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KEVIN COTTER
Habían pasado ya dos semanas desde la muerte de su padre, y Tomás aún estaba en el pueblo. Su hermano ni siquiera apareció para el funeral. Solo le envió un correo breve: «No me pidas que vaya. No puedo». Igual que cuando su madre había fallecido, hacía años.
A él le tocó resolverlo todo: llamar al notario, vender los muebles, vaciar los armarios que aún olían a la loción que su papá siempre usó. Clasificó lo que merecía guardarse y dejó el resto para el camión de los desechos. En un sobre encontró las fotos de cuando eran niños, su hermano y él, con el ajedrez de madera que su padre les había tallado.
Esa noche, después de apilar cajas hasta que su espalda le recordó que tenía casi cincuenta años, salió a caminar. El pueblo estaba tan en calma, como si también se hubiera muerto un poco. En una callejuela oscura vio una tenue luz por la puerta entreabierta de una vieja taberna que creía cerrada desde hacía mucho. Entró.
El ambiente era cálido; una lámpara de luz amarilla iluminaba la barra. Había un par de parroquianos dispersos y en silencio, y al fondo, una mujer sentada sola ante un tablero de ajedrez. No jugaba. Solo lo observaba.
Él pidió un whisky sin hielo. Luego otro. Miró a la mujer. Ella no dijo nada, pero sintió que sus ojos pálidos, casi incoloros, lo llamaban. Sin embargo, no se atrevió a acercarse. Su piel, blanca como los huesos, parecía absorber la luz del lugar. Había una quietud patente en ella, como si llevara siglos esperando. Cuando quiso marcharse sintió que algo lo retenía.
Salió, pero volvió al día siguiente.
No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo. Y allí estaba ella, en la misma mesa, con las piezas acomodadas para una partida. Esta vez, sin pensarlo demasiado, se sentó frente a ella.
—¿Espera a alguien? —preguntó.
Ella asintió con lentitud.
—A usted.
Tomás sonrió incómodo. Supuso que era una broma. Pero cuando ella movió el peón a e4, él, casi por instinto, respondió con c5.
Jugaron en silencio por varios minutos. Con cada movimiento, algo vibraba en el aire, como si el tiempo se ralentizara. De pronto, le vino un recuerdo que le pareció ligeramente diferente.
En la jugada doce, otro recuerdo lo golpeó con fuerza: vio a su padre enseñándole a su hermano a mover el caballo. Él, en cambio, los veía con recelo desde la puerta. ¿No fue así? Tuvo la sensación de que había sido al revés. Su hermano lo había vencido siempre. A veces con trampas. A veces con talento.
—Con cada decisión cambia el juego —dijo la mujer, sin levantar la vista.
Tomás no respondió. En la jugada veinte, recordó a su madre postrada en la cama, antes de morir. ¿Y si se hubiera quedado con ella hasta el final? En la jugada veintisiete, se preguntó si se había casado con su esposa por amor o solo para alejarse de casa y ese pueblo. Sintió un leve mareo. No era el whisky, su copa estaba intacta. Era otra cosa. Un zumbido persistente, como si su memoria se estuviera reordenando.
—¿Quién es usted? —preguntó.
La mujer apenas si sonrió.
—Estoy aquí para liberarlo de sus culpas.
Él tragó saliva. Miró al reloj de la pared; estaba detenido. Nadie más en la taberna se movía. Era como si el tiempo se hubiera sentado a seguir la partida.
—¿Qué pasa si gano?
—Puede corregir un error. Solo uno.
—¿Y si pierdo?
—No habrá tiempo para más errores. Ni para más remordimientos. No habrá más usted.
Tomás se quedó mirando el tablero. En su adolescencia había amado el ajedrez: su orden, su lógica. Pero lo dejó cuando la vida empezó a parecerse demasiado a una partida mal jugada.
La mujer jugaba con frialdad implacable. No atacaba: empujaba, obligaba, contenía. Su juego era como una marea: silenciosa, inevitable.
En la jugada treinta y seis Tomás sacrificó un alfil. Inmediatamente, una sensación desapareció: la culpa por no haber estado con su madre en sus últimos días. Ya no recordaba la última discusión que tuvo con ella. En su lugar, un silencio amable ocupó su espacio.
Para la jugada cuarenta y uno, su hermano dejó se ser un recuerdo hostil para convertirse en una simple ausencia, como si nunca se hubieran peleado. Como si solo se hubiera alejado. Pero Tomás sabía que algo no cuadraba, que esa ausencia venía con un precio.
—¿Por qué me hace esto?
La mujer no respondió. Adelantó la torre con gesto definitivo. Tomás sintió una punzada en el pecho. No fue un dolor físico. Más bien, una ausencia: su hija. Por un segundo recordó un dibujo infantil pegado al refrigerador. Luego desapareció.
Miró el tablero. Quedaban pocas piezas. Pocas opciones. Era su turno. Pensó en su padre. En los años de distancia. En el silencio largo entre ambos. En la carta que encontró, sin abrir, en la caja del armario. Jugó.
La mujer levantó la mirada.
—Pues bien, ha ganado.
Tomás no dijo nada. Le temblaban las manos. No supo lo que hizo, pero la posición estaba clara: jaque mate en tres. Irrefutable.
—Le concedo el derecho a hacer una sola corrección. Una jugada que reescriba un momento. Elija bien.
La taberna parecía desvanecerse poco a poco, como un escenario apagado. No pensó en su madre ni en su hija. Pensó en su hermano, de pie frente al ataúd del padre, con los ojos húmedos y el orgullo hecho pedazos. La lámpara sobre la barra chisporroteó. Tomás cerró los ojos.
Despertó al día siguiente en el sofá desvencijado de la sala. La luz del sol entraba por las ventanas abiertas, y sobre la mesa del comedor vio una carta con un puñado de fotos viejas. Entre ellas una en particular: él y su hermano sonriendo, sentados frente al tablero de ajedrez. Su padre detrás de ellos con una mano en sus hombros.
Sonó el timbre. Abrió la puerta.
—¿Y esa cara? —dijo su hermano cargando una bolsa de pan—. ¿No dijiste que ibas a hacer café?
Tomás no respondió. Solo lo abrazó.