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ERNESTO LIZÁRRAGA
Faldas, suéteres y zapatos regados por el descarapelado suelo; los cajones del ropero fuera de su lugar; labiales, recibos y frascos de insulina sobre la húmeda cama. Ahora sí, Gustavo lo había conseguido. Sus ojos, caídos y lagañosos, encumbrados por unas abundantes cejas, brillaron con rendida satisfacción al encontrar el objeto que había empeorado su migraña desde hace días: la INE de su madre; Macarena Castro Treviño, nacida el 5 de abril de 1946, y con domicilio en la Calle 7, colonia Tepexoyuca, Ocoyoacac. Identificación vigente hasta 2023.
Gustavo se quedó viendo la foto y sintió un ardor en la garganta al concentrarse en la indiferente mirada de la mujer. «Es la primera vez que la veo así», pensó antes de oír un crujido al otro lado de la puerta. Imposible no reconocerlo. Tensó la quijada al distinguir de qué se trataba. Miró nuevamente la credencial de su madre y la presionó entre sus manos. «Pronto terminará este martirio, pronto».
Salió del cuarto para ir a la sala. Eran casi las dos de la mañana. Afuera, el zumbido de la corriente eléctrica que corría por los postes llenaba el ambiente. Igual de molesto que el insoportable ruido blanco del moribundo aparato dentro de su hogar. El televisor no había dejado de trasmitir la misma maraña de puntos blancos y negros, sumado al rumor semejante al que hacen las burbujas de un refresco, lo que lo hacía más desesperante, desde que había comenzado el año. Gustavo se preguntó cómo su progenitora lo aguantaba cada que la prendía para cambiar de canal en busca de alguna señal.
Encendió la luz. La vio encorvada, con el pelo enmarañado y el control entre las manos. Gustavo soltó un suspiro; intentó llamar su atención con un gemido, pero ella siguió cambiando de canal. Harto del ruido, y con su gangoso tono, al fin dijo:
—Mamá, ya encontré tu INE. Mañana viene doña Chole por nosotros a las nueve.
Se acercó a ella entrecerrando los ojos por el brillo de la pantalla, la tomó del hombro y continuó:
—Dicen que están buenas las teles. Así, grandotas, como de cine. Ya vas a poder ver tus novelas, las pelis y el fucho en máxima resolución. Qué padre, ¿no?
No le respondió. Gustavo se rascó la nuca; se agachó para ver a la cara a su madre y vio que un hilo de saliva le escurría de la boca; se lo limpió con el trapo de la mesa. La anciana no reaccionó. Gustavo preguntó:
—¿Quieres que te lleve al doctor?
Esperó un minuto su respuesta. Nada, solo estática. Frustrado, cerró los puños. «¡Otra vez esta escenita!». Su cuerpo se contrajo como si algo se le fuera a descoser. La tele subió el volumen de forma repentina. Con los nervios alterados, Gustavo se acercó al aparato, y con todas sus fuerzas presionó uno de los botones. El ruido cesó. Para calmarse, inhaló y exhaló a intervalos, y se repitió: «Este infierno termina mañana». Recuperada la compostura, apagó el aparato y se volvió hacia su madre:
—Voy a escombrar tu cama. No me tardo —dijo con una sonrisa forzada.
Buscó la mirada de su madre, pero la anciana se inclinó para impedirlo. «Eso me gano por regarla». Igual, mantuvo su corazón en alto. Se acercó y le dio un beso en la frente. Macarena respondió con un quejido. Él hizo como que no la había oído; regresó al cuarto y encendió la luz. Viéndola en la penumbra de la sala, dijo para sí: «aguanta otro poco, madre».
No fue consciente del desastre que había hecho hasta que se puso a recoger las cosas. Tomó con desesperación la ropa y, sin el menor cuidado, la metió al ropero para guardarla haciéndola bolas. Al juntar las chucherías de la colcha se hirió con las agujas para coser. Ya no tenía la paciencia para ordenar las bolsas con los papeles amarillentos, pero recordó la única máxima que su madre alguna vez le enseñó: «recoge el reguero que hagas».
Así lo había hecho toda su vida: cuando barría la tierra que metía a casa cuando regresaba de jugar futbol con sus amigos; cuando hacía dobles jornadas en la mueblería porque había dado mal el cambio; cuando sacó su título de técnico en Electricidad por mera presión de no «terminar como burro». Siempre se esmeró, pero por más que se esforzaba, ella no volteaba a verlo.
Así pasaron los setenta, ochenta, noventa y el nuevo milenio: la emisión era la misma. Gustavo, ya de por sí escuálido, se acercaba encogido a Macarena que, ora viendo la final del mundial del 86, ora las noticias con Zabludovsky o Los 12 juegos, con tono impasible le preguntaba: «¿ya terminaste?». Entre la duda y la satisfacción, su hijo le hacía una relatoría de los hechos. Aunque la respuesta de Macarena fue la misma, él tenía fe de que llegaría el día en que obtendría algo más que un «ah, ya» seguido de un grito de gol, o la voz de un presentador de noticias dando la «última hora», o algún chiste descarado de Irene, la cirquera.
Gustavo lo sabía, pero el mundo lo creía resignado a su calamidad. Chole, la vecina que había conocido a Macarena Camarena, como la apodaban desde que llegó al pueblo, le dijo una vez con jocosidad: «Tu madre pasó más tiempo cambiando los canales que pañales». ¿El motivo? Lo intentó saber por las buenas, pero ella le propinó una cachetada antes de responderle con el típico «¡dejame oir!».
Como la cuestión no se resolvía, fue turno de la acción. Primero intentó con la brusquedad: tirar la pantalla con el balón, doblar las clavijas, desconectar la antena. Tácticas que siempre acababan con el castigo del cablazo. Iracunda, Macarena le advertía: «¡Ahora te chingas! El dinero de la escuela va para la reparación». Con los años tuvo que ser más ingenioso para desplazar al rival. Gatos, perros, peces y hasta un conejo: llevó de todo a la casa. «Mira, mamá, cómo baila el Tribilín», exclamaba él. No obstante, ni las gracias, ni los ladridos ni los maullidos lograron imponerse a la cortinilla de entrada del canal dos. O si llegaban a interferir, Macarena tenía un truco infalible: abrir la puerta. «Yo no traje ni quise a ese animal. Ve y búscalo tú».
Rendido por los bochornosos fracasos, no le quedó de otra más que sentarse a la misma mesa que el enemigo para negociar un poco de atención para él. La humillación se extendió hasta que su mente se iluminó. Fue durante la final de La Academia del 2002, cuando vio a su madre llorar por la derrota de Yahir: «¿Y si la solución es estar en su mismo canal?». Sin perder tiempo, inició los preparativos: memorizó horarios, frases de novelas, noticias del día, todo lo que le pudiera servir para atraer aquellos ojos avellana hacia él.
Un plan que parecía perfecto, de no ser por la frialdad de su madre para callarlo. Su consuelo, al menos, fue conseguir que lo incluyera en más tratos con el odiado rival. «Los botones están sumidos», «arréglame la antena», «compra pilas para el control». Esas y otras peticiones que Gustavo aceptó a regañadientes. Y con el fin de prolongar sus victorias, logró colar un engaño mayor: la convenció de que tenía que llevar el aparato cada mes a revisión con Temo, el electrónico, para darle mantenimiento. Argumentos no le faltaron: la última tele que compraron, tras el terremoto del 85, ya tenía dos décadas de uso, y sorprendentemente logró llegar a la tercera.
La máquina, cada vez más torpe en sus funciones, aún mantenía reluciente su tapa color pistache. En cambio, la garantía de Gustavo comenzaba a vencerse: tenía más de cincuenta años y ningún amigo; solo hablaba con doña Chole, Temo y con la doctora que le trataba la diabetes. «Estoy más allá que pa acá». Su mayor temor era fallecer antes que su madre y que esta se perdiera su entierro por ver el final de alguna novela turca. Apesadumbrado, no dejaba de calcular el tiempo que le quedaba.
Un día en que, desganado, fue a hacer las compras, soltó un gemido nervioso al ver que apareció el anuncio con una cuenta regresiva en uno de los televisores del mercado. Sonriendo, le preguntó a la joven del puesto de las verduras de qué se trataba:
—Es el apagón analógico. ¿No sabe? Las teles pronto dejarán de servir.
Sin creerlo aún, fue con Temo a preguntarle; lo mismo con Chole, y hasta con un escuincle de la mueblería. Siempre había esperado una señal para poder ganarle la atención al aparato, pero que este la perdiera le pareció irónico. Pensó en avisarle a su madre; sin embargo, decidió callar. Se mantuvo sereno y siguió acompañándola en su rutina, aunque siempre temió el riesgo de que le cambiara a las noticias y se enterara. Por fortuna, Macarena se clavó en el canal 33 y las retransmisiones de Los 12 juegos, con Irene. Tendría que estar atento a que esa predilección de su madre durará al menos un mes, hasta que llegase el preciado día.
El 30 de diciembre de 2015 llegó. Eran las 11:59 de la noche. Un minuto más y la dictadura analógica terminaría. Las manos le temblaban, el estómago le dolía; unos segundos más y por fin podría ver a su madre a los ojos. En la pantalla, Irene hacía una dinámica con el Chiquitín y la Muñeca montados en un triciclo. Su madre no paraba de reír.
El reloj marcó la medianoche. Gustavo vio la pantalla: nada. El televisor seguía recibiendo la señal. Pasó un minuto, y luego otro.
Miró nuevamente el reloj. «Tres minutos, y no se va». Se quería arrancar el cabello. En la tele, Irene seguía contando sus chistes: «Si los juguetes están en la juguetería: ¿Dónde están los tontos?» Su madre respondió: «No sé, ¿en dónde?». Irene giró el dedo mientras sonaba un redoble de tambores: «¿No saben? Pues, en la…».
12:06 a.m. La estática sustituyó a la presentadora. Un instante después Macarena murmuró: «Se fue la señal». Eufórico, su hijo se le acercó con un folleto del apagón y se lo dio esperando una respuesta. «Solo es cuestión de que termine de leerlo para que me vea».
—¿Cómo ves? —preguntó.
Su madre soltó la hoja, vio el aparato y empezó a cambiar de canal, pero todos mostraron una entrópica similitud.
Gustavo confió en que la conmoción se le pasaría rápido. Sin embargo, al ver el puchero y los ojos llorosos de su madre, la nuca le hormigueo. Un temor infantil lo hizo dar unos pasos atrás: «la regué». La anciana se metió a los ajustes, cambio contraste, subió el volumen, pero nada. Su boca temblaba. Gustavo se pasmo al ver a su madre de pie. Decía algo, pero no lo entendía. Macarena presionó el botón rojo. La televisión se apagó. Con un hilo de voz, Gustavo preguntó: «¿Mamá?» Macarena cayó en su asiento, vio por un segundo el televisor y volvió a encenderlo.
Desde esa noche siguió la misma rutina: despertaba, encendía la tele y se dormía sin dirigirle la palabra. Gustavo quiso llevarla al médico creyendo que había sufrido una parálisis. Al intentar levantarla, le pellizcó las muñecas. La incitó a comer, pero tampoco se dejó. Desesperado, fue por doña Chole para que lo ayudara. Con suerte, consiguió que su madre diera unos bocados. Preocupada por su comadre, Chole le comentó: «Escuché que van a dar pantallas a final de mes. De las planas. Solo tienes que presentar la INE para que te la den».
Aunque Macarena no cambió su actitud hierática, para Gustavo era la oportunidad de limpiar su desastre. No olvidaba su odio por la tele, pero sí ese era el precio para aliviar a su madre, no dudaría en aceptar cualquier cosa.
Los siguientes días fueron de ayunos, largas filas y de leer diminutas letras en medio del caluroso sol. No obstante, anhelaba compensarlo todo. Contactó a los de Dish para que le instalaran el servicio. Escombró la casa para poner una nueva mesa, y hasta pidió préstamo para comprar un teatro en casa. «¿Te imaginas que la tele nueva no quepa por la puerta de lo tan grande que estará?», le decía a su madre, aún de luto analógico. Faltaba poco para recoger al nuevo inquilino en Toluca.
Gustavo terminó de tender la cama. Miro el reloj en la pared: pasaban de las dos de la mañana. «No nos vamos a querer parar». Fue a la sala imaginando el esfuerzo que tendrían que hacer sus oxidadas articulaciones para cargar a su madre dormida. «Sí, pero ¿cuántas veces hizo ella el mismo esfuerzo por ti?». No quiso responder, pero las dudas fueron apareciendo. «¿Alguna vez te besó, o te dijo un te quiero?». Rezó para que los malos pensamientos se fueran. «Tan solo di algo que ella te haya dado. ¿Un abrazo?». Camino con prisa. «Ni siquiera una miradita». Con ira se respondió: «¡Yo no soy quién para juzgarla! Me da lo que su corazón puede dar». «¿Y dónde está su corazón?». Su mente quedó en silencio.
Pasó a la sala. Escuchó un débil sollozo entre el ruido del televisor. Preocupado corrió hasta su madre. Tuvo que rascarse los ojos para quitarse las lagañas y verla mejor. La escena le retorció el estómago. «¿Dónde, dónde está su corazón?». Macarena tenía los ojos humedecidos. Sus lágrimas caían sobre la inútil caja que rodeaban sus delgados brazos. «¿Un abrazo?». Gustavo dio media vuelta. La frente le hervía. «No soy quién…».
—Mi chiquito —dijo de pronto la mujer con una ternura desconocida.
El hombre volteó. Los labios de Macarena besaban la pantalla como si quisiera consolar a un niño herido. «¿Qué es lo que le ves que a mí no?». La fiebre aumentó. Arrastró una silla, tosió con violencia, carraspeó. Los ojos avellana no se levantaron. Abrió la ventana, golpeó las campanas de viento, encendió las luces. Sus ojos se pusieron vidriosos. La cabeza le palpitaba con violencia. Desesperado, elevó la voz: «¿Mamá?, ¡Mamá!». La chispa que prendió la mecha salió de su boca cuando dijo:
—Vete afuera a jugar.
Gustavo corrió hasta ella, la tomó por la cintura, y de un jalón la separó del objeto. Macarena comenzó a gritar.
—¡Suéltame! ¡Suéltame!
Rasguños, golpes, chispas eléctricas. Gustavo la arrastró hasta su cuarto y la tumbó en la cama. Macarena se levantó de un brinco y se lanzó hacia la puerta, pero él se interpuso.
—¡Cuántas veces vas a quitarme mi felicidad! ¡Malnacido!
Una lluvia de cachetadas cayó sobre Gustavo que, para defenderse, le sujetó las muñecas. Incapacitada, la anciana usó su última arma:
—¡Hijo de la chingada! ¡Debí haberte dejado morir de hambre!
—Sí.
—¡Eres la peor desgracia de mi vida!
—Sí, sí, lo que tú digas, ¡pero dímelo a la cara!
Se acercó a su madre. Ella mantuvo la cabeza agachada.
—¡Dimelo! ¿Por qué no me quieres ver? ¡Soy tu hijo!
—Lamentablemente.
—¿Pero por qué? ¡Por qué!
Los bríos de la mujer se calmaron; su agitada respiración se sosegó. Gustavo decidió soltarla, y tomó las riendas de su voz en medio de aquella tormenta.
—Me voy, me denuncio con la policía, te compro otra televisión, lo que quieras. Solo respóndeme… ¿por qué no me quieres ver?
El dolor que cada palabra le provocaba se le escapaba por los párpados irritados y enrojecidos. El reloj se detuvo. Ningún sonido perturbaba el silencio de aquel cuarto, salvo la débil respiración de Macarena, que se sentó a la orilla de la cama. Gustavo le encontró la mirada: era la primera vez que se cruzaban. Con una sonrisa, le acarició la mejilla a la anciana.
—¿Por qué?
Macarena se mantuvo callada e inmóvil. Gustavo volvió a preguntar: ¿por qué? Su sonrisa se hizo más grande. La tomó por los hombros con fuerza y preguntó de nuevo: ¿por qué? La sacudió; su nariz goteo un fluido que también sintió en su garganta y le limitó la voz. Volvió a insistir: ¡por qué! Aunque se le saliera el corazón por la boca o el cerebro le estallara o el estómago se le rompiera, Gustavo no se iría sin tener una respuesta de aquella estatua.
—¡Dímelo, mamá!
Vio sus apagados ojos y no pudo resistir más: salió huyendo. Se tropezó con una silla, la escoba y el estante, hasta que cayó al piso. Al levantarse, casi se pegó con la mesa.
Miró con atención el lugar: la casa parecía haberse hecho más grande, ¿o él se había vuelto más pequeño? Vio tirados en el pasillo sus fotos y dibujos de cuando era niño, y gritó como si se estuviera ahogando: «¡Mi mamá no me quiere!». Pero su grito fue ahogado por otra voz: «Esta mañana hubo un atentado contra el candidato…». Volvió a gritar con más fuerza: «¡Mamá!». La máquina no paró: «¡Odio ser pobre, lo odio…!»; «Yahir, tú no eres…». La tele estaba ahí, encendida, firme, recordándole quién era el favorito de la audiencia. Gustavo cayó de rodillas como si estuviera ante un santo devoto.
—¡Por qué a ti sí! ¡Dímelo! —imploro.
El televisor, en caótica transición de canales, respondió:
—Hoy fue un día soleado en el Distrito Federal.
Un impulso lo hizo lanzarse contra la pantalla. La imagen se detuvo en Los 12 juegos. Su conductora Irene, vestida con circense desorden, salió de un fundido en negro.
—¿Qué es lo que quieres Gustavo?
Relamió sus labios y contestó:
—Que mi madre me vea.
—¡Espléndido! Para llevarte el premio solo tienes que resolver este acertijo: No se puede ver a sí misma, pero todo el mundo puede verla. ¿Qué es?
Sonó un redoble de tambores que parecía no tener fin.
Las palabras le pasaron por la lengua como un vibrante cosquilleo.
—La cara.
Una gran sonrisa se dibujó en la boca de la presentadora. Un destello constante de luces azules y rojas lo deslumbraron. Una alarma ensordecedora casi le revienta la cabeza. La voz de la conductora gritó: «¡Felicidades, Gustavo!».
Doña Chole logró cruzar el cerco de la casa sin que la policía la notara. Quería ver la escena por su propia cuenta. Los vecinos decían que había sucedido lo inevitable: que Gustavo había intentado matar a su madre, y con lujo de detalle se contaban lo sucedido: la pelea, el resentimiento, el llanto. Lo único que nadie tenía claro era el intento de huida del parricida, que por fortuna había fracasado. Chole logró llegar hasta la superviviente que, como lo había hecho en los últimos días, veía la estática en la tele. Con horror apreció los signos de violencia que marcaban sus brazos con siniestros brazaletes.
—Estoy esperando Los 12 juegos. Irene va a presentar a su hermano —dijo la agredida.
Chole no supo qué responder. Era un episodio que ya había visto antes. Los moretones, la mirada perdida, una risa que intentaba sosegar al espectador. Claro, había cambiado la caracterización de los actores. Ayer, una adolescente desamparada y un marido cobarde; hoy una anciana cansada y su hijo resentido. ¿Cuándo se terminaría aquel infame programa? Chole no sabía si llorar de tristeza o coraje por Macarena; sin embargo, tenía que cumplir su papel asignado de única amiga. Se tragó su dolor y dijo:
—¡Ay, comadre! Esas teles ya ni sirven. Pero hay unas nuevas que sí. Creo que aún alcanzamos una.
—¿No tengo que llevar mi credencial?
—Yo se la presto. No se preocupe. Vístase y nos vamos.
Macarena se puso de pie. Miró a su compañero: «si nuestros caminos nunca se hubiesen separado». Se le escaparon unas lágrimas de nostalgia. Tomó el control y presionó el botón de apagado. Esperaba que la era digital fuese tan benigna como el amor que dejaba.