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MANUEL MÖRBIUS
Con la boca seca, sediento, y con el sabor de los olvidados, que sabe a chismes y desgracias, voy a comprar veneno para las ratas que invaden la casa, y de paso algo para comer.
Mi padre sigue enfermo y apenas llevamos tres meses de rehabilitación. La mutua desintoxicación nos afecta. En todo este tiempo no he sentido la luz del sol en la piel. La única luz que he visto, sin sombra ni veredictos, es la de los faroles de la calle. Me duele la cabeza y la cordura es un cuerpo extraño que mi organismo rechaza. He intentado beber solamente agua, pero siento su pastoso sabor primigenio pudriéndose en mi boca. Los somníferos y calmantes me provocan huracanes en la lívido que, de paso, está mal alimentada, dejándome costosos daños materiales en la entrepierna.
No soy el único damnificado de la historia al que le gustaría haber muerto el día que nos invadieron, cuando entraron por debajo de las puertas y escalando los muros. Oleadas de ellas nadaron por las tuberías buscando comida y calor. Yo las vi emerger del inodoro: un chorro de pelo mojado con colas que brotó cuando las paredes del baño se derretían a colores durante mi propio colapso autoinducido por ketamina.
Nadie pudo predecirlo, mucho menos contenerlo. Tendrían que haber incinerado todas las ciudades y reiniciado la civilización para detenerlas. Ha sido una guerra sin cuartel contra la peste negra dos punto cero.
En fin. Lo peor sucedió: sobrevivimos. Ahora convivimos con ellas y su roer perpetuo, con los chillidos de las crías bajo la cama o despertando por una mordida furtiva en el dedo del pie. Uno siempre despierta con mordidas cuando el inútil dron del control de plagas se queda sin batería antes de terminar la ronda en la cuadra. Yo termino esperándolo en la ventana, como una Cenicienta idiota, para que el hada de las ratas llegue y al menos se lleve una o dos que sumen a la estadística positiva de erradicación.
Ayer, mientras esperaba al dron-ángel-exterminador con la ventana abierta, vi al cura del barrio. En una mano sostenía a una rata crucificada, y en la otra una trampa de acero oxidada y vacía. Su diatriba era la misma de siempre: «Esto es la segunda venida de nuestro señor. Ha vuelto encarnado en este humilde ser multiplicado, y esta es su carne». La claridad del pastor me agobia. Pienso en ese ser que ha venido a purificarnos, a reorganizar nuestras prioridades. El nuevo orden mundial impuesto por una legión de roedores.
La luz del día me hace daño. Camino por la calle y unas sombras se mueven. Los ojos me arden al tratar de diferenciarlas de la banqueta gris; ya nada les impide a las ratas salir a cualquier hora.
Desde que prohibieron la prostitución ejerzo el oficio del ciudadano: quejarme de la vida y dejar que siga. Ayer me puse los pantalones entallados y las botas de goma. Los guantes gruesos arruinan el outfit, pero estar parado en la calle es peligroso, sobre todo de noche; uno nunca sabe si lo que viene es un cliente o una bola de pelo con colas carnosas que, si se te viene encima, podría tragarse hasta el miedo que se te sale por los esfínteres.
Pero no saldré. Cubriré los gastos con la cam y un nuevo show: me pondré una máscara de látex con orejas de rata y comeré queso por casi dos horas. Se ha vuelto una tendencia y no quiero saber por qué.
¿A dónde iba? Ah, sí, por el veneno y las trampas. Hay como diez tiendas especializadas que venden mejores o peores soluciones. La mejor y más cara es instalar un ecosistema autosustentable de tuberías que corren por la casa. No las atrapa, las deja circular por las laterales para que no invadan las áreas comunes. Son los nuevos roomies. La sustentabilidad de la peste. No me alcanza el dinero para la renta, mucho menos para hacer adecuaciones morales al servicio de las especies. Entro a la tienda y agarro el veneno suficiente para contener la invasión casera por unos tres días.
Cargo los costales y me formo a esperar que la cajera registre las multimillonarias ventas del veneno. En la fila todo el mundo está ocupado contando historias. Los de adelante son una pareja de pasitas. Se nota que son cautelosos porque saben el desafío que es vivir en los últimos lugares de dos cadenas alimenticias: la de las ratas y la del Estado: «Te digo que Joaquín no se mudó, esas mierdas se lo comieron. Cuando entraron al departamento solamente encontraron los zapatos con sus pies dentro. Llevaba semanas llamando a emergencias porque ya no podía moverse, y su pie diabético atraía a las ratas. Para cuando la ambulancia llegó, hasta al gato se lo habían tragado». Es verdad. Ya no hay gatos, desaparecieron en una versión enfermiza de Tom y Jerry a lo Tarantino.
La que va atrás de mí también habla por teléfono. Es una mujer, quizás de mi edad, quizás más joven. Nunca se sabe. Todos nos hemos avejentado en esta perpetua era de la rata. Ella cuenta su testimonio de manera cálida y me percato de que es la historia de una conversa: «Te lo juro, Juli. Se subió al botiquín, lo abrió y me tiró el inhalador en pleno ataque de asma, casi a punto de desmayarme. Desde entonces la llamo Sonia, como a mi difunta abuela. Es gris con una manchita negra en el ojo. Es una bendición, y además es muy inteligente. No, no, yo sería incapaz de hacerles daño, pero tengo que llevar las trampas para el trabajo. En la oficina se han vuelto endemoniadas y agresivas. Creo que captan las vibras de los espacios».
Alteraciones de comportamiento del roedor a causa del aura humana (o Nuestra civilización mal vibra a las ratas), es mejor teoría que la del cristo-cuerpo-de-rata. ¿Bastaría con crear un jardín zen planetario para alcanzar la paz? Necesitaríamos toneladas de prozac para relajar la tensión neuromilitar del humano. Ahora mismo hay guerras en las que se han retomado las devastadoras técnicas rusas de la segunda guerra mundial: ratas con explosivos corriendo debajo de los tanques, metiéndose en las trincheras y cuarteles. Ratas explosivas al este, ratas explosivas al norte del país con narcomensajes; ratas explosivas proyanquis, ratas explotando en el nombre de Alá. Sin embargo, todos sabemos que las ratas tienen su propio bando y causa: convertirse en la biomasa más abundante para desplazarnos a nuestras madrigueras, ocultos y temerosos de ellas. La relajación cultural es poco viable, lo mejor será volver a la teología de la deidad rata.
La fila de hoy se termina. Me toca pagar. No puedo hacer el guiño del cuerpomático porque ya no está Daniel. Él me caía bien no solo porque a veces me fiaba los venenos, sino porque también olía a vainilla y café. Me fiaba siempre y cuando pasáramos un par de horas en su casa mientras Luis, su pareja, estaba en el trabajo. Era músico y tenía la fantasía de que todos los músicos se unieran para atraer con una melodía a las ratas.
—¿Y a dónde las llevarían? —le pregunté mientras acariciaba los pocos vellos que le crecían alrededor del pezón.
—A la isla de las ratas, claro está —respondió antes de que una rata pasara corriendo entre nosotros.
Yo grité del susto al tiempo que Luis, con una botella de vino en la mano y una sonrisa que se le borró, abrió la puerta; y en ese mismo instante, una estampida de roedores cruzó el pequeño departamento.
La primera oleada de ratas que presencié fue colosal: millares de ellas corriendo en sincronía y fuerza impredecible. Vi cómo arrasaron con una familia que iba caminando por la calle. Bastaba con un ruido fuerte para provocarlas, por lo que las ciudades se volvieron silenciosas. Desde entonces sentí que habíamos perdido la guerra.
El derecho a hacer ruido siempre le ha pertenecido a la especie dominante. Y para evitar las estampidas se prohibió la música: nada de bocinas ni de alarmas. Creí que podría disfrutar las noches silenciosas, pero nos estamos volviendo locos escuchando sus patitas rascando los techos, las paredes, sus fiestas y peleas, sus apareamientos y nacimientos, así como sus agonías. Y no podemos evitarlo. Los aeropuertos tuvieron que cerrar. Regular el ruido de un avión fue imposible. La alternativa es viajar cortas distancias y de forma silenciosa. Viajes en bicicleta, en grupos reducidos, pero nunca a acampar; no puedes desplazarte más de dos kilómetros sin exponerte a una estampida. Nadie está a salvo.
Ayer encontraron un brote en la Estación Espacial Internacional y nadie sabe cómo llegó ahí. Creo que les ha dado por explorar fronteras y evolucionar. Anoche las vi drogándose en la zotehuela tomando un poco del veneno que les dejé en una trampa. Se comportaban como soldados en una taberna de Saigón, vitoreando brabuconas su inminente victoria sobre la especie humana. Algunas de ellas fornicaban junto a las trampas hasta que a una hembra se le paró el corazón. Se murió de una sobredosis, y a los machos, a tres de ellos, eso no les importó; se pusieron a fornicar con el cadáver. Ellas sabían que las estaba viendo, y aun así continuaron hasta que la escena me rompió por dentro. No paré de llorar ni cuando el sol salió; el síndrome de abstinencia estaba taladrándome hasta las encías.
Llego a casa, papá sigue tumbado. Le digo que traigo el veneno y algo de comida.
—A ver, papá. Ven acá. Enséñame los dientes.
Pero no me los muestra. Se agarra a las paredes; ya prácticamente no tiene uñas. Ambos pactamos dejar de consumir cuando las ratas aparecieron. Teníamos que estar alertas si no queríamos ser devorados por ellas. Me responde que se ya se está reponiendo, que se siente mejor, pero yo sé que no, que guarda dosis de algo que esconde entre los bordes de su cama llena de chinches. Para soportarlo, me repito que ese es mi padre, el que me enseñó a andar en bicicleta, y no un vagabundo con una sonrisa idiota y paralizada que me robé de la calle porque necesitaba cuidar de algo. No hay rencor. Finalmente, todos somos inocentes hasta que nos destruya lo contrario.
—Papá, ponte a las vivas. Hago la cena y comemos en chinga.
Él asiente con la cabeza, tira de una cadena y se echa de nuevo en la cama. Siento que la luz se marchita; todo me sabe a óxido.
Preparo la comida para toda la semana: un caldo con cubitos de pollo y verduras enlatadas, y puré de jitomate en tetrapack. Sin carne, porque no puedo pagarla con mi propia carne.
Si nos apuramos, podríamos comer sin que ninguna nos salte. Ellas huelen, ellas saben.
Con el agua hirviendo, quito la tapa para servir. Me descuido un segundo, uno, para buscar la sal. En ese momento escucho un plop y un chillido agudo. La rata más gorda que jamás he visto cayó a mi caldo y no puede salir. Por un momento sus orejitas me dan risa, hasta que la veo hervir. Los chillidos me taladran los oídos. Su desesperación por querer salir me da náuseas. Siento que me mira arrepentida de esa decisión en la que, por un antojo, se le fue la vida. La rata muere intentando salir del caldo hasta el final. Su panza se hincha y la veo dar su último aliento.
No hay dinero ni tiempo para comprar otra cosa para comer. Yo podría aguantar, pero mi papá está enfermo. Tiene que comer algo antes de que el hambre lo haga caer en su propio caldo.
—Antonio, ¿qué pasa? ¿Qué es ese olor? —pregunta.
El ruido lo despertó. La cocina es un desastre. La rata al fin deja de retorcerse. Le pongo la tapa a la hoya para no verla más.
En mi mente hay un umbral que quisiera olvidar, pero hoy no es el día para meterle un barbitúrico. Tengo que olvidar lo sucedido, a mi papá sorbiendo el caldo y diciéndome: «qué rico estuvo todo. ¿Dónde conseguiste la carne?», con una alegría tan natural que se parece a la carita feliz de una envoltura de chocolate. Lo que quisiera consumir para olvidarlo me dejaría peor que un vegetal. Yo, que me jactaba de haber sobrevivido a los disparos sobre mi cabeza y al hambre, a la carnicería de las noches y a la calle, con todo y mis abusos, los propios y los ajenos. Yo, que he dicho siempre que me sostuve con mis piernas en contra de mi natural soledad, me le quedo viendo fijamente al cadáver del roedor y sus huesos en el plato de mi viejo. Entonces me surgen muchas ideas, y ninguna es sana, cuerda, ni ética, mucho menos legal, pero no puedo evitar saborearme la carne y pensar que ya nunca más pasaremos hambre, y además, nos ganaremos algún dinero.