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RUBÉN CORDÓN
El sol se asoma tras las montañas y el ciclo comienza de nuevo. La mujer tiene por delante el mismo día que ha dejado atrás: alimentarse, recolectar y prepararse para la siguiente jornada. Cree que el mundo se ha detenido, pero este continúa girando como lleva haciendo desde hace millones de años. Es ella la que se ha estancado en él.
Al principio, cuando aún vivía en la ciudad y albergaba esperanzas, dedicaba parte de su tiempo a buscar otros supervivientes. Sin embargo, después de diez años, ha asumido que no queda nadie más. Cuando se agotaron los víveres de los establecimientos —o, más bien, cuando dejaron de servir—, supo que si quería sobrevivir tendría que trasladarse a donde casi no quedaran vestigios de la humanidad. Así que se instaló en una cabaña que encontró a media montaña. Y en esta última parada descubrió que su brújula se había roto, que ya no tenía un norte que la guiase, que seguía viviendo solo por inercia.
Cada noche se le pasa por la cabeza abandonarse a su suerte y olvidarse de todo. Allí no queda nada, al menos nada para ella. ¿Qué sentido tiene? Sin embargo, el instinto de conservación es más fuerte que su valor, así que sucumbe a la resignación al mismo tiempo que al sueño.
La mujer regresa a la cabaña después de su periplo rutinario con la noche pisándole los talones. Hoy tocaba madera, de la que se desembaraza en cuanto tiene oportunidad. Con suerte, y con algo de inteligencia, no tendrá que buscar más hasta pasada una semana. Prende entonces la hojarasca de la chimenea y, en cuestión de minutos, el refugio se pinta de color naranja y sus mejillas de rojo. La mujer se pierde en sus pensamientos mientras escucha el crepitar de las llamas. Pero de repente algo le hace dar un respingo.
Parece el timbre de un teléfono, uno de esos antiguos, aunque no está segura porque desde hace tanto que no escucha uno. El sonido procede de la planta de arriba, de eso sí tiene la certeza, aunque no tenga sentido. No en el mundo que le queda. Lo primero de lo que desconfía es de su cordura, y no puede perder eso también, de ninguna manera. Así que va hacia la escalera con una determinación que se desvanece en cuanto pisa el primer peldaño.
Oye la madera crujir cuando el timbre no suena, aunque este se oiga cada vez más fuerte conforme se acerca. La humedad y el frío se le pegan a la punta de la nariz, a la yema de los dedos, a la planta de los pies. El efecto de la chimenea no llega hasta ahí. Ahora los dientes le castañetean.
Ya arriba, sigue el rastro de la llamada hasta que la encuentra. «¿De dónde ha salido este teléfono?», piensa cuando lo tiene frente a sí. Se trata de un viejo aparato de pared, de los que ella solo recuerda haber visto en alguna película de hace más de una década. Medita un momento y reconoce que hace mucho que no está en esa habitación y que, quizá, lo haya visto alguna vez, pero lo olvidó. O eso se dice a sí misma.
Antaño, la llamada habría terminado mucho antes, pero el teléfono sigue sonando sin interrupción. Perpleja, pone la mano titubeante en el auricular. Inspira profundamente, suelta una bocanada cuyo vapor queda suspendido en el aire por un momento, y descuelga. Escucha una respiración con una cadencia distinta a la suya, aunque de igual intensidad. Ni ella ni quienquiera que esté del otro lado articulan palabra. Entonces cuelga el auricular de un golpe y desciende los escalones a toda prisa, como si pretendiera escapar de una pesadilla.
El calor la envuelve de nuevo, su corazón deja de aporrearle en las costillas y su cabeza se mofa de ella. La mujer sabe que no queda nadie en la Tierra, así que debió de habérselo imaginado. Tarde o temprano tenía que pasar. La soledad carcome hasta la mente más fuerte. Si algo bueno se puede sacar de aquello es que, por primera vez en mucho tiempo, ha dejado de pensar en la intrascendencia de su vida.
Tendré que ser menos sutil si quiero que reaccione, si quiero atraerla. Aunque tampoco puedo intervenir demasiado, solo un poco. A mí también me están vigilando, y existen reglas. No conozco su nombre; el de ninguno, en realidad. Me siento como ellos cuando observan un hormiguero, aunque dudo que alguna vez se hayan preguntado si las hormigas se distinguen entre sí de alguna manera. Cuestión de sensibilidad, supongo.
Han pasado varios días y la mujer no ha dejado de pensar en lo sucedido. No logra olvidarlo, muy a su pesar. Ahora forma parte de su día a día, la acompaña en cada tarea que realiza. Y cuando está en la cabaña, desea y teme al mismo tiempo que en cualquier momento vuelva a sonar el teléfono. Cree que, si pudiera volver atrás, reaccionaría de otra forma, que su mutismo se debió a lo inesperado e insólito del acontecimiento. Pero el tamborileo en su pecho cada vez que pasa cerca de la habitación me indica lo contrario. Ella misma lo sabe, aunque se niega a admitirlo.
Esa no era mi intención original, no era esa la respuesta que esperaba de ella, pero al menos ha servido de algo. He plantado una semilla, solo me queda regarla.
Esta tarde la mujer está recogiendo las bellotas del suelo y las que están a punto de caer de algunas ramas. A pocos kilómetros de distancia de la cabaña hay lo que antes se conocía como una dehesa. En la enorme explanada aún quedan muchas encinas. Durante los meses de invierno, la mujer pasa largas jornadas aprovechándose de lo que le provee la madre naturaleza. En alguna ocasión también cazó conejos utilizando unas trampas que ella misma había fabricado, pero eso fue antes, cuando aún creía que merecían la pena los pequeños placeres. Ahora no le compensa el tiempo que necesita para capturar a un conejo ante lo que le aporta. Si tuviera la despensa llena, quizá volvería a considerar despilfarrarlo. Además, el sabor de la carne fue lo que menos le costó olvidar, algo que nunca echó de menos. Hay otras cosas que ha perdido y que aún perduran en su memoria, que de vez en cuando acuden para sacudirle la nostalgia de un mundo que ya no existe.
La mujer suele apurar las horas de luz. Es un largo camino el que tiene que recorrer hasta la cabaña, así que siempre va preparada para regresar de noche. Con el sol poniéndose, aún tiene la intención de recoger las bellotas de un árbol más, el que está en la linde del lugar. Mientras lo hace, mira de reojo al bosque que se extiende más allá, ese que nunca se ha atrevido a cruzar, el que lo bordea todo hasta donde le alcanza la vista como si estuviese cercando la parcela de tierra que le corresponde, como si la naturaleza se estuviera asegurando de no volver a caer en los errores del pasado. Escucha el despertar de los animales en su interior. Primero los que parecen inofensivos, los búhos y los roedores, y luego las bestias, que con seguridad permanecen agazapadas ahí dentro. Ese es uno de los motivos por el que jamás lo ha cruzado, ni siquiera de día.
Siendo así, lo tengo fácil. Y de un plumazo la espesura enmudece como si alguien hubiera desaparecido a todos los animales.
De súbito, la mujer palidece. El nudo en el estómago la estruja, le cuesta respirar, no tanto por el hecho en sí, sino por el momento. Es como si alguien escuchara sus pensamientos. «¿Qué significa esto? ¿Me están pidiendo que entre?», es lo primero que piensa. Y no ha errado en su suposición. Solo falta que lo haga.
Tiene los músculos de las piernas rígidos, y al mismo tiempo le tiemblan, una combinación que la mantiene clavada al suelo. Sin embargo, esta vez su mente está más preparada que su cuerpo, así que la expectativa vence al pavor y se interna en la negrura.
La densidad del follaje la obliga a encender la antorcha a pesar de que arriba aún queda algo de claridad. Sin embargo, resulta ridícula la poca utilidad del fuego. Las sombras devoran la luz hasta desdibujar la silueta del leño que sujeta con la mano. Con la otra, aprieta el saco de bellotas que va arrastrando. Su ruido la enloquece, porque es lo único que se oye. Se carga la bolsa a la espalda y deja que sean el chisporroteo de las llamas y los chasquidos de las ramas al romperse bajo sus pies los únicos que la atormenten. Comienza a mascullar sus pensamientos para no sentirse sola, para imaginarse acompañada.
La mujer deambula sin rumbo aunque lleva haciéndolo así casi diez años. Allí no hay senderos; ni siquiera hay espacio suficiente entre tantos árboles pegados unos a otros. Eso no parece desalentarla, pues está convencida de que sigue un camino. Y podría decirse que tiene razón. Se detiene ante un árbol de tronco tan grueso que le llevaría un buen rato rodearlo. Observa su majestuosidad, los detalles que se dibujan en la corteza que se enrosca en torno a su médula, la vida entre sus grietas. Mira hacia arriba, pero no alcanza a distinguir la copa. Aprovecha para descansar y se sienta apoyada en esa criatura centenaria. La mujer se ha acostumbrado tanto al silencio que ahora se siente segura, abrazada por el bosque. No habrá otro momento mejor.
—Ve a la ciudad —digo.
La mujer da un respingo y se aleja. La voz áspera le parece ubicua, incluso como si viniera del interior de su cabeza. Sin embargo, mira de nuevo al árbol porque algo le dice que ha sido este el que le ha hablado.
—Tienes que ir a la ciudad —repito—. Al que fue tu hogar.
De pronto, el bosque restalla como si todos los animales hubiesen estado conteniendo la respiración y ya no aguantaran más. El estruendo se le clava en los oídos; la mujer aprieta los párpados. No lo soporta y echa a correr dejando atrás el trabajo de todo el día. Le da igual, no va a cargar con nada que pueda frenar su huida. Tiene que escapar de allí cuanto antes. Solo se queda con la antorcha como faro y quizá, aunque ruega para sus adentros que no, como arma. Siente que la muerte la acecha, la persigue, le recorta distancias. Los animales parecen enfurecidos, y aunque ella misma se sorprende de sus pensamientos, se repite que no quiere morir.
Ya no me quedan fuerzas. Creí que podría aguantar un poco más; no recordaba que entrar en simbiosis con un ser de la naturaleza costara tanto. Hacía mucho tiempo que no me materializaba, pero las circunstancias lo requerían. Controlar a los animales ha sido mucho más sencillo, pues al fin y al cabo no he sido ellos; solo les he privado de uno de sus sentidos. El nivel de consciencia de estos seres está por debajo del umbral, así que está permitido, no como con los humanos. En su caso, puedo ver a través de ellos, escuchar sus pensamientos, percibir sus emociones, escarbar en su memoria, pero no debo gobernarlos nunca, por diminuto e imperceptible que parezca el gesto. Ojalá me dejaran: todo sería mucho más sencillo, pero esa regla es inquebrantable, la más importante de todas. Es lo que llaman libre albedrío.
Pasaron un par de semanas hasta que la mujer digirió todo lo que le había sucedido. Si el universo le estaba mandando señales, quién era ella para ignorarlas. Así que, después de equiparse para pasar varias semanas fuera, puso rumbo a su antiguo hogar. El trayecto fue largo, pues se había alejado bastante de la urbe, pero al fin vuelve a pisar las calles que casi se habían borrado de su memoria.
La ciudad se ha rasgado desde la última vez. El asfalto que queda ha sucumbido ante el avance del manto verde; se ha quebrado ante el surgimiento de nueva vida a través de sus grietas. Las enredaderas trepan por las paredes de los edificios y las ardillas corretean sin advertir la presencia de una extraña. Una oleada de admiración y vergüenza recorre su cuerpo al reparar en que, mientras ellos la habitaban, la naturaleza se mantenía a raya, y transgredió los límites solo hasta que desaparecieron. Al contrario de lo que ellos han hecho siempre.
Continúa recorriendo ese cementerio de acero y hormigón, que está siendo devorado por el tiempo, hasta que llega a su casa. Todavía la llama así a pesar de la década que los separa. Los cristales de las ventanas están rotos, y sus trozos se entremezclan con los insectos y las hierbas que ahora la habitan. Entra y corrobora que ya no le pertenece, que es una invitada y que debe comportarse como tal. Esquiva todo cuanto va encontrando para conservar el ecosistema mientras inspecciona cada habitación. No hay nada extraño en el lugar. O, más bien, todo ha cambiado desde la última vez. Sale al exterior con una punzada de decepción que le atraviesa el pecho. «¿Qué esperaba encontrar?», se pregunta, pero desconoce la respuesta. Emprendió un largo viaje, así que aún no se va a rendir, aunque la ilusión se comienza a desvanecer.
El cielo gris se está tornando negro, así que debe buscar un refugio para guarecerse. Allí los tiene de sobra. Sigue calle abajo observando las casas a ambos lados de la acera en busca de la mejor opción. Entre tanto, advierte que la mayoría de ventanas también están rotas, y se lo achaca a los monos. Ha visto alguno esconderse al verla. Entonces oye un timbre a lo lejos. Suena igual que aquella vez en su cabaña, y una alerta se activa en su cabeza. Y cuando se da cuenta, su marcha ya se ha convertido en una carrera.
Llega a la fuente del ruido, un bar cuyo toldo está agujereado y desteñido, pero en el que aún se distingue el nombre. En cuanto cruza el umbral, la llamada cesa. La oscuridad ya ha cubierto hasta el último rincón, así que enciende su antorcha y examina el local. Al igual que antes, el caos reina en el lugar. Encuentra el teléfono detrás de la barra. En esta ocasión no es de pared, sino de mesa, con el teclado a un lado y una pantallita al otro. La mujer está a punto de descolgarlo y yo casi entro en crisis, pero se detiene a tiempo. Ha visto algo: lo que yo quería que viese.
La pátina de polvo que lo cubre todo tiene impresa la silueta de unos dedos en el auricular. Está perfilada con nitidez. Y la mujer de pronto lo conecta todo.
Lo he conseguido, puedo verlo. La oscuridad de su mente se ha esfumado; la luz ha vuelto. Su mundo interior gira nuevamente después de tanto tiempo. De repente siente que le falta tiempo para vivir la vida. Montones de ideas, de decisiones, se agolpan en su cabeza, y hasta la abruman. Aunque también, y sobre todo, la empujan a seguir. O lo acabarán haciendo. La mujer tiene mucho que reflexionar, que organizar y preparar. Después de todo, ha pasado más de un mes desde que sus caminos por poco se cruzan, pero al final lo lograrán. Al fin y al cabo, casi todos funcionan igual. Necesitan algo por lo que luchar, un horizonte que perseguir, un norte al que apunte su brújula. Y eso es lo que le he dado, como en todas las demás ocasiones de la historia en las que hemos tenido que salvar a la humanidad de sí misma.