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DANIELA LOMARTTI
Entre las producciones cinematográficas más destacadas de las últimas décadas se encuentra Cinema Paradiso, escrita y dirigida por Giuseppe Tornatore (1988). La película fue ganadora del Óscar a la mejor película extranjera en 1990 y reconocida con otros premios. Esta obra nos sitúa frente a una profunda experiencia que marca la vida de Salvatore Di Vita, mejor conocido como Totó. Se trata de un cineasta que, ya en su adultez y viviendo en Roma, recibe la noticia de la muerte de Alfredo, su mentor y amigo, quien trabajaba como proyeccionista en el cine del pequeño pueblo siciliano de Giancaldo.
En ese lugar transcurrió la infancia de Salvatore, al que la ausencia del padre dejó una herida en él. Su vida transcurre durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. Presionado por las exigencias escolares y la disciplina religiosa, Totó encontró refugio en el cine. No exagero al decir que el cine es un puente invencible que nos conduce hacia innumerables historias, y este personaje se percató de ello. Me conmueve la inocencia del pequeño Totó, quien no comprende por qué se censuraban los besos en la pantalla. Su curiosidad crece cuando Alfredo le muestra cómo funciona un proyector. Incluso podría decir que es en este momento clave en el que Totó concibe la existencia de una realidad distinta a la vivida. Me refiero a una forma de vida que se asoma a través de la pantalla. Es por esto que la muerte de Alfredo lo impulsa a regresar al pueblo, lugar que abandonó treinta años atrás por consejo de su propio mentor, quien le había pedido no volver jamás.
De vuelta a Giancaldo, Salvatore revive cada fragmento de su pasado: su niñez, las enseñanzas de Alfredo en la cabina de proyección, las imágenes imborrables del cine en blanco y negro. Rememora a Elena, su primer amor, la vida familiar atravesada por la pobreza y los rostros de quienes formaban parte del cinema Paradiso. El recurso que Tornatore usa, de desplegar las memorias de Salvatore de manera lúcida, me fascinó, ya que puede recrear sus recuerdos como si fuera otro filme. Su yo transita entre el presente y el pasado, recorre su infancia y adolescencia, y la transformación del viejo cine en un estacionamiento dentro de un pueblo modernizado.
La experiencia estética de Salvatore se construye, de este modo, en una doble dimensión reflexiva: vemos el retorno a su pasado mediante recuerdos que reactivan las huellas que el cine dejó en su vida; y también se nos muestra la resignificación de esos momentos desde el presente, cargados de afecto, admiración y nostalgia por Alfredo y su tierra natal. En el cinema Paradiso, Totó descubre un universo plagado de imágenes, sonidos y relatos que moldean su sensibilidad, mientras observa las relaciones humanas de una comunidad que padece la pérdida de la guerra. Cada evocación lo reconecta con el niño que fue, un infante travieso y obsesionado con el cine, que posee una habilidad inusual aprendida a muy temprana edad: proyectar películas. En los rostros del pasado encuentra fragmentos de sí mismo; una fusión de tiempos configura su identidad. Su historia sería distinta sin las enseñanzas de Alfredo. Sin él, Salvatore adulto no se habría consolidado como un cineasta exitoso. Más aún, Tornatore exhibe de forma encantadora que la nostalgia es otra forma de acceder a un mundo que permanece oculto a la claridad de nuestros pensamientos, y solo en el umbral se devela quiénes fuimos y no seremos más.
Dentro y fuera de la sala de cine, la existencia de Totó se desarrolla en un contexto social herido por la posguerra. En ese escenario, el cine se convierte en un espacio único donde el niño construye mundos imaginarios a partir de partes descartadas de películas. Algo semejante ocurre con la escritura: construimos reinos de la invención desde los fragmentos de historias íntimas, personales y ajenas. Es por medio de la literatura que hacemos presente lo que no existe en el mundo. Como sugiere la metáfora de Giorgio Agamben, podemos ver que Totó habita el cine como si fuera un territorio donde se aprende a vivir, imaginar y soñar.
Su formación también atraviesa la técnica y la estética. Al aprender el arte de proyectar y disfrutar el cine, el niño diseña su mundo para erigir después otros mundos más extensos. Este arte, a su vez, llena de sentido y esperanza a una comunidad devastada. Tras la muerte de Alfredo, los recuerdos irrumpen en el presente de Salvatore, y su vida entera adquiere un nuevo sentido, como si todas las películas que vio formaran una sola: la de su propia historia.
Cuando descubre la herencia de Alfredo —un rollo que reúne los fragmentos censurados de antiguas películas—, Salvatore regresa a Roma y lo proyecta. En la pantalla aparecen todos los besos que alguna vez fueron prohibidos y, en ese gesto final, la mirada de Alfredo parece revelarle que ha recuperado su vínculo con su universo interno. Esto prueba que el cine nos seduce y manifiesta su grandeza porque a través de él aprendemos a amar la vida.