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AYELEN ANDRADE
—¿Y por qué dejamos de hablarnos tú y yo hace tantos años, eh? —le pregunté conteniendo una risotada de esas que podría escandalizar a las personas de la sala de espera.
Pero no dejé que contestara. No era necesario. Ambos lo sabíamos.
—Ah, ya me acordé —dije, como si pudiera haberlo olvidado—. Porque llegó la chava aquella. ¿Y qué fue de ella? ¿Siguen juntos?
No respondió, y por un momento creí que no lo haría. Me dedicó una mirada de esas, como si no supiera interpretar lo que le decía.
—Hace años que nos separamos. No sé nada de ella.
—¿En serio? Pero si se veían tan… enamorados. Me acuerdo de que te la llevaste a conocer Cuernavaca al mes de estar con ella, y ella te llevó a Monterrey en las siguientes vacaciones. Estaban siempre juntos.
—La universidad terminó.
—Sí, muchas cosas terminan con la universidad.
O incluso antes, quise decirle, pero no me atreví.
—No supe que te mudarías —dijo de pronto, y la pregunta me tomó por sorpresa.
—Sí, bueno, para entonces ya no nos hablábamos mucho. El día de la mudanza pensaba regalarte algunas de mis cosas que no podía llevarme, pero ya no te vi.
Creí ver en sus ojos cafés que sabía que eso no fue lo que pasó, que recordaba el día de la mudanza tan bien como yo.
—Vi tu cuarto vacío hasta que llegaron otras personas a ocuparlo. Ya no estaban tus pósters de los Hombres G, pero aún estaba la mancha en la pared del día que te explotó la lata de la cocacola.
—Le dije a la casera que ya estaba ahí cuando llegué.
Ambos nos reímos. Era tan fácil reírnos juntos, y se sentía tan bien.
Ya pueden pasar al auditorio, ordenó una voz por el altoparlante tras el retraso de quince minutos que resultó ser de dos horas.
—¿Vienes con alguien? —preguntó él.
—No, ¿por qué?
—Siéntate conmigo.
Lo dudé. Algo me decía que mi encuentro con el pasado debía quedarse ahí, a donde pertenecía, y al mismo tiempo me recordaba que ya no éramos los jóvenes que se conocieron en la residencia estudiantil hacía años. Tampoco éramos los mismos que dejaron de hablarse sin una razón aparente, los que al coincidir en la cocina o en la entrada de la vieja casa desviaban la mirada. No, ya no éramos esos, ni éramos nada. Entonces, ¿qué peligro podía haber?
Las luces del auditorio estaban apagadas; tan solo una intermitente luz roja alumbraba el escenario mientras esperábamos. El murmullo de las conversaciones fue aumentando conforme la sala se llenaba.
—No fue por Romi —dijo de pronto.
—¿Qué?
—No dejamos de hablarnos porque llegara Romi.
—¿Ah, no?
—No. Fue desde antes. Meses antes.
—No lo recuerdo.
—¿Segura?
Entonces vi aquella tarde lluviosa en su mirada que lo callaba todo.
Llovía. Las calles estaban mojadas, y en los charcos se reflejaban las luces amarillas de las casas. Desde la ventana veía a los transeúntes pasar con sus impermeables transparentes o sus paraguas de colores. De vez en cuando pasaba alguien empapado solo con la capucha de la sudadera puesta. Así distinguíamos a los foráneos: eran los distraídos que no recordaban que, en esta ciudad, comprobar el pronóstico del clima es parte del kit de supervivencia. Y esa calle estaba repleta de foráneos que vivían en las residencias estudiantiles. Entonces la vi llegar.
Era mi chica. Bueno, en realidad no lo era, pero la llamaba así desde la primera vez que la vi salir del cuarto número tres para prepararse un sándwich en la cocina; me dijo su nombre después de que la ayudé a encender la hornilla de la estufa. Se puso tan nerviosa que le temblaban ligeramente las manos. Es que esa hornilla tenía truco, y yo se lo enseñé.
Ese día llegó empapada, con su acostumbrada sudadera negra de los Hombres G y sus típicos converse de tiro alto. Pero no llegó sola; la acompañaba un tipo al que nunca antes había visto pero que reconocí de inmediato. Era el tipo que se me adelantó. Si yo la hubiera conocido antes, estoy seguro de que él no hubiera tenido ninguna oportunidad con ella.
Cuando vi que se besaron tuve que recargarme un momento en el marco de la puerta. Sentí que, de lo contrario, mis piernas no me sostendrían para sonreír como si no los hubiera visto y retirarme a mi habitación. Desde ahí decidí ya no ser tan insistente con las invitaciones de salir al cine un día cualquiera, y de esperarla a diario después de la escuela para regresarnos juntos. Con el tiempo también dejé de ir a la cocina cada que la escuchaba en el comedor para coincidir con ella, y de tocar a su puerta para preguntarle cómo estuvo su día. La mayoría de las veces pasaba por su cuarto y escuchaba voces dentro. Mi puño se quedaba flotando en el aire, frente a su puerta, sabiendo que ya estaba acompañada. Incluso mi madre, que me preguntó por ella un par de veces, intuyó por qué ya no quería mencionarla más. Poco a poco me acostumbré a desviar la vista cada vez que nos encontrábamos, y a repetirme que no era mi chica, y que nunca lo sería.
Después de algunas ponencias tuvimos una pausa para comer. La cafetería era tan pequeña y bochornosa como la sala de espera. Y la comida, tan decepcionante como había esperado.
—Cuidado —le dije—. Eso tiene mayonesa.
—¡Te acordaste!
—Ya sabes que tengo buena memoria.
Y esta vez no pude estar más segura de que él también lo recordaba.
—Oye, ¿podemos hablar?
—Sí, dime.
—Mañana me voy de vacaciones y estoy vaciando mi alacena. Tengo un bote medio lleno de mayonesa. ¿Lo quieres?
—No me gusta la mayonesa.
—Ah, vale
Hice ademán de marcharme.
—¿Ya? ¿Eso es todo lo que querías decirme?
—Sí —contesté, y de pronto sentí un nudo en el estómago.
—Bueno, pues descansa —dijo dándose la vuelta.
—Gracias, tú también. Buenas noches.
Lo vi limpiar la mayonesa de la tapa de su hamburguesa mientras escuchaba la música de fondo, que era apenas audible por el ruido de la conversación general. Me bastaron un par de acordes para reconocer la canción que conocía muy bien.
—«Estoy llorando en mi habitación, todo se nubla a mi alrededor…» —murmuré.
—«Ella se fue con un niño pijo…» —continuó él de inmediato.
Y juraría que en ese momento los dos evocamos el mismo instante. Siempre supe que fue su sombra, después de todo, la que vi aquella madrugada por el umbral de la puerta.
Por aquellos tiempos ya no me importaba lo que hiciera o dejara de hacer, a quien besara o a quien amara. O eso me decía mientras besaba a Romi. Aún así, la noche que la escuché llorando en su habitación me persiguió por varios días. A la mañana siguiente que la vi tenía los ojos rojizos e hinchados, pero no le pregunté qué había pasado. Tenía a Romi, y lo demás no debía importarme. No debía importarme, y sin embargo, varias veces estuve a punto de tocar su puerta negra con el número tres.
—¿Y por qué cortaron? —me preguntó, y comprendí que siempre había querido saberlo.
Sé que había notado que solo unas semanas después de aquella tarde lluviosa rompí con mi novio de varios años. Pero para ese momento él ya estaba con Romi. Yo no quise decírselo, no era porque doliera, sino precisamente porque no. No quería que lo supiera: no quería que se enterara de que no me hacía reír tanto como él.
—¿Y Romi? ¿Por qué cortaste con ella? —dije para cambiar el tema.
—¿Por qué asumes que fui yo?
—Porque ella parecía estar más enamorada de ti que tú de ella.
—¿No te caía bien, verdad?
—Ni siquiera la conocía.
Y era cierto: no la conocía, pero cómo la odiaba. Sus pasos ruidosos por el pasillo, la forma en que azotaba la puerta de entrada, y sobre todo sus escandalosas carcajadas cuando estaban juntos.
Era imposible no ver que despreciaba a Romi. La conocía demasiado bien como para no darme cuenta. Sabía que la odiaba, y más cuando nos veía juntos. Y aunque intentó disimularlo, se enfadó como nunca el día que nos encontró abrazados en la cocina. Sé que la miraba de reojo para juzgar su nariz aguileña, y que concluía que Romi no era tan bonita como ella, algo con lo que yo estaba de acuerdo y siempre lo estaría.
Algo dentro de mí siempre se inclinaría hacia ella, la misma cosa que me hacía ayudarla a cargar su garrafón de agua hasta su cuarto, o a apagar la luz de la cocina que se filtraba a su habitación para que pudiera dormir tranquila; o cuando la encontraba luchando con el seguro de la puerta de entrada, o cargando cualquier cosa pesada. No podía evitarlo.
—Cortamos porque ella iba muy en serio.
—¿Y tú no?
—Sí, pero un día ya no. Además, siempre supe que no duraría mucho. No le gustaban los Hombres G; decía que estaban sobrevalorados.
Lo miré a los ojos. A pesar de todo, recuerdo que no podía evitar sonreír cuando lo oía cantar en su habitación, a dos puertas de la mía. Pero ya nada era igual, no desde aquella tarde lluviosa cuando decidió dejar de intentarlo, y yo permití que se rindiera.
Y sin embargo…
Al final de la conferencia, nos detuvimos en la puerta de salida para decirnos adiós esta vez.
—¿Por qué te fuiste sin despedirte?
No quise contestar.
—Sabes bien que ese día estaba ahí. Lo sé porque me viste abrir mi puerta antes de irte con esa caja a medio llenar —insistió.
—Porque estaba Romi.
—No fue por Romi; nunca fue por ella.
—¿Qué diferencia hubiera hecho?
Una mujer intentó salir de la sala y nos dijo que ahí solo estábamos estorbando. Luego pasó otra, y otra más. Y entre el río de gente que comenzó a salir, lo escuché gritar:
—Toda la diferencia.
Sus palabras quedaron flotando entre los extraños.
Y supe que tenía razón.