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RODRIGO TORRES QUEZADA
—Me voy a cambiar de casa —me dice Pedro por teléfono—. Así que quiero hacer una junta entre nosotros tres antes de que tenga que envolver todo y esto se convierta en un despelote.
Le aseguro que ahí estaré. Hace mucho que no voy a su casa. Antes —desde la época del colegio— era nuestro «centro de operaciones», el lugar en el que nos encerrábamos a jugar videojuegos, comer pizza y tomar cerveza. Ahí también vimos nuestra primera película pornográfica. Con los años, apenas nos quedó tiempo para vernos. Cada uno debía cumplir su jornada laboral y a veces, muchas veces, el trabajo nos seguía a casa. Fue muy difícil volver a reunirnos para revivir nuestras andanzas. Había ocasiones que lo deseábamos, pero algo surgía de último minuto y no podíamos salirnos del libreto. Por lo tanto, nuestras juntas se redujeron a un encuentro casual en el paradero de locomoción. Pero hoy nos reuniremos los tres, porque siempre fuimos tres.
Llego a su casa. Hay timbre pero prefiero llamarlo a voces, como era la costumbre. Aparece Pedro y se acerca a abrirme la reja. La casa luce igual salvo por detalles como la pintura y el cambio de los postes en la entrada. Pedro luce distinto, un poco desgarbado, con los años en los ojos y un caminar que me recuerda a mi fallecido abuelo. Nos abrazamos. Me invita a pasar. Dice que Felipe ya ha llegado. Me alegro.
Dentro, su familia ha decorado el árbol navideño, y guirnaldas de papel aluminio se esparcen por las paredes cual lombrices. No pareciera que van a mudarse. Algo en ellos los impele a permanecer. Yo mismo tengo ganas de que nadie parta.
Atravesamos la sala de estar y subimos por las escaleras; hay juguetes tirados en los peldaños. Pedro me pide que tenga cuidado. Al parecer, su hija vino a visitarlo. Me pregunto: ¿qué se sentirá tener hijos? En la habitación de Pedro está Felipe jugando un videojuego. Están estrenando la nueva consola de Pedro. Al verme le pone pausa y se acerca a saludarme. No ha crecido en ningún aspecto, salvo que algunas arrugas se le han acentuado en la frente y en la sien. Pienso en las guirnaldas que surcan las paredes. Pedro me pide que me siente en el sillón en el que está también está Felipe. Observo en derredor. Nada ha cambiado. Incluso un póster de Naruto y otro de Evangelion siguen en la pared como testigos de nuestra amistad más arcaica.
Siento algo en el pecho. Afuera, en la calle, escucho gente gritando. Parecen muchachos ebrios que se amenazan.
—Menos mal que ya nos mudamos —exclama Pedro.
Felipe se ha concentrado de nuevo en su juego con la misma actitud de hace cinco, diez, quince años atrás. Pienso en lo que significa crecer. Nos han mentido. Los psicólogos, los profesores, la televisión…, nos han mentido.
—Este juego lo cambié por el Super Mario All Stars, una reliquia del Super Nes, más un volante de Play dos —Pedro me explica todo eso como si fuera importante. Y puede que sí, que todo se reduzca a un videojuego.
Entre los cachivaches, que en realidad son una infinitud de cables, consolas, micrófonos, una mezcladora de sonidos y un televisor viejo, sobresalen algunos envases vacíos de papas fritas. Un yogur a medio terminar está ladeado; una gota densa espera con paciencia a caer.
—Perdonen, no he ordenado —se excusa Pedro.
Yo río.
—Hombre, te vas a cambiar de casa, no es necesario ordenar —le contesto.
Entonces los tres reímos. Hacía tiempo no nos reíamos los tres juntos. Yo en particular, hacía días que no me reía, desde que González hiciese una broma en el trabajo acerca del número de calzado del jefe. Y pensándolo bien, no valía la pena reír por algo así.
Pedro nos convida una fuente con suflés y ramitas, todo mezclado con maní. Comemos como si nos hubieran tenido encerrados por días. Recuerdo cuando éramos más jóvenes y hacíamos el mismo ritual: sentados en el sillón con los joysticks en las manos y uno de nosotros sosteniendo entre las piernas el pote de frituras del cual los tres sacábamos. En ese sillón el tiempo había quedado marcado. Casi podía leerse en cada capa de su tejido las eras, los períodos y los hitos de nuestra juventud. Me sentí un arqueólogo desentrañando los tesoros de una cultura extinta.
Felipe suelta una serie de garabatos. Ha perdido en el juego. Se enoja tal como antaño, creyendo que ha perdido toda esperanza. Pedro aún mantiene silencio acerca de su vida. No ha dicho nada sobre adónde se irá a vivir, no ha mencionado nada en absoluto de su hija, ni nos ha contado un poco sobre su trabajo. Pero sí sabemos que tiene la nueva consola PlayStation XV. Enciende el computador y nos muestra fotografías sacadas del día que se la compró. Un par de amigos posan junto a él con rostros divertidos. Le pregunto a Pedro si en ese momento estaba en algún cosplay, debido a lo llamativo de las vestimentas de sus amigos. Se pone serio y me dice que no. Yo sonrío. Afuera, en la calle, la gente sigue hablando fuerte. Me parece muy extraño que la vida allá se desarrolle de forma tan primitiva. Aquí dentro, como en los viejos tiempos, vuelvo a sentir esa sensación de estar en un búnker, no solo protegido del peligro de la rutina, sino también del paso inexorable del tiempo.
—Este juego no tiene las mismas gráficas que el del Muerte Total V. De hecho, ciertos pixeles ralentizan la imagen. Eso fue un retroceso y la empresa tuvo que subir parches para solucionar el error. Por suerte este es un demo, y la resolución es más nítida —explica Pedro.
Observo su gesto ensimismado. Está, pero no está. Supongo que es la cara de quien debe dejar atrás algo en donde ha quedado impregnada su esencia, su propia historia. Río para mis adentros. ¿Cuál fue nuestra historia?, pienso. Pedro nos sigue explicando más cosas acerca del juego: el guión que hay detrás, quiénes fueron sus creadores y el por qué de la demora en ver la luz en el mercado. Entonces pienso que quizás ha sido esta: la historia de un videojuego, no importa cuál, que transcurrió en la pantalla. Los hubo de disparos, con gráficas en tres dimensiones, de alta definición, sonido surround, y todo eso rellenó nuestros átomos sellando el vacío que hubiera entre ellos. Felipe ríe. Pedro ríe. Yo río. No sé por qué lo hacemos. Debe ser porque estamos juntos. Y porque esta casa ya no será más nuestro búnker. Y aunque hace tiempo que no hemos estado aquí, el simple hecho de saber que ya no volveremos a estar en ella me crea una sensación que no puedo describir. Acaso exista algún videojuego que pueda hacerlo por mí.
Felipe eructa. Reímos. Veo a Pedro cabizbajo. Deja a un lado su joystick. Observa su habitación.
—¿Se acuerdan de esa vez… —habla, pero se detiene. Luego, continúa—, cuando invitamos a unas amigas de mi primer trabajo? Apenas si cabíamos aquí.
Felipe pone pausa al juego. Yo no estaba jugando. Creo que no jugaré.
—Ah, sí —le digo—. Ese día fue genial. Siempre que me acuerdo me río mucho.
—Una de ellas se puso a bailar arriba de la cama —cuenta Felipe—. Y se tropezó con tu Play cinco, y se sacó la mierda.
Todos reímos, pero ese día Pedro se enojó mucho. La chica estaba adolorida y en el suelo mientras él la retaba porque casi tira su consola.
—Estamos viejos, muchachos —dice Pedro.
Es como si de pronto aflorara el verdadero motivo por el cual nos invitó a su casa. Quería decir algo pero prefirió tantearnos, amoldarnos con sus juegos, para luego cerciorarse de cuánto habíamos cambiado. Al descubrir que seguíamos tal como él, iguales en todo aspecto, se decidió a conversar.
—No, la juventud se lleva por dentro —dice Felipe, cual si hubiese citado la frase de algún libro de autoayuda.
—Pasamos muy buenos momentos.
Pedro alza la vista al techo de su pieza. Me doy cuenta de que ha pintado hace poco. Se va a mudar, pero aún así se dio el tiempo de retocarla. Toco la pared con la intención de sentir algo. Suspiro.
—Muy buenos momentos —repite.
Entonces comprendo que ya no se trata solo de su habitación. Ni de la casa. Se trata de nosotros. El trabajo nos había separado de alguna forma, lo mismo que la familia y las responsabilidades. ¿Qué podríamos esperar de la distancia a la que nos enfrentaríamos?
—Aquí se forjó nuestra amistad —exclama Pedro cada vez más introspectivo. Tanto, que siento cierto temor.
—La amistad siempre seguirá ahí —dice Felipe.
Sus expresiones tan calculadas en realidad esconden lo mismo que siento yo: desconcierto.
—¿A dónde te vas? —le pregunto.
Él sonríe.
—No es tan lejos. Cerca del centro.
Su sonrisa es apabullante. Sabe mejor que nosotros que da lo mismo el lugar. De alguna forma, algo mayor ya había hecho mella y escarbado en nuestra unión fraterna: era el tiempo, la vida, el todo.
—Oh, supercerca —dice Felipe jugando muy bien su papel de optimista.
Pero la vida, tarde o temprano, siempre te lleva al sitio con menos luz porque, no sé, así es esto. Y punto.
De afuera, las voces me llegan con su demoledora cotidianeidad. La gente parece invadir con sus cuerdas vocales nuestro tendido de cables. Sin embargo, esta vez ningún conjunto de alambres de cobre puede defendernos. Nuestro búnker se está desvaneciendo. Nosotros, como espectros de una época que no merece la pena ser contada, porque no hay mucho que contar, también nos desvanecemos. Ya llevamos la mitad de la carrera hecha. No falta tanto para la meta.
—¡Treinta y tantos años y aún seguimos igual! —dice Pedro.
Yo sonrío. ¿De verdad le parece que seguimos igual?
—Da lo mismo la edad. No te enrolles —insiste Felipe.
Nada puede contra el muro de su coraza formada a base de oraciones de autoayuda. Él ve las cosas simples. Y quizás así sean.
Pedro se pasa una mano por el rostro. ¿Es que acaso recién se da cuenta de su propia persona, de que ha crecido? Hace tiempo que yo me di cuenta de eso. Por tal motivo evito tocarme el rostro y mirarme al espejo. No vale la pena.
Pedro hace un ademán para que sigamos jugando videojuegos. Sin embargo, se arrepiente. Hurga entre el cableado, la basura, los DVD, los cartuchos y los cachivaches, y extrae su mezcladora de sonidos.
—¿Y si grabamos un programa como los de aquellos tiempos? —dice con la misma sonrisa de niño con la que grabamos nuestras primeras locuras.
Tanto Felipe como yo asentimos, aunque ninguno de los dos está convencido. Hace tiempo que dejamos de jugar a los youtubers. Y es que el tiempo tiene ese gusto por la imagen lozana y en apariencia eterna. Vaya vanidad en el reloj.
Pedro coloca la cámara, conecta los cables y los micrófonos a los puertos de entrada de la consola de sonidos. En los puertos de salida conecta los audífonos para que podamos escucharnos y saber si nuestras voces están a un nivel adecuado.
—Debo ponerle poca ganancia para que no se oiga tanta interferencia —nos explica como si volviera a nacer.
Enciende la pantalla de plasma del computador y abre el programa de videos. Ahí aparecemos en la pantalla. La tecnología se ha complejizado tanto que me surgen preguntas que evito hacerle a Pedro. No deseo oír una cháchara técnica. Solo quiero que cumpla este capricho y lo acabe pronto. Veo mi imagen, y lo único que quisiera es que apagase la pantalla. Felipe me observa. Parece que también tiene esa sensación. Hace mucho que no grabo nada.
—¡Hola, amigos cibervidentes de internet y Youtube! ¡Han vuelto sus amigos más irreverentes! ¡Saluden muchachos!
Hacemos gestos ridículos. Pedro nota que estamos incómodos. Apaga la cámara. Nos observa extrañado. En realidad yo no estoy tan incómodo. Debe ser que mi rostro se ha vuelto incómodo para la pantalla. Eso también era inexorable.
—¿Pero qué pasa? —pregunta Pedro.
¿Será necesario darle cátedra sobre la descomposición paulatina del cuerpo humano? Esta cáscara tiene un game over.
—¿No se acuerdan de nuestros programas? —pregunta Pedro, compungido—. Éramos locos, irreverentes. Eso éramos… Eso somos. Miren.
Entonces busca una carpeta en su computador titulada Videos muy freaks, en la que hay decenas de grabaciones en formato AVI.
—Esta es una sorpresa. El otro día, registrando en mis carpetas, lo encontré —explica Pedro—. Es un video que nunca subí a Youtube. Yo creo que me dio flojera hacerlo. Estoy seguro de que lo verán y tendrán ánimos para grabar.
—¿Y en ese video de qué hablamos? —pregunta Felipe.
—De puras leseras —contesta Pedro—. Aún no lo veo completo. Llegué al minuto diez, pero dura como veintisiete.
Entonces, los tres, rememorando nuestros mejores días, nos echamos hacia atrás en el sillón y observamos esos rostros jóvenes con acné, casi infantiles, y esos cuerpos delgados que incluso nos hacen parecer apuestos. Siento algo en la garganta. Felipe no dice nada.
Pasan los primeros diez minutos. No me he reído mucho, no porque sea un video aburrido sino, por el contrario, porque lo mejor de mí se quedó ahí en la pantalla. Me siento como si observara un espejo que refleja el revés mío, no solo en cuanto al ángulo de posición, también al ángulo de mi mundo interno.
—De esta parte en adelante no he visto nada —exclama Pedro.
Más bromas, más risas. Es increíble que esos fuéramos nosotros. Felipe ha optado por mirar hacia el suelo. Yo, de vez en cuando, torno la vista hacia la ventana. Afuera, la gente habla, se ama y ríe sin cuestionarse nada. Sucede que no han visto grabaciones suyas de hace veinte años.
De pronto, nuestros tres dobles jóvenes se quedan callados en el video. Observan la pantalla con timidez y algo de misterio. Alguien ha abierto la puerta sin tocar ni pedir permiso. Es el padre de Pedro.
—Oigan, chicos, ¿quieren comer pizza? —nos dice en el video.
—Sí —contestamos a un son.
—Es muy simpático tu papá —dice Felipe. El de ahora.
—Sí… Oye, ¿qué ha sido de él? —le pregunto sin mirarle a la cara.
Pasan los segundos. Pedro no contesta. Tanto Felipe como yo volteamos a verlo. Tiene dibujada la fatalidad en el rostro. Se levanta del sillón y cierra el video.
—Ya no está —contesta tratando de aguantar las lágrimas.
No le preguntamos nada más. Luego de unos minutos la situación se relaja. Jugamos un videojuego y vuelve la calma. Luego llega la hora de despedirse. Omito cualquier referencia acerca de volver a vernos pronto. No quiero pensar más en el mañana.
—Siento lo de tu padre —le digo a Pedro cuando lo abrazo.
—Yo siento lo de nosotros tres —responde.
Entonces me doy cuenta de que nuestra historia se quedó atrapada en los circuitos de una máquina. Aquí afuera, para nosotros, ya no hay realidad.