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PILO MONTERO
La historia comenzó una noche tranquila en mi casa, mientras releía la célebre entrevista que Mario Vargas Llosa le hizo a Jorge Luis Borges, en junio de 1981, en el pequeño departamento del escritor, en Buenos Aires. No imaginaba entonces que mi gata Akira sabía algo de esa conversación que ningún otro humano había llegado a comprender.
Siempre me han fascinado las entrevistas a los escritores. En ellas hay algo parecido a una revelación íntima: pequeñas ventanas abiertas hacia el misterio de la creación. En esos diálogos aparecen opiniones, recuerdos, intuiciones, y a veces —muy rara vez— también aparece algo más profundo, algo que parece rozar el territorio del destino.
Aquella noche, sin embargo, la lectura dejó de ser una simple lectura. Akira se subió a la mesa, no para dormir, como suelen hacer los gatos cuando los humanos leen, sino para observar el libro con una atención extraña. Durante un instante tuve la impresión —quizá absurda— de que reconoció el nombre de Borges, y de que incluso sus ojos amarillos seguían las líneas como si descifraran un manuscrito antiguo.
Cuando llegué al momento en que Vargas Llosa describe el departamento del escritor —modesto, lleno de libros, silencioso— Akira levantó la cabeza y emitió un ronroneo largo, profundo, casi meditativo.
No afirmo que los gatos hablen, pero en ese momento comprendí algo distinto: los gatos narran. Y Akira comenzó a hacerlo:
—La entrevista es correcta —parecía decir con su mirada tranquila—, pero no cuenta todo lo que ocurrió.
Entonces empezó a reconstruir la escena.
Según Akira, aquella tarde de invierno la neblina del Río de la Plata ascendía lentamente por las calles de Buenos Aires, como una página en blanco en la que el tiempo comenzó a escribir con tinta gris.
Vargas Llosa caminaba hacia el pequeño departamento de Borges llevando un regalo entre los brazos: un gato siamés. Su nombre era Cápac. Tenía los ojos de un azul profundo, como un cielo nocturno, y una expresión que, según Akira, solo poseen los gatos que saben más de lo que aparentan.
Cuando el visitante entró al departamento encontró a Borges sentado cerca de una mesa, inclinado ligeramente hacia adelante, como si escuchara al mundo. En la mesa dormía su gato blanco.
—Ese es Beppo —dijo Borges—. Lo llamo así por el gato de Lord Byron.
Beppo abrió los ojos con la calma de una criatura acostumbrada a la eternidad.
—Maestro —dijo Vargas Llosa—, le traigo un regalo.
Bajó al siamés de sus brazos. Borges extendió la mano para tocar el lomo tibio del animal. Sonrió.
—Ah…, los gatos siempre llegan como si regresaran.
Akira hizo una pausa. Eso es cierto, pareció decir, los gatos nunca llegan por primera vez. Beppo saltó de la mesa y caminó hacia el recién llegado. Los dos gatos se miraron durante unos segundos. Pero Akira aseguró que en ese instante ocurrió algo que ningún ser humano ha podido demostrar.
Los gatos intercambiaron información antigua: recuerdos de generaciones felinas, instintos heredados, memorias transmitidas a lo largo del tiempo. Fue como si compartieran una biblioteca invisible hecha de sueños, experiencias y presencias acumuladas durante siglos.
Después se frotaron lentamente antes de acurrucarse juntos en el sillón de Borges.
—Se llevan de las mil maravillas —dijo Vargas Llosa.
Borges rio suavemente.
—Los gatos se reconocen —respondió—. Quizá comparten un secreto que nosotros ignoramos.
La conversación continuó.
Vargas Llosa contó entonces el origen del gato siamés. Su antepasado había llegado al Perú en el siglo XIX con unos ingleses viajeros que decidieron quedarse en América. Entre ellos había admiradores de Robert Louis Stevenson, quien también había tenido un gato célebre.
Según aquella curiosa genealogía, ese gato remoto sería el tatarabuelo de Cápac. Borges reflexionó unos segundos. Entonces este gato pertenece a una genealogía literaria, dijo. Beppo respondió con un ronroneo que, según Akira, equivalía a una aprobación solemne.
Después hablaron de literatura. De Islandia. De Japón. De cuentos breves y novelas interminables. En cierto momento Vargas Llosa recordó una frase famosa de Borges: Usted dijo una vez que escribir quinientas páginas para expresar algo que podría decirse en una sola frase es un desvarío. Borges otra vez rio: Fue un error inventado por mí. La haraganería, quizá.
Los gatos seguían ronroneando. El sonido llenaba la habitación, como una música antigua.
Entonces Vargas Llosa citó otra frase: «Muchas cosas he leído y pocas he vivido».
Borges guardó silencio unos segundos.
—La escribí cuando tenía treinta años —dijo—. Entonces no sabía que leer también es una forma de vivir.
Akira afirmó que en ese momento ocurrió lo más importante de aquella tarde. El ronroneo de Beppo y Cápac comenzó a crecer.
Primero fue un sonido leve. Luego se volvió profundo. Casi cósmico. Borges acarició a los gatos y murmuró algo que la entrevista apenas si registra: tal vez ustedes conocen el verdadero laberinto.
—¿Cuál? —preguntó Vargas Llosa.
Borges sonrió.
—El del tiempo.
Akira cerró los ojos al término de su relato. Luego apoyó la cabeza sobre el libro de la entrevista que yo seguía leyendo. Pero antes de dormirse me hizo una última revelación.
Los gatos han custodiado una biblioteca que los humanos apenas sospechan. Una biblioteca infinita donde están guardadas todas las historias… incluso aquellas que todavía no han sido escritas. Una biblioteca que acaso se parece a la que Borges imaginó en su cuento sobre una arquitectura sin fin de libros y galerías. Tal vez por eso —pensé mientras Akira se acomodaba en el libro— los gatos aman tanto a Borges. Porque él, a diferencia de casi todos nosotros, comprendió algo esencial: que los gatos no son simples animales domésticos, sino viajeros silenciosos de los laberintos del tiempo.
Mientras meditaba esa idea, Akira levantó la cabeza una vez más, como si todavía le quedara algo por añadir. Entonces ocurrió algo que aún hoy me resulta difícil explicar. La habitación pareció ensancharse. Las paredes de mi casa, los estantes con mis libros, comenzaron a adquirir una profundidad insospechada. Los pasillos se abrieron. Las sombras se extendían. Los libros se multiplicaron. Detrás de cada estante parecía existir otro, y detrás de ese otro, y otros más, formando una arquitectura interminable. Por un instante tuve la impresión de caminar dentro de una biblioteca infinita. En algún lugar de esa vasta arquitectura imaginaria escuché el ronroneo de otros gatos. No uno, ni dos. Muchos. Cientos. Quizá miles. Todos avanzaban silenciosamente entre los estantes, como guardianes de un conocimiento antiguo que no le pertenece solo al mundo humano.
Akira caminaba delante de mí. Su cola erguida parecía señalarme el camino.
Comprendí entonces —o creí comprender— que cada gato del mundo guarda fragmentos de esa biblioteca secreta.
Los gatos que duermen sobre los libros.
Los que cruzan las calles por la noche.
Los que vigilan a los humanos desde las ventanas.
Todos han recorrido esas galerías invisibles donde las historias se conservan incluso antes de ser contadas.
Y en el centro de aquella biblioteca, en el corazón de un laberinto perfecto, me imaginé a Borges. No como el anciano ciego que Vargas Llosa visitó en Buenos Aires, sino como una figura serena caminando entre los estantes interminables. Y a su lado, Beppo y Cápac. Los dos gatos avanzaban con la calma de quienes conocen de memoria los pasillos del lugar. Borges se agachaba de vez en vez para acariciar distraídamente sus cabezas murmurando algo que tal vez era un poema, o tal vez una simple reflexión sobre el tiempo. Entonces comprendí el verdadero sentido de aquella escena que Akira me había contado.
Cuando Beppo y Cápac se encontraron por primera vez en el pequeño departamento de Buenos Aires, no estaban conociéndose: se estaban recordando. Recordaban esa biblioteca infinita, a las generaciones de gatos caminando por sus pasillos. Y también a los pocos humanos que habían sospechado su existencia. Entre ellos estaba Borges. Quizá por eso los gatos lo amaban. Quizá por eso lo acompañaron aquella tarde. Y quizá por eso —pensé mientras la visión comenzaba a desvanecerse— los gatos siguen acercándose a los libros cuando los humanos leen. Porque cada libro abierto es una puerta. Cada historia es un corredor. Y cada lector se aproxima, sin saberlo, al borde de ese laberinto interminable en el que las palabras y los sueños se confunden.
Akira volvió a acomodarse sobre el libro. La habitación recuperó su tamaño habitual. Los estantes infinitos se desvanecieron. El silencio volvió a ser doméstico.
Antes de dormirse, mi gata abrió un ojo y me miró con una serenidad antigua. Y comprendí algo que tal vez Borges habría aprobado:
Mientras exista un gato dormido sobre un libro, la biblioteca infinita seguirá viva. Y en algún lugar de sus galerías sin fin —más allá del tiempo y de los nombres—, los gatos seguirán guiando a los lectores hacia el centro secreto del laberinto.