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ALÁN HEIBLUM
Para Nico Gaudenzi
Durante mucho tiempo se creyó que el encuentro entre Octavio Paz, Wolfgang Paalen, André Pieyre de Mandiargues y Kojin Toneyama, ocurrido en Tepoztlán en la primavera de 1958, pertenecía a esa clase de episodios cuya realidad histórica es indudable, pero cuya sustancia se ha perdido para siempre. Se conservan las fotografías de Bona Tibertelli de Mandiargues, algunas cartas cruzadas entre Paz y Mandiargues, referencias dispersas en memorias posteriores y el recuerdo, nunca del todo coincidente, de quienes los vieron recorrer el pueblo antes de emprender el ascenso al Tepozteco. De la conversación misma, sin embargo, no parecía haber sobrevivido nada.
Esa convicción resultó prematura. En plena pandemia, en 2021, encontré el correlato sonoro en la Fonoteca de Coyoacán, cuya sede es la histórica Casa Alvarado, última morada de Paz. Una caja sin inventariar contenía la cinta magnética bien fechada y un grabador portátil Nagra III. La presencia del aparato llamó inmediatamente mi atención: el modelo, diseñado por el ingeniero polaco Stefan Kudelski, había sido presentado apenas unos meses antes, en 1958, y su distribución era todavía excepcional fuera de Europa. Sigo sin explicar cómo pudo llegar tan pronto a México.
Antes dije que la cinta llena el hueco que nos convoca, aunque en realidad multiplica los vacíos. Ninguna de las pruebas conservadas —ni las fotografías de Bona, ni las cartas de Paz, ni las memorias de Mandiargues— pierde autenticidad; simplemente dejaron de poder leerse del mismo modo. Cada documento comenzó a corregir a los demás. La grabación, por ejemplo, demostraba que los cuatro escritores habían conversado durante la comida en un restaurante cuyos registros municipales sostienen que fue inaugurado muchos años después. No obstante, lo verdaderamente inesperado fue otra cosa: la cinta registró una voz desconocida. Las primeras hipótesis supusieron que se trataba de un acompañante que permaneció en el pueblo. Una prueba secundaria sugirió que se trataba del nieto de la propietaria del establecimiento, aunque, según su registro, tampoco debería figurar ahí. Al parecer, de manera clandestina, durante la ausencia del grupo encendió varias veces el Nagra. Grabó su propia voz, el ruido de los platos, algunos ruidos del fondo, el silbido del viento que entraba por la puerta y el tañido de unas campanas. Después rebobinó la cinta de manera imperfecta.
Entre las conversaciones —todas en francés— que hoy pueden reconstruirse con relativa claridad hay una que ocupó poco más de un minuto. Antes del ascenso esto fue lo que al parecer se discutía.
Se escucha la inconfundible voz de Paz:
—Cocteau dijo una vez que si el Museo del Prado estuviera en llamas y pudiera salvar una sola cosa, salvaría el fuego.
Paalen respondió de inmediato:
—Dalí corrigió la ocurrencia. Dijo que él salvaría el aire de Las meninas.
Se escuchan algunas risas, el golpeteo de una cucharilla contra la taza y una silla que se arrastra. Entonces una voz —que por el timbre y el ritmo bien podría ser la de Toneyama— pregunta:
—¿Y ustedes? ¿Qué salvarían?
La respuesta de Paalen llega casi sin vacilar.
—Yo también salvaría las metamorfosis de la sal.
Nadie parece sorprendido ni pide aclaraciones. La conversación deriva enseguida hacia otro asunto. Durante un largo rato —aproximadamente tres minutos— habla Toneyama sin parar. Explica una antigua técnica plástica japonesa, el takuhon, mediante la cual un pez entintado deja sobre el papel la memoria exacta de su cuerpo. Luego la grabación se vuelve casi ininteligible.
Segundos después la cinta se interrumpe. Aquí es donde suponemos que el grupo subió al Tepozteco. Lo que sigue en el audio pertenece al supuesto nieto de la propietaria. Primero se oye el clic del mecanismo. Luego un largo silencio, platos, una puerta que se abre y, finalmente, una voz insegura:
—Probando, probando…
Aquello se repite, pero ya no es la misma palabra.
—Proveyendo, proveyendo…
He preferido subrayar esta vacilación porque acaso resume mejor que ninguna otra cosa el destino del archivo: aquella máquina que estaba siendo puesta a prueba, inadvertidamente comenzaba a proveer las piezas que durante más de sesenta años faltaron para reconstruir la conversación.
La fotografía más conocida de Bona Tibertelli de Mandiargues pertenece al intermedio. Cuando el grupo regresó del Tepozteco, la grabación continuó —seguramente creyendo que el carrete seguía exactamente donde lo habían dejado—. Después de algunos ruidos de operación se escucha a Bona conversar unos minutos con la propietaria del establecimiento. La mujer les pregunta primero cómo estuvo la comida y si iban a querer algo más o solo tequila. Gracias a esa pregunta sabemos lo que el archivo jamás habría considerado digno de conservar: que el platillo principal del menú consistió en jaibas desnudas. Luego pregunta cómo les fue en «la montaña mágica». Una voz —que acaso sea la de Paalen— responde entre risas que el monte había obrado una síntesis. Nadie agrega nada.
Bona interviene entonces para contar una anécdota de la cima. Le explica a aquella mujer que en la cima, antes de levantar la cámara:
—…les pedí que hicieran una breve pausa para recuperar el aliento. Contestaron que no era necesario. «¿No?», inquirí. Afirmaron que no lo habían perdido. «¿Cómo es posible?», les pregunté entre grandes estertores. «Somos escritores», respondió mi marido. «A eso nos dedicamos: a cuidar el aliento», aclaró Paz.
Lo demás pertenece nuevamente a las conjeturas. Quizá elaboraron sobre la salvación y los salvadores o las metamorfosis de la sal. Quizá la verdadera cima no fue el Tepozteco sino la conversación misma. O quizá no ocurrió nada de eso y solo permanecieron unos minutos en silencio contemplando el valle, satisfechos de haber encontrado una imagen que ninguno alcanzaría después a escribir. Por mi parte, creo que esto mismo pudo ser el verdadero tema de aquel encuentro: no aquello que se dice, sino la obstinación con que se escucha y la transigencia con que se recuerda.