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NORMA MINNITI
La única forma de escapar del abismo es mirarlo, medirlo, sondearlo y descender a él.
Cesare Pavese
Fueron años de reunir fragmentos tan diminutos, pero inmensos de magnitud, que no era capaz de reconstruir una imagen completa, más los silencios que solo aumentaban mi confusión. Supe que era adoptada a la edad de once años. Una conversación entre mi madre y su hermana, y la oportuna travesura que me llevó a entrar en medias a la habitación para no hacer ruido, me permitieron confirmar lo que ya intuía. Una verdad acallada que siempre me acechó. Aunque mis padres adoptivos eran cariñosos y se ocupaban de mí con esmero, nunca dejé de sentir que me faltaba algo. Una oquedad que aún hoy me amaga desde lo profundo.
Aquella vez no entendí los acontecimientos que llevaron a mi adopción, y eso que intuí desde la infancia me aisló más. Mis adoptantes parecían francos y abiertos. Entonces, ¿por qué no me dijeron la verdad? Eso que no me atrevía a preguntar atravesaba todo mi ser, y las dudas pululaban, se retorcían, me enmarañaban. Así inicié mi adolescencia, envuelta en una niebla oscura. Mi ostracismo y mi silencio no hicieron más que alertar a mis padres, que decidieron hacerme tratar.
La psicóloga sonreía demasiado, parecía falsa y hasta tonta. Me recordaba a esas propagandas de pasta dental en las que unos modelos sonreían con dientes relucientes. Cada consulta me parecía más desagradable. Ella insistía en preguntarme acerca de mis sueños, si tenía novio, sobre mi sexualidad. Creo que nunca se dio cuenta de lo que realmente me pasaba y yo no estaba dispuesta a contarle nada porque no me inspiraba la menor confianza. Mientras tanto, mi autoestima se socavaba cada vez más. Con el tiempo comprendí que mis padres tampoco le habían advertido nada; lo que infiero es que solo lo intuyó porque la última vez que la citó, mi madre salió muy enojada y no me volvió a llevar nunca más.
Mientras mi garganta se ceñía como ajustada con la precisión del nudo marinero, mi adolescencia se desataba como si hubiera abierto la caja de Pandora. Todos los males del mundo cabían en mi ira y mi angustia, en esa bronca por no saber, y la esperanza guardada tan al fondo. Tendría unos quince años, mis padres no estaban, así que aproveché para revisar el viejo ropero. No sabía qué buscaba, pero hurgué en todas y cada una de las cajas que mi madre apilaba prolijamente en el espacio superior del mueble. Dentro de un sobre desgastado encontré viejas fotografías. No pude reconocer a ninguna de las personas allí retratadas, sin embargo, varios rostros me resultaban familiares. Me llamó poderosamente la atención la fotografía de una joven parecida a mí, la ropa que vestía me hizo recordar las películas de los años ochenta ¿Quién era esa chica? ¿Por qué guardaban su fotografía?
ATAÚDES
Desde aquel secreto que descubrí por los avatares del destino me sentí un bonsái: literalmente tenía las raíces cortadas, pero la fotografía era la promesa de que mi árbol genealógico aún podía sostenerse. Entonces fue una urgencia, un ímpetu por encontrar las respuestas a todas las preguntas que no pude hacer. Comencé por mi madre, y le pregunté con la osadía que mi convulsa juventud me permitió. Sabía que no sería fácil obtener respuestas de quien me había ocultado mi verdadera historia. Sudor, nerviosismo y evasivas no tardaron en soltar mi rabia.
—¡Mentís! ¡Tengo derecho a saber la verdad!
En ese momento llegó mi padre, que no preguntó pero supo lo que estaba pasando.
—Pero hija, ¿no te das cuenta de lo mal que pusiste tu madre?
—¡Ustedes no son mis padres!
Un tifón arrasó con toda la estructura familiar; nada quedó en pie: éramos tres náufragos, frágiles y endebles, a la deriva.
Las discusiones y las rebeldías se sucedieron de manera frecuente hasta que les fue inevitable confesar lo que ya sabía: que aquella joven de la fotografía era mi madre biológica. Pero seguían mintiendo: me aseguraron que no la conocían. Nadie guarda la fotografía de alguien que no conoce. Todo se sostenía con hilos; a las verdades a medias siempre les falta una para el par, y aquel panorama descalzo ilustraba bien mi indefensión. Los silencios agigantaron la distancia entre nosotros mientras yo seguía naufragando sin bote, sin madero, sin costa a la vista.
Mi tía Lía, mi compinche, la que me acompañó a hacerme mi primer piercing, la que me regaló mi primer maquillaje y me compraba siempre los aros que me gustaban, llegó muy preocupada. Estuve reticente; le dije que sabía que ella era parte de la mentira. Me abrazó con fuerza. Intenté zafarme, pero no me soltaba.
—Piojita, ¿tenés idea de todo lo que te quiero?
Lloramos juntas. Esperó a que mis espasmos se volvieran suspiros; secó mis lágrimas con su bufanda y me entregó un libro.
—Leelo, por favor, y después hablamos.
Yo, que estaba negada a todo, no lo hubiera agarrado si no es por la impactante tapa en la que una mujer rota juntaba sus fragmentos para armarse, y una leyenda que advertía que fue escrito sobre un caso real.
A medida que leía el inquietante libro, mayor era el anhelo por entender mi realidad. Con cada párrafo, la desdibujada silueta de mi madre se corporizaba, algo así como una arcilla a la que trataba de darle forma pero de la que no tenía el modelo. Entonces lo que salía era irreconocible. No tenía parámetros, y que nadie me contara nada solo me hundía más en la incertidumbre. Delinear mi historia requería desentrañar y desenmarañar. No lo dejé hasta terminarlo, aunque las preguntas se me agolpaban en el pecho y me anudaban la garganta; no podían salir. Esta vez era yo la que temía esa verdad de la que apenas me estaba dando cuenta.
La figura de mi madre biológica comenzaba a tomar forma, se armaba como la mujer de la tapa del libro, pero ahora era yo la que se rompía, como si metiera a un foso el ataúd con el cadáver de lo que fui. El extrañamiento sobre el pasado que recordaba me marcaba impiadosamente. La incompletud de mi historia me desgajaba. ¿Puede una persona sentirse completa cuando su historia ha sido una mentira? Realidad de perla, brillo de nácar, capa tras capa; una infancia dibujada cubriendo una impureza.
Las preguntas seguían ahogándome. La realidad era mucho más cruel de lo que había imaginado. De todas las interrogantes que me planteaba, había una que me inquietaba más: ¿mi madre me odió?
EL CADÁVER DE MI MADRE
El cadáver de mi madre biológica flotaba en su ataúd. Aquel precepto de no atentar contra la propia vida, ¿la dejó en el éter? Yo también era un cadáver, lo que pensaba de mí se diluía. Necesitaba resurgir de mis propias cenizas. Pero ¿cómo podía enfrentarme a algo para lo que no estaba preparada? Estaba confundida. Sin embargo, entendí que mis adoptantes guardaran el secreto: callaron para no lastimarme, para que no escarbara en las heridas.
Necesitaba saber más e insistí hasta lograr un resultado: visitar la tumba de mi verdadera madre. Tía Lía me acompañó. Unas flores de plástico cubrían el nombre de la lápida; las moví y descubrí sus apellidos: González Zaldívar. Mariana González Zaldívar. Eran los mismos apellidos de mi madre adoptante. Lía confirmó que ambas eran mis tías biológicas.
Las similitudes con el libro me daban escalofríos. No pude dejarle la flor que le llevaba. La historia del libro ¿era la de mi madre? Creí saber la respuesta, por eso mi temor a preguntar.
PESADILLA
Soné a mi madre biológica sangrando de la entrepierna; la sangre le corría hasta las rodillas. Intentaba hablarme, pero tenía la boca cosida. Me miraba como pidiendo compasión. Desperté sudorosa sintiendo que trataba de contarme algo; algo que el libro solo contaba una parte. Había algo más en mi historia, ¿estaba hecha de odios y de miedos?
Mi cuerpo se cimbraba, el suelo cimbraba, mi alma no encontraba un momento de reposo. Sabía que mi madre–tía estaba sufriendo, pero me era imposible abrazarla. Sabía que mi padre estaba angustiado; no pude ni mirarlo. Callaron, y ese silencio nos golpeó, se abatió sobre nosotros, nos cubrió. Tía Lía había llegado hasta ahí, hasta la entrega del libro, hasta el cementerio. Creo que esperaba que mis padres se atrevieran a hablarme; sabía que solo ellos podían revelarme toda la verdad.
Tuve un recuerdo, el relato de mi madre–tía sobre el pueblito de su infancia, sobre los campos de cultivo y un río donde iban a pescar. Un lugar al que nunca fuimos porque, según ella, no le quedaban parientes qué visitar. Allí, en los recovecos de la memoria, una broma sobre el nombre del pueblo que hizo el padre de mi padre me llevó a recordarlo. «Del cuadril, jugo de cuadril, Hugo del Carril», ese era el nombre: Del Carril.
Contra todo argumento viajaría hasta allí; necesitaba completar mi historia. Un silencio sepulcral encendió los temores de mis padres (eso tienen los silencios: nos hablan desde las miradas). Sabía que allí encontraría las respuestas. Aunque me planté con firmeza, mi envalentonamiento era aparente. Me sentí funambulista transitando una delgada cuerda sobre el vacío, pero ya estaba en el medio: retroceder me llevaría al territorio de mis angustias, permanecer me sostendría sobre una cuerda floja. Debía avanzar o caería al vacío.
LAS ARENAS DEL TIEMPO
Otros deseaban la mayoría de edad para manejar un automóvil; en mi caso, sería el pasaporte a mi pasado. Por fin podría viajar sola hasta aquel pueblito. Mi decisión estaba tomada, marcharía hacia mi verdad.
Temía que mi historia pudiese no completarse y presentía que mis padres adoptantes anhelaban que no supiera toda la verdad, pero ese temor era el que me impulsaba. Era más terrible no saber, por más espantoso que fuese aquello con lo que me encontraría. Temía no descubrir nada nuevo y que esa realidad me desbaratara como a un castillo de arena alcanzado por la marea. Si todo se borraba, ¿podría ser una persona completa? No quería ser de arena, ni que mis huellas se desdibujaran al capricho de las aguas. Necesitaba la solidez de la piedra, roca sobre roca para erigirme íntegra y completa.
Llegué una mañana fría, el pueblo todavía no despertaba. Le pregunté a un hombre que sacaba su auto del garaje por un lugar para desayunar. Sin mirarme, me indicó: «dos cuadras a la izquierda y luego una a la derecha». Me desorienté. A la derecha me encontré con una plaza circular. La recorrí sin encontrar un cartel que me indicara que había algún local. Pensé que, tal vez fuese uno pequeño que funcionaba en una casa y por lo temprano todavía no abrían. Una señora que paseaba a su perro me dijo que allí hubo un bar, pero que había cerrado, y me guio a otro local.
—¿Qué te trae al pueblo?
No sé si fue la amabilidad de la señora, o mi ansiedad, pero le conté. Cuando mencioné los apellidos González Zaldívar, su rostro pasó de un gesto amable a uno sombrío; otra vez una mirada me estaba contando algo desde el silencio. Respondió que no conocía a nadie con esos apellidos, señaló el negocio y se alejó con prisa.
Pedí un desayuno en el bar y seguí preguntando. El dependiente no conocía a la familia González Zaldívar, así que le preguntó al patrón que estaba tras del mostrador. El hombre dejó el diario y me miró. Su cara de espanto decía que me había reconocido, como si hubiera visto un fantasma. Yo llevaba el mismo corte de cabello que mi madre biológica en aquella fotografía (después de tantos años de silencio, aprendí que la sorpresa hace hablar a las miradas).
—¿Sabe dónde puedo encontrarlos?
Tartamudeando. Me indicó cómo llegar hasta la casa de la familia. Luego llamó por teléfono en cuanto puse los pies fuera del local. Desde una arista me detuve a observarlo; por la ventana abierta puede escuchar lo que decía. «Tu hija va para allá…»
Un anhelo irrefrenable me llevó a correr las cinco cuadras que me separaban de la verdad.
La casa de tejas coloniales se erguía imponente. Busqué un timbre; no lo había. Antes de palmear noté que alguien me observaba detrás de una ventana. Un gato somnoliento me maulló buscando mimos; estaba demasiado nerviosa para detenerme a acariciarlo. Golpeé la puerta. Una voz masculina me pidió que esperara un momento. No sé si lo fue, pero sentí que pasó una eternidad hasta que abrió.
¡Qué parecido conmigo el rostro de aquel hombre, qué familiar me resultó! El más grande de los silencios se estableció abriendo una grieta. No pude ni presentarme, aunque él ya sabía perfectamente a qué iba. Habló pausadamente respondiendo a las preguntas que le hacía con la mirada. Trató de abrazarme; lo esquivé airosa. Llegué entera por las respuestas, y me fui desarmada con la verdad.
RECONSTRUCCIÓN
Nadie me gana a armar el cubo Rubik, siempre lo hago primero; todo el orden está en mi cabeza, y unir los colores me resulta fácil. Como mi historia, que estaba ya en mi mente. De alguna manera sabía que mi padre era mi abuelo, que mi madre no pudo ni mirarme cuando nací, y que se suicidó presa de la angustia. La lectura de aquel libro me abrió el camino a confirmar la verdad. Si no lo hubiese leído tal vez tendría algún resquemor con mi madre biológica, pero el sufrimiento que allí se contaba era el mismo que padeció Mariana, de la que hoy, después de tanto tiempo, puedo decir que es mi madre.
A mi mamá-tía la he podido volver a abrazar. El dolor también es de ella. Con el tiempo pudimos hablar de su historia, que tiene baches, nebulosas y silencios que no puede nombrar de todo lo que sufrió en carne propia.
Volveré al cementerio a visitar la tumba de mi mamá Mariana una y otra vez para llevarle flores, y a decirle que la entiendo, que la quiero y que no tengo nada que perdonarle.