse de nada —la sala se iluminó de pronto con una luz extrañamente reconfortante—. La luz: usamos partículas de la luz que atraviesan cada rincón de este lugar y de cada persona que está aquí. Desde el momento en el que entró a la isla empezó su tratamiento. Mírese la mano, doctora.
Elena la levantó, y una lágrima corrió por su rostro. Ni siquiera se había percatado de que los temblores casi habían desaparecido, y con ello también las dudas e inquietudes con las que había llegado.
Durante las siguientes semanas Elena fue testigo de transformaciones que desafiaban la comprensión médica. Los tratamientos principales ocurrían en cámaras subterráneas donde un haz de luz que cambiaba de potencia envolvía a los pacientes, similar a la que vio con el maestro Saraph, pero aún más concentrada. Elena misma se sometió a tres sesiones. Con la primera, el temblor de su mano desapareció. Tras la segunda, experimentó una claridad mental que no había sentido en décadas. A la tercera, al mirarse en el espejo, notó que las líneas de expresión alrededor de sus ojos se habían suavizado.
Pero fue a partir de ahí que comenzó a notar las inconsistencias. Pequeñas al principio, como que el hermano Elías empleaba ocasionalmente palabras extrañas que surgían de su boca con tal naturalidad, y que no pertenecían a ningún idioma que conociera, para referirse a cosas como el cabello, la piel o los ojos. O la hermana Yuki, otra de las colaboradoras de la isla y originaria de Tokio, que describió un recuerdo de su infancia mencionando edificios que nunca existieron. Incluso el propio maestro Saraph, que en una ocasión llamó a la estrella de una constelación con un nombre que ella jamás había escuchado. Y aunque estos detalles le causaban curiosidad, la mejoría de su salud hizo que no les diera importancia.
Durante las primeras semanas Elena se permitió el alivio. Había aceptado las explicaciones vagas que el hermano Elías le ofreció: que eran terapias experimentales, protocolos de vanguardia, con metodologías que serían publicadas «en el momento apropiado». Pero la euforia inicial cedió ante algo fundamental en su naturaleza: la necesidad de comprender. La curiosidad como método. Comenzó a explorar las instalaciones extendiendo gradualmente sus recorridos. Notó que ciertas áreas no tenían indicaciones, pasillos blancos que se extendían como laberintos que aparentemente no llevaban a ningún lugar, y puertas herméticamente selladas que no parecían tener una forma de abrirse. No había prohibiciones explícitas; solo un diseño espacial pensado para mantener a los visitantes en rutas específicas.
Los pasillos silenciosos —un detalle que no podía ignorar— estaban cargados de un aire peculiar, como el de las salas sanitizadas de biotecnología, que se filtraba y reciclaba constantemente. Durante todos los recorridos que realizó, y aunque nunca se encontró con nadie tuvo la sensación de ser acechada, lo que cada vez la hacía volver sobre sus pasos.
Elena dejó de dormir. Durante los últimos cinco días, cada vez que cerraba los ojos, su mente reproducía la misma secuencia: las palabras extrañas del hermano Elías, su mejoría milagrosa, los pasillos extraños y la sensación de ser observada durante sus recorridos. No era ansiedad; era el proceso que su cerebro utilizaba para señalar que algo no cuadraba en lo que le habían ofrecido.
Esa noche decidió seguir su instinto. Se levantó. Caminó nuevamente por los pasillos colocando una mano sobre la pared, decidida a llegar al final del laberinto. Conforme avanzaba, la disposición espacial se volvía incorrecta, los ángulos agresivos, y flotaba un olor en el aire que su mente no pudo precisar. Al final del pasillo, y a través de una abertura que no era exactamente una puerta, vio lo que pudo definir como una reunión.
El maestro Saraph estaba allí, pero no como ella lo conocía. Su forma había dejado de fingir su forma humana. Junto a él, el hermano Elías y otros miembros del clan mostraban su verdadera naturaleza: seres tan delgados, con brazos atípicamente alargados que se articulaban en lugares en los que no estaban los codos. Los movimientos de sus extremidades fluían de tal modo que le hizo pensar que no eran vertebrados. En el centro flotaba lo que parecía ser un mapa demográfico iluminado con filamentos brillantes, con la identidad y relaciones sociales de millones de personas. Elena reconoció el de algunos pacientes que habían pasado por Punta Serafín.
—La invasión —escuchó decir al maestro Saraph— avanza según lo planeado. En dieciocho meses podremos reemplazar al treinta y tres por ciento de posiciones clave en los gobiernos y corporaciones del mundo.
Elena sintió que la observaban, y la misma sensación que antes la había hecho retroceder ahora la mantenía petrificada. El maestro Saraph recuperó su forma humana en un parpadeo.
—Doctora Moretti —dijo con una tristeza que parecía genuina—, no debería estar aquí. Ahora nos plantea una decisión compleja.
Elena logró correr por los pasillos pero no supo cómo regresó a su habitación. Encerrada, con el corazón desbocado, comprendió la terrible ironía: la cura había sido real. Su párkinson había desaparecido. Se sentía mejor de lo que se había sentido en años. Pero el precio no había sido monetario, ni siquiera espiritual. El precio era su identidad, ahora perfectamente mapeada, lista para ser replicada por una entidad alienígena.
Al amanecer, el hermano Elías tocó su puerta. Cuando Elena abrió, lo notó contrariado.
—El maestro ofrece dos opciones —explicó—. Primera: puede quedarse a vivir cómodamente aquí, en Punta Serafín, y gracias a nuestros tratamientos podrá hacerlo por mucho tiempo. Segunda: Usted tendrá que… desaparecer.
Elena observó por la ventana al océano infinito. Pensó en su laboratorio, en los últimos veintitrés años de su vida dedicados a investigar una enfermedad que le robaba la identidad a los afectados, y que ahora parecía irónico descubrir que el costo de la única cura implicaba el mismo robo, pero ejecutado con precisión cósmica.
—Hay una tercera opción —dijo finalmente, sorprendiéndose de la firmeza de su propia voz—. Puedo documentar esto para advertirle a todos…
El hermano Elías sonrió con sorna.
—Pero quién le creería a una prestigiosa doctora que de pronto comenzara a hablar de un plan extraterrestre para robar la identidad. Y por si no fuera suficiente —hizo una pausa significativa—, los editores de los principales medios de comunicación donde usted podría publicar están con nosotros.
Elena comprendió entonces la verdadera maestría del plan. No era una invasión en el sentido tradicional, con naves y armas. Era una infiltración basada en el deseo más profundo de la humanidad: la sanación, la juventud, la inmortalidad. Cada persona curada era un colaborador involuntario; cada tratamiento exitoso, una puerta más que se abría.
—¿Por qué no me matan simplemente y ya? —preguntó finalmente.
El maestro Saraph apareció en el pasillo con la forma humana que Elena sabía que era una mentira cuidadosamente construida.
—Porque usted, doctora Moretti, planteó la pregunta correcta. Entre los de mi especie existe un dilema al que ustedes llamarían filosófico sobre si es ético salvar a una especie transformándola a conveniencia. Algunos argumentamos que sí, que para salvar a la humanidad de su propia destrucción debemos intervenir, aunque eso implique sustituir sus mentes con métodos poco ortodoxos; que eso es preferible a su extinción. Otros argumentan que el consentimiento es un principio universal. Usted tiene ahora esa información y puede elegir: vivir con la verdad aquí, o intentar volver sabiendo que puede morir en cualquier momento.
Elena se vio las manos. Por primera vez en meses ya no le temblaban. Y en ese momento de claridad artificial comprendió que la pregunta no era si los extraterrestres podrían suplantar a todas y cada una de las personas de este planeta, desesperadas por vivir más, por curarse, por vencer a la muerte misma, sino si serían capaces de ofrecerse voluntariamente a cambio de la promesa de un cuerpo perfecto. Si la invasión estaba ocurriendo ahora, no era a pesar de la humanidad, sino debido a ella, impulsada por el mismo anhelo que la había llevado a ella a esa isla remota.
Ya en la soledad de su habitación, Elena se sentó en la cama y comenzó a escribir en su diario sabiendo que cada palabra era a la vez un testimonio y una confesión de complicidad. Porque ella también, en su deseo más oculto, anhelaba conservar esa salud recuperada, esta claridad mental. Y ese deseo, comprendió, sería la razón que haría que la invasión no solo fuera inevitable, sino bienvenida.
Afuera, las olas rompían contra los acantilados de Punta Serafín, indiferentes a que la isla que rodeaban era el primer territorio de una nueva especie que llevaría rostros humanos, pero que albergaría conciencias procedentes de lugares donde las estrellas tenían nombres que ningún terrestre había pronunciado jamás.