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RICARDO CUAN BOONE
I
El cuerpo del Dorado estaba tendido en el cuadrilátero de la Arena México vestido con su típico atuendo: mallas color ocre, botas blancas, capa con lentejuelas y la máscara más famosa del país. Lo atípico eran los cuatro orificios en el cuello por los que no chorreaba sangre, lo que me hizo imaginar que la mordida le pertenecía a uno de los hombres serpiente de El Dorado vs. El Rey Lagarto.
Su torso arrugado y flácido ya no era el de mis recuerdos, cuando era niño y veía sus viejas películas a blanco y negro en la televisión los domingos por las mañanas. Si ese hombre era el verdadero Dorado, ni yo ni los policías que me acompañaban podíamos asegurarlo. Aunque le quitáramos la máscara —cosa que nadie se atrevió a hacer—, no conocíamos su identidad.
Pensaba en lo morboso que resulta ver a un héroe derrotado cuando el destello de un flash me hizo voltear hacia la hilera más alta de la arena, al tiempo que alcancé a ver una silueta que corrió por el túnel de salida.
II
Al día siguiente, el inspector Quintana me llamó a su oficina y tiró el periódico ¡Alerta! en el escritorio. En primera plana estaba la fotografía del cadáver con un encabezado sensacionalista:
¡LA ÚLTIMA CAÍDA DE EL DORADO!
¿Quién mató al gran héroe de México?
El jefe me reprendió por no haber resguardado la escena del crimen. Me dijo que quería aprehendido al culpable en una semana o que me olvidara de mi trabajo. Y antes de despacharme, me pidió mi cuota del día anterior. Para servir y proteger; pensé recordando el ideal que me motivó de joven para unirme a la policía y lo lejos que estaba ahora de él.
III
—¿Sabes qué pudo hacerle esos agujeros? —le pregunté a Cándido, el médico forense que cerró el cajón para guardar el cadáver en la morgue.
—Parecen los colmillos de un animal.
—¿Uno que logró salir de la arena sin llamar la atención? Además, ¿por qué no están manchadas de sangre la máscara ni la capa?
Cándido se encogió de hombros.
Examiné el atuendo que le habían removido; no encontré nada. Tomé la máscara y le metí la mano para extenderla. Era hermosa: la pedrería dorada brillaba reflejando la luz, lo que le daba un aura celestial. Me sentí como un niño y me dieron ganas de ponérmela, pero noté que Cándido me observaba.
—¿Nunca te has preguntado quién les pone la máscara a los héroes?
IV
El video de seguridad del exterior de la arena grabó a un hombre llegando a pie, sin máscara y vestido con un pantalón de mezclilla y camiseta negra. Abrió la puerta, a pesar de que debía estar cerrada con llave, y miró a su alrededor antes de entrar. El video del interior fue borrado hasta el momento en que los patrulleros y yo llegamos a la escena del crimen.
Interrogué a don Salvador, dueño de la empresa de la lucha libre, y confirmó que el hombre del video era el Dorado. Conocía su identidad porque su padre fue el que fundó la promotora e impulsó la carrera del luchador desde sus inicios. Fue la única información de utilidad que pudo darme, pues la relación de su familia con el Dorado terminó cuando se volvió demasiado famoso y prefirió independizarse.
—Mi padre decía que los héroes siempre olvidan a quienes los ayudan en su gesta.
V
Me presenté en las oficinas del periódico para interrogar a Eduardo Piña, el reportero que tomó la fotografía. Lalín Pillín, como muchos lo conocen desde niño, nunca estudió para periodista. A temprana edad entendió que, por ser negro y pobre, mucha gente prefería desviar la mirada, y aprovechó eso para hacer sus travesuras, y más tarde, para sacar ventaja de las conversaciones que escuchaba. Fueron esas habilidades lo que lo convirtieron en reportero y en ocasional informante de la policía.
—Anoche estaba cenándome unos tacos en lo de doña Sara cuando lo vi pasar. Le hice una seña para invitarlo, pero no me vio. Cuando me asomé, lo vi entrando a la arena.
—A ver, espérate —alcé la mano—. ¿Tú conocías la identidad del Dorado?
—Lo conocí cuando era niño. Él me dejaba entrar a las funciones y me ayudaba con algo de dinero para llevar a mi casa. Un día lo sorprendí en el vestidor sin su máscara; solo me pidió que le guardara el secreto.
»Cuando acabé de cenar ya estaban las patrullas afuera de la arena y decidí entrar a ver qué había pasado.
—¿Sabes a qué fue a la arena? Anoche no había función ni gente en las oficinas.
—No. La última vez que nos vimos, hace más o menos un mes, lo noté nervioso. No me quiso decir por qué, pero dijo que el pasado los perseguía a él y a sus amigos.
—¿Cuáles amigos?
VI
Eduardo me llevó a la casa de Zulikán y Solís. La pared de la sala estaba tapizada de ilustraciones de la famosa historieta y carteles de las películas del héroe de turbante persa y traje blanco que en nada se parecía al viejo canoso y vestido de hippie que estaba sentado frente a mí. Se hizo famoso en su juventud como una suerte de escapista, chamán e investigador paranormal. Solís, su esposo, creó la historieta con las aventuras «basadas en hechos reales» y se incluyó a sí mismo como el joven ayudante del héroe. A la larga, los ingresos por las historietas y sus adaptaciones les redituaron más que la charlatanería.
—El Dorado estuvo aquí hace un mes —comenzó Zulikán—. Vino a darme la noticia de la muerte de Cheno.
—¿Cheno, el explorador? —pregunté ya resignado a que todo en esta investigación pareciera una película mexicana de aventuras.
—Sí. Dijeron que se accidentó en su barco y murió ahogado; desde niño fue pescador, y el más intrépido aventurero. El Dorado no se creyó esa versión. Sospechaba, más bien, que tenía que ver con lo ocurrido hace cuarenta años.
»En el auge de nuestra fama, un estudio cinematográfico nos buscó a los tres para filmar una película juntos. Las grabaciones serían en la isla Rarataga, en el Atlántico. La noche antes de zarpar de Puerto Progreso, los lugareños nos advirtieron sobre una mujer que llegaba de esa isla cada cambio de luna para seducir hombres y llevárselos como esclavos.
»Partimos al amanecer y aprovechamos para grabar algunas escenas en el barco y la playa. Para nuestra sorpresa, la isla estaba habitada por pobladores que parecían guerreros prehispánicos. Amenazados con lanzas y machetes, nos condujeron a través de la selva hasta su aldea, donde nos recibió una hermosa mulata que hablaba español. Se llamaba Saga, y les ordenó a los guerreros que al resto los encerraran en una choza, y que al Dorado y a mí nos llevaran a un templo. Ahí nos esperaba su padre, el sumo sacerdote. Nos dijeron que sacrificarían a Cheno y a la tripulación en honor de una deidad llamada Ma’as Chak. El traje del Dorado y el mío les hizo creer que éramos seres mágicos, por lo que seríamos sus invitados hasta que llegara la luna llena, la noche del sacrificio. Fue tiempo suficiente para que Saga se enamorara del Dorado, que aprovechó para convencerla de que nos ayudara a escapar, y le prometió que la llevaría con nosotros.
»Saga elaboró el plan: antes del sacrificio se le ofrecía una cena a todos en el pueblo; ella se encargaría de agregar unas hierbas a los alimentos para aletargarlos. Me entregó un cuchillo con el que debía cortar las ataduras de los prisioneros en cuanto las hierbas hicieran su efecto. Dijo que tendríamos poco tiempo para escapar, por lo que el Dorado debía protegerme de los pobladores que no se hubieran adormilado e intentaran interponerse, para después huir hasta el barco.
»La noche del rito Saga y su padre subieron al altar, él con una túnica blanca y ella con un vestido corto. Tenía la cabeza cubierta por un velo dorado y cargaba una cajita de madera que colocó en un pedestal. En cuanto terminó sus cánticos y abrió la caja, ejecutamos el plan. Corrimos hacia la salida del templo. Cuando volví la mirada, ella estaba en el piso suplicando ayuda; su padre, que había descubierto la traición, estaba encima, golpeándola. El Dorado no intentó salvarla y corrió con nosotros hacia la selva. Desde ahí vimos cómo el templo se sacudió violentamente. Luego escuchamos el grito de Saga. Uno de los pobladores logró salir por la puerta pero algo lo jaló otra vez para dentro. Nos quedamos aterrados hasta que el Dorado nos apuró para llegar a la playa».
VI
Zulikán regresó de su recámara con una máscara y me mostró su interior. Tenía una tela dorada cosida con símbolos casi invisibles.
—La trajo cuando estuvo aquí. Me contó que pasó la última noche con Saga en su cabaña y ella le confió que para el ritual debía usar un velo mágico que la protegía de Ma’as Chak. Le cosió el velo en el interior de la máscara y a cambio le pidió un trozo de su capa para usarlo en la ceremonia. Sin el velo, nada evitó que Ma’as Chak atacara a los aldeanos, lo que nos permitió escapar. Y ella habría estado protegida si se hubiera quedado junto al Dorado. Pero él pensó que eran puras patrañas de su religión, y no le dio importancia…, hasta ahora, que sospechó que alguien que buscaba el velo mató a Cheno para llegar a él. Regresó a su casa después de una firma de autógrafos y encontró la puerta abierta. Se metieron a robar, aunque lo único que se llevaron fue uno de sus atuendos. Él creía que buscaban la máscara con el velo, pero es la que él se había llevado a su presentación. Vino aquí, me la dejó y me pidió que averiguara lo que pudiera al respecto.
—Y con eso te condenó.
Miramos hacia la puerta de donde provino la voz. Una hermosa mulata de cabello rizado, con una cajita de madera en la mano, caminó hacia nosotros.
—¿Saga? ¡No, no es posible! Estás igual que hace cuarenta años.
—Chak sacia su sed cada luna llena, pero ya no con la sangre de la virgen que lo invoca; a ella la posee después de alimentarse. El velo era mi única protección, y ese infeliz se lo llevó y me dejó atrás. Después de aniquilar a mi pueblo, el demonio me poseyó. Mi cuerpo es un cascarón, y mi mente quedó atrapada en una selva cósmica infinita habitada por seres tan antiguos como el mismo universo. Desde entonces Chak mantiene vivo este cuerpo y solamente le devuelve mi conciencia en las noches de luna llena para que lo invoque, lo alimente, y después pueda poseerme de nuevo. Pero hoy por fin descansaré.
La mujer se contorsionó recitando unas palabras extrañas. Abrió la caja y un chapulín pequeñito brincó al piso. Con cada salto que daba crecía, hasta que se sostuvo solo con sus dos patas traseras. Se alargaba mientras más se retorcía, estirando cada vez más su coraza parda, que se tiñó de rojo, hasta que nos sobrepasó de altura. Las patas que lo sostenían se ensancharon. Las extremidades bajas de su torso se transformaron en tenazas, y las superiores se alargaron como brazos puntiagudos. Extendió las alas y las agitó zumbando en el aire. Fijó sus ojos prismáticos en nosotros y abrió las mandíbulas con sus cuatro colmillos.
Eduardo se ocultó de un brinco detrás del sofá. El monstruo extendió el brazo y con un movimiento empaló a Solís contra la pared. Zulikán corrió para ayudar a su esposo; soltó la máscara, que cayó a mi lado. Con otro movimiento, el insectoide lo interceptó y le clavó los colmillos en el cuello.
El legado del Dorado estaba ahí, a mis pies: el rostro de un héroe para muchos, que como a mí me enseñó que la justicia se defiende día a día, y el de un villano para otros, víctimas del egoísmo que enterró una desgracia en el olvido. Un legado por el que valía la pena luchar.
Con el corazón agitado y la sonrisa de un niño, me puse la máscara.