Apoya a Cuentística
DANIELA LOMARTTI
En una civilización aparentemente perfecta, formada por humanos que han sido optimizados genéticamente para lograr una simbiosis total con la naturaleza, la armonía del mundo se rompe cuando una amenaza implacable se presenta: se trata de entidades metálicas que buscan arrasar con ese equilibrio. Me refiero a la película de animación Gandahar, los años luz (Gandahar, les années lumièr). Hace poco vi la versión remasterizada de este clásico de René Laloux, originalmente estrenada en 1988 y que está disponible en YouTube, que a su vez adapta la novela Gandhar contra los hombres máquina, de Jean-Pierre Andrevon. René Laloux es conocido por obras como Los amos del tiempo, otra película maravillosa, pero me parece que en México y en Latinoamérica, su obra fílmica más conocida es El planeta salvaje (La planète sauvage, 1973). Se trata de una fábula cósmica donde la otredad revela la violencia silenciosa de lo que llamamos civilización. En su universo de escalas invertidas, la conciencia se vuelve un espejo incómodo: lo humano aparece como una criatura en tránsito entre la dominación y el asombro. La película deja en el espectador la interrogante de que tal vez la verdadera evolución no sea conquistar mundos; quizá consiste en aprender a habitar la diferencia sin destruirla.
Considero que en sus películas, el director francés, a través de su inconfundible estilo, abre grietas por donde se asoman nuevas posibilidades. En este punto, la ciencia ficción que proyecta Laloux es un aporte valioso ante lo que expresó el escritor J. G. Ballard —idea basada en la vieja tensión entre ficción y realidad—, a saber: habitamos un mundo gobernado por ficciones de diversa naturaleza, ahora el reto del escritor es inventar la realidad. Precisamente por ello, pienso que Laloux amplía nuestra percepción de lo real al mostrar que otras formas de coexistir en el mundo son posibles, que criaturas con un bello color azul que poseen un pensamiento claro y distinto, cómo diría Descartes, encontraron la manera de vivir en medio de un cosmos desafiante.
Así, la película narra la historia de Gandahar: una ciudad utópica habitada por seres que tienen una capacidad extraordinaria para comprender el tiempo no lineal. Más adelante, intentaré profundizar en cómo el tiempo encarna una clave ontológica del «pensamiento gandahariano», y quizá pueda responder a la pregunta: ¿qué ocurre cuando la inteligencia y la materia se pliegan sobre sí mismas? Además, la belleza en Gandahar nunca es estática: vibra y se expone al riesgo.
Los personajes presentan una estética insólita que fortalece la atmósfera singular del filme. En el caso de los hombres de metal, ellos son concebidos desde una lógica ajena a lo humano: criaturas endurecidas por la ambición de la tecnología futura sostenida en la noción de derribar la figura del individuo —defendida por la filosofía occidental— en nombre de la unidad colectiva. A mi juicio, estos personajes del universo construido por Laloux representan las reminiscencias del fascismo del siglo XX en Europa. La película sugiere así que la historia no desaparece: se transforma, se reconfigura y encarna nuevas formas. Y que la tecnología, cuando se separa de la vida y de la memoria, puede convertirse en el vehículo de antiguos horrores. Todo esto transcurre como si el tiempo mismo hubiera capturado las almas de quienes sufrieron los estragos del régimen totalitario y las condenara a habitar dentro de cuerpos hechos de metal para adorar a Metamorph o Metamorfo. En Gandahar, el pasado no desaparece, el futuro no es promesa sino una inminencia, y el presente es una vibración en la que todo acontece a la vez. Syl aparece, en un primer momento, como el héroe que salvará al mundo de la destrucción. Sin embargo, él no logra vencer a Metamorfo solo. Los habitantes de Gandhar, expulsados por la supuesta falta de armonía de sus cuerpos, acuden en su ayuda. Ellos le enseñaron cómo debía pensar el tiempo, y a comprender a su enemigo como un ser poderoso e inestable. Un ser que, a pesar de poseer una claridad intelectual, también tiene la semilla de su propia muerte: el irrefrenable deseo de dominar lo desconocido. Metamorfo fue destruido porque su inteligencia absoluta no supo reconciliarse con la fragilidad de lo viviente: conocerlo todo no es lo mismo que comprender la alteridad. Su final revela que una mente que no aprende a amar lo distinto termina por convertirse en su propia catástrofe. Sobre esto, Stanislaw Lem, el gran escritor polaco de ciencia ficción, nos advirtió a través de sus historias y ensayos que, aún en otros mundos, dominar es destruir.
Metamorfo domina a los hombres de metal y los conduce a promover la disolución de la subjetividad en una masa homogénea, sin rostro, sin memoria, ni deseo propio. Su proyecto no es la comunidad, es la uniformidad. La tensión entre lo orgánico y lo mecánico, entre la singularidad y la masa, son elementos esenciales que han estado presentes en la historia humana. Gandahar medita sobre el destino de lo humano. Nos pregunta, a partir de un susurro visual e inquietante, si el futuro será capaz de recordar la dignidad del individuo o si, por el contrario, sucumbirá a la tentación de fundir todas las conciencias en un solo cuerpo sin alma, brillante y silencioso como el metal. La obra desarrolla el conflicto entre el progreso técnico y la preservación del orden natural. Metamorfo encarna la irrupción de la tecnología en un entorno sustentado en la armonía con la naturaleza. Esta apuesta ecológica envuelve al filme de un aura visionaria.
Los cuerpos, los paisajes de Gandhar, así como las formas de vida, emergen de una imaginación que no reconoce la frontera entre lo natural y lo artificial. En cada trazo hay la intuición de que la evolución no solo es biológica o tecnológica, también es imaginativa: una metamorfosis constante de las formas de existencia. Una vez más, la estética de este mundo me recuerda a las especulaciones de Lem acerca de la tecnoevolución, término que he decidido emplear en la configuración de mis universos literarios, pues su fuerza creativa me resulta muy fértil.
Asimismo, Gandahar introduce el problema esencial del viaje temporal y las paradojas que conlleva. La ofensiva de las máquinas se origina en un porvenir donde el desarrollo tecnológico ha derivado en un círculo reiterado de sometimiento y devastación. El tiempo es un pilar porque en él se concentra la experiencia narrativa de Gandahar. Quiero decir que, en este mundo el pensamiento debe fundirse con la manera en cómo acontecen los hechos. Si bien el filme no exige una lectura racional inmediata, es un recordatorio de que la ciencia ficción, en su vertiente más alta, no se limita a imaginar futuros; antes bien, desestabiliza el presente y nos obliga a mirar nuestra propia realidad como si se tratara de un planeta extraño.
Al terminar, nos queda una sensación difícil de nombrar: semejante a cuando algo irrumpe en nuestra manera de percibir el tiempo y su efecto hubiera sido ligeramente desplazado hacia el espectro consciente que nos define. Quizá esta sea la mayor virtud de la película: no ofrece respuestas cerradas, más bien siembra en la conciencia del espectador una inquietud fértil, una pregunta que continúa expandiéndose después de que la pantalla se apaga: ¿qué sucede cuando el tiempo se vuelve un territorio habitable, un tejido en el que pasado y futuro se tocan?
Otros ensayos de Daniela Lomartti