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VALERIA HERAS TREJO
No tuve que ir al médico para saber que algo habitaba dentro de mí. Recordé aquella noche que dio origen al caos. Ni siquiera supe el nombre de su padre. Tal vez nunca lo sabré. En esa velada muchos clientes acudieron a mí. El vientre me dolió por la madrugada, no pude dormir. Sentí como si me desgarrara por dentro. Los días que siguieron fueron aún peores. Me veía demacrada, pálida. La gente me preguntaba si estaba enferma; yo les respondía indiferente que no, como si el cansancio fuera mi estado basal.
Sin embargo, aquella semilla comenzó a consumirme.
En sueños vi el rostro de un ser deforme, con odio en la mirada, los ojos enrojecidos y llorosos. Tenía la cabeza aplastada, como si se la hubieran golpeado con un martillo. Su cuerpo estaba arrugado y lleno de ampollas. Y su llanto, ¡Dios mío! Su llanto me reventaba los tímpanos. Yo lo abrazaba con un fingido instinto materno, pero él me mordía. La verdad es que solo deseaba deshacerme de él, pero también anhelaba morir. Tal vez el nacimiento de ese monstruo sería mi salvación.
Mi abuela, que era mi única familia, vivía conmigo. Su ceguera no engañaba a su sabiduría.
—Tú no estás bien, Inés. Nunca lo has estado, pero ahora sé que estás peor, como si algo se pudriera dentro de ti.
—Calle, señora —le decía metiéndole otra cucharada de frijoles refritos a la boca.
Quería a mi abuela como a nadie. Ella fue la única que me cuidó cuando su hija me abandonó al nacer. No la recuerdo, la raíz de mi estúpido origen, el ser del que no probé su calostro ni sentí el calor de su cuerpo.
La abuela era analfabeta, pero Dios la compensó con verbo. Era capaz de convencer a cualquiera, y gracias a eso aprendí a leer y a escribir con uno de sus clientes, ya que la escuela no era para mí, porque si se enteraban de su trabajo no volveríamos a vernos, me lo decía una y otra vez.
Me cuido a su manera.
No recuerdo muy bien mi infancia, salvo que la abuela y yo vivimos en muchos lugares, incluso en las casas de algunos de sus clientes que nos tenían lástima, y a los que nunca dejó que me tocaran; otras veces nos tocó dormir en la calle. Hubo días en que hasta nos quedamos sin comer.
Conforme los años pasaban, las deudas crecían, pues el cuerpo de mi abuela cada vez se deterioraba más. Su oficio la consumió, así que cuando cumplí dieciocho años le pedí que me lo enseñara.
—Ya no tengo dinero, Inés. Los clientes ya no me buscan por vieja —su voz aguardentosa se quebró—. Intenté apartarte de esto, pero parece que es una herencia maldita: yo, tu madre, mi madre, su madre…, todas las madres de esta familia. Parece que es lo único que sabemos hacer bien. Aquí nunca hubo padres. Lo que te hizo mi hija fue una aberración, un pecado. A pesar de todo, las madres de esta familia jamás abandonamos a nuestras hijas, óyeme bien, ¡jamás! Aunque estuviéramos tan jodidas que ni pa una tortilla…
Lloró. Nunca antes la vi llorar, ni tampoco después.
Yo me quedé callada. Aquella mujer que me abandonó fue solamente mi procreadora. Sentí su odio desde que nací, y para que nunca lo olvidara me dejó algunas quemaduras de cigarro en el cuerpo.
—Vete, necesito estar sola.
Abrió su botella de charanda y se la bebió a grandes sorbos. Pese a su llanto no se opuso a que siguiera sus pasos.
Cuando volví, la abuela me pidió que le prometiera que iba a cuidarme siempre.
—Hija, no te embaraces a la primera, ni tengas sentimientos por nadie. No dejes que te lastimen nunca —me dijo.
Entonces me enseñó todo lo que necesitaba saber del oficio de usar mi cuerpo como ella lo hizo.
—No dejes que esto sea para siempre, no lo permitas —remató, y percibí su aliento añejo.
De aquella charla ha pasado un lustro. La abuela está cada vez peor. Necesitaba más medicamentos y cuidados, así que tuve que trabajar de noche y de día. Perdí la noción de todos los hombres y mujeres que pasaron por mi cama. Deseaban mi cuerpo, y yo saqué provecho de eso.
A veces me pedían que no usara el preservativo a cambio de un pago extra, así que accedía diciéndome a mí misma que no pasaría nada por hacerlo solo una vez.
Pero no fue una vez ni por error.
Pasaron las semanas y empezó a ser más evidente lo que me pasaba: mi cuerpo cambió, y aunque perdí peso, la ropa ya no lograba esconder mi panza. Por las noches soñaba con él. Sé que me odia, tal vez más de lo que yo odio a mi procreadora.
Una noche soñé a mi deforme hijo siendo amamantado por ella, y ella lo amaba. Yo me reí, y entre más me reía más se me rompía el corazón.
—¡Malditos sean! —les grité y desperté empapada en sudor.
La abuela fingió estar dormida a mi lado. No necesitó preguntarme nada: sabía lo que me pasaba.
Desde esa noche, aquella pesadilla se volvió recurrente.
Una mañana la abuela me dijo:
—Inés, hija, ven.
Me acerqué. Estaba en su mecedora. Tenía una taza humeante entre las manos. La miré directo a los ojos ya casi blancos por la ceguera.
—No eres tu madre, ni eres ninguna de las madres de esta familia rota. Ten, conseguí algo para hacerte este té. La decisión es tuya.
Tomé la taza y percibí el olor amargo de aquel líquido caliente y oscuro. Lo acerqué a mi boca, y antes de dar el primer sorbo sentí como si aquel ser me desgarra el vientre por dentro. No pude mantenerme en pie. Escuché el ruido hueco de mi cabeza chocando contra el piso y la taza rompiéndose a mi lado. Mi abuela ni se inmutó. Incluso me pareció ver que sonreía con tristeza.
En mi sueño vi por primera vez el mar, a un niño, y a unas mujeres que, cariñosamente, lo vigilaban mientras corría en la playa. Creí reconocer a todas.
A veces las pesadillas también son hermosas.