El algoritmo del llanto
(o cómo aprendí a dejar de innovar y a amar la mediocridad)
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(o cómo aprendí a dejar de innovar y a amar la mediocridad)
JESÚS ALBERTO SÁNCHEZ VALTIERRA
Diez mil pesos en veintiocho días. Diez. Mil. Pesos.
Roberto miró la cifra en la pantalla con la expresión de quien acaba de entender un chiste tres días después de que se lo contaron. No era tristeza exactamente lo que sentía. Era algo más parecido a la claridad. Esa horrible clarividencia que te llega cuando el mundo finalmente se digna a explicarte sus reglas y las reglas son una porquería.
***
Tres millones de pesos en cuarenta y ocho horas.
El GoFundMe de Kimberly llegó a la meta un martes por la tarde. Ella apareció en pantalla —sin filtros, o con uno creado para fingir que no usas filtros, que es el más sofisticado que tiene Instagram— el sábado por la noche para anunciarlo y dijo con la voz quebrada de quien ha practicado tanto ese quebramiento frente al espejo que hasta parece genuino, que es lo más perturbador de todo:
—Mi mamá está en el hospital. Yo…, yo no sé qué voy a hacer. No tengo cómo pagarlo.
El algoritmo estalló.
Las notificaciones le llovieron como maná bíblico sobre un desierto. Cuarenta y siete millones de personas procesaron la información en menos de tres segundos generando empatía instantánea, y en masa llegaron a la misma conclusión: había que ayudarla a cualquier costo.
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Roberto tiene una patente real y registrada, con número de expediente y todo.
Desarrolló un sistema para reutilizar paneles solares antes de que terminen en la basura, que es donde terminan millones de ellos cada año. Nadie habla de eso porque hablar de eso arruinaría la narrativa de que la energía solar es limpia y perfecta y no genera ningún problema que no podamos ignorar a conveniencia.
Tenía proyecciones económicas. Tenía un prototipo. Tenía una carpeta con datos reales, mensurables, demostrables.
Nadie se la había pedido para verla.
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Kimberly no canta. O más bien, canta con la misma gracia con la que un gato cae de un tercer piso: haciendo bastante ruido. El juicio final siempre depende del gusto del que la mira.
No baila, no actúa, no pinta, no escribe ni inventa nada, pero tiene algo que los verdaderos artistas no pueden comprar en ningún lugar, que es la capacidad absoluta, casi sobrenatural, de existir sin pudor alguno frente a la cámara. Y eso, mi amigo, en el siglo XXI es más valioso que el teorema de Pitágoras, la penicilina y hasta la rueda.
Kimberly muestra casas. Casas grandes, casas caras, casas con albercas diseñadas por alguien que nunca ha tenido hambre ni frío.
También muestra coches que cuestan más que la educación universitaria de tres generaciones, y publica sus viajes a lugares que el ochenta por ciento de sus seguidores solo conocerá a través de sus videos, lo cual es —si uno lo piensa por un momento, y ella nunca lo pensaba— una proporción bastante perturbadora.
Sus cuarenta y siete millones de seguidores la aman con una devoción ferviente comparable solo con dos cosas en este mundo: los líderes religiosos y la farándula que nunca te hace pensar nada incómodo.
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Roberto había mandado mensajes, muchos, a amigos, conocidos y personas que en alguna cena le habían dicho: «oye, qué interesante proyecto, definitivamente lo apoyo», con esa entonación inconfundible que en la comunicación humana significa exactamente lo contrario.
Ninguno contestó.
Ni un rechazo. Ni siquiera un: ya lo vi, pero ahorita no puedo.
Nada.
Es el silencio digital más contundente que Roberto ha experimentado en su vida, y eso que una vez publicó una foto de su comida que no recibió likes.
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Esa misma noche Roberto abrió su red social y vio la noticia.
¡Tres millones en dos días!
Leyó los comentarios: «¡Fuerza, Kim!», «¡Ya quisiera yo tener fans así!», «¡Qué bonita comunidad!».
Roberto bloqueó el teléfono. Lo volvió a desbloquear. Lo bloqueó otra vez.
A nadie le importó que el mes pasado Kimberly mostrara en un video su bolsa Chanel, cuyo precio equivalía al sueldo anual de un maestro de primaria de cualquier estado del país. Tampoco importó que las llantas de su camioneta valieran más que los ahorros de toda una vida de quien le había transferido cien pesos. Al presenciar unas lágrimas, el cerebro humano se desconecta temporalmente de la corteza prefrontal que regula el sentido común. Es biología básica y no hay nada que hacer.
Pensó en los paneles solares que estaban siendo enterrados en algún vertedero, y en los empleos que no iba a crear. Pensó en la carpeta que todavía nadie le había pedido ver; calculó cuántas lágrimas necesitaría derramar ante la cámara para que alguien compartiera el enlace a su recaudación y concluyó que probablemente habría tenido que llorar lágrimas de sangre, transmitidas en vivo y con música sacra de fondo.
Tres millones de pesos para pagar los gastos médicos de una mujer que, si pudiera acceder a su estado de cuenta en ese mismo instante, encontraría el dinero suficiente para financiar un hospitalito con su personal, y quizás hasta un ala dedicada al tratamiento de enfermedades tropicales.
Pero eso no viene a cuento. El dolor no sabe de cuentas bancarias. O eso es lo que nos decimos cuando vemos a alguien llorando en nuestra pantalla y nosotros estamos en pijama a la una de la mañana con el teléfono sobre el pecho.
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Kimberly volvió a subir contenido. Su mamá, por cierto, se recuperó muy bien. Salió del hospital una semana después. Y para celebrarlo se fueron a Dubái, un viaje que quedó muy bien documentado en sus redes sociales.
Roberto sigue buscando cómo financiar su proyecto, porque abandonarlo sería admitir que el mundo tiene razón, y eso le parece peor que seguir intentándolo.
El algoritmo calificó el viaje a Dubái como contenido positivo.
Y tiene razón. En su propio y retorcido lenguaje, tiene toda la razón.