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AMY LU ALFARO
El escrito lo perdió por medio punto —medio punto que, para ser exacta, no quise «regalarle». Pude haberlo redondeado hacia arriba, como lo hago con cualquier otro alumno cuando el esfuerzo se nota. Con Camps no lo hice. Ahora depende del examen oral.
La sala huele a tiza vieja y a ventilador recalentado, a ese aire espeso de diciembre que en secundaria nadie se toma el trabajo de airear porque en quince días cierran las puertas hasta marzo.
A mi izquierda, Ferreira revisa una planilla que no necesita revisar; da clase en el turno de la tarde, en el mismo liceo. Una vez, sin que se lo preguntara, dijo que sabía por qué Camps llegaba tarde todos los lunes. No mencionó nada más. A mi derecha, Duarte anota algo con una letra tan prolija que da gracia.
Ninguno de los dos sabe lo que yo sé. Ferreira, en cambio, sabe algo que yo elijo ignorar.
Veo acomodarse al alumno en la silla frente al tribunal y algo en mí, algo que prefiero no nombrar, se acomoda también. No es satisfacción. Es más preciso que eso: es la calma de quien sabe exactamente dónde va a cortar antes de tomar el bisturí y todavía tiene tiempo de lavarse minuciosamente las manos.
—Bueno, Camps —digo, y abro la carpeta despacio, como si el orden de las preguntas fuera un misterio incluso para mí.
Reviso la primera hoja con la atención de quien de verdad no sabe lo que va a encontrar.
—Hábleme de la Batalla de Las Piedras.
Se le nota el alivio antes de abrir la boca. Habla de Artigas, del sitio a Montevideo, de la fecha —mayo de mil ochocientos once, la dice bien, con esa seguridad de quien estudió lo justo y le tocó lo fácil—. No está mal. Está, incluso, más ordenado de lo que esperaba de él, y por un instante —solo un instante, lo reconozco— siento algo parecido al fastidio porque, un examen que se resuelve bien, es un examen que se me escapa de las manos. Pero dejo que prosiga. Dejo que se relaje en la silla, que baje los hombros, que mire de reojo a Duarte buscando esa sonrisa cómplice que los alumnos buscan cuando creen que ya pasaron lo peor. Tres segundos. Cuatro. Los necesarios para que la caída duela más.
—Muy bien —digo. Cierro la carpeta y señalo el pizarrón—. Ahora, cuéntenos: Convención Preliminar de Paz, mil ochocientos veintiocho.
El silencio que sigue es el bueno, el que se siente en el cuerpo antes que en el aire.
No lo odio. Odiar es un desperdicio de energía que reservo para cosas más importantes. Lo que siento por Camps es más parecido a lo que siente un contador frente a una cuenta que no cuadra: una incomodidad metódica, la certeza de que hay un error en algún lado y que ese error tiene nombre y apellido.
Marzo. Entra al salón sin pedir permiso, como si la puerta fuera un formalismo que a él no le corresponde respetar, y se sienta en el fondo con Vargas y Rodríguez, que lo siguen como perros bien entrenados. Noto, sin detenerme en eso, que la mochila tiene un tirante roto y atado con un nudo casero, y que el buzo del liceo, debajo del pulóver, es dos tallas más grande de lo que le corresponde. No es mi problema. Sigo con la lista.
Vargas necesita pertenecer a algo, a cualquier cosa, y Camps es lo primero que se le atravesó. Rodríguez es distinto: no necesita a Camps, se ríe de sus gracias porque sonreír no lo hace responsable de nada, y eso —una cobardía elegante— me resulta, en el fondo, más irritante que la insolencia franca del otro.
Abril. Interrumpe una clase sobre la Guerra Grande para preguntar, con una sonrisa que ya le conozco, si eso «le va a servir para algo en la vida». Le respondo que probablemente no le sirva para nada y que aun así lo va a estudiar. Se ríe. Los otros se ríen con él. Yo no.
Falta los lunes. Eso lo sé desde marzo, y lo que hago con esa información es nada: lo anoto en la planilla de asistencia, como corresponde, y no le pregunto por qué. No es mi trabajo preguntar por qué. Mi trabajo es enseñar Historia, y la Historia no tiene renglones para lo que pasa en la casa de un alumno los domingos a la noche.
Junio. Un compañero —no es Vargas, que para entonces ya le copia hasta los silencios; tampoco Rodríguez, que se sigue riendo desde una distancia prudente— le dice algo en el pasillo, algo que no alcanzo a escuchar bien, y Camps reacciona con una violencia que está fuera de proporción. Los separan. Va a la dirección. Vuelve al otro día como si nada, y yo anoto también eso pero en un lugar que no es la planilla: es el momento exacto en que decido que lo que sea que le pase a este chico fuera del salón no es mi problema, pero lo que le pase dentro, en cambio, sí lo va a ser. Podría decir que esa distinción es opcional. No lo es.
Septiembre. Esto no lo registro en ningún lado, pero lo tengo, como tengo todo lo que de verdad importa. Estamos en la última hora del viernes, esa hora en la que el liceo entero ya empezó a pensar en otra cosa, y Camps decide que es el momento para hacer un comentario sobre mí. No sobre la materia, no sobre la clase: sobre mí. Algo sobre mi forma de hablar, sobre mi ropa, algo pensado para que el resto se ría y para que yo, en teoría, no pudiera hacer nada al respecto sin parecer que me afecta.
Me afecta. Esa es la verdad que no le voy a dar.
No levanto la voz. No lo mando a la dirección. No le doy el gusto de una reacción que después pueda contar en el pasillo como una victoria. Sigo con la clase, termino la hora, guardo mis cosas con la misma calma de siempre.
Y en algún lugar detrás de esa calma, algo se cierra con un chasquido casi audible, como una carpeta que se archiva en el cajón correcto. No fue el comentario. He escuchado comentarios peores y los he dejado pasar sin que me quite ni un segundo de sueño. Fue la exactitud con la que Camps encontró el único punto donde yo también soy, después de todo, una persona con una vanidad que proteger. Encontró la grieta. La usó. Y con eso, sin saberlo, firmó un contrato que no tiene fecha de vencimiento.
Podría decir que lo que siguió fue consecuencia de eso. No es del todo cierto: lo que siguió ya estaba decidido desde antes. Septiembre solo me dio la excusa que necesitaba para dejar de necesitar excusas.
De Ferreira sé poco, y lo poco que sé, lo sé porque un día, en la sala de profesores, mientras revolvía su café sin mirarme, dijo una frase que no venía a cuento de nada: «Camps falta los lunes porque los domingos, en su casa, las cosas se ponen difíciles». No dijo más. No le pregunté más. Los dos entendimos, en ese breve silencio que siguió, que la conversación había terminado ahí, y que ninguno de los dos iba a volver a abrirla.
Pienso en eso ahora mientras Camps espera mi segunda pregunta con la misma cara que tenía en marzo, en abril, en septiembre. Pienso que Ferreira sabe, y que sabiendo, de todos modos revisa su planilla y prefiere no decir nada, no ahora ni en esta mesa, ni cuando podría inclinar la balanza —con una palabra o un gesto— hacia algo parecido a la piedad. Y pienso, con la frialdad de quien hace un balance contable, que yo tampoco voy a decir nada, y que en eso Ferreira y yo somos exactamente iguales, aunque él probablemente se explique a sí mismo su silencio como un respeto profesional, y yo, al mío, como justicia.
Ferreira levanta la vista un segundo, me mira, vuelve a la planilla. No sé si sabe lo que estoy por hacer. No sé si, sabiéndolo, haría algo distinto. Elijo no averiguarlo.
—Convención Preliminar de Paz —repito—, mil ochocientos veintiocho.
Camps abre la boca; no le sale nada. Es un segundo nada más, pero en ese segundo veo todo lo que necesito ver: el parpadeo rápido, la mandíbula tensa, los ojos que buscan en el techo algo que no está ahí. Busca en su memoria un dato que nunca tuvo, porque nunca se lo di —no en la clase, ni en el resumen que repartí, ni en ninguna parte donde un alumno normal, un alumno que estudia lo que se enseña, tendría derecho a encontrarlo.
—No… —empieza, se detiene, empieza de nuevo—. No me acuerdo bien de esa parte.
«Esa parte» no existe. Eso es lo hermoso, si se me permite la palabra: no hay una parte que no recuerda: hay una parte que nunca tuvo. Y sin embargo, ahí está, buscando en su propia cabeza un fracaso que en realidad es mío, cargando con una culpa que yo fabriqué con la misma precisión con la que fabrico una prueba.
Duarte no levanta la vista. Ferreira sí, un instante, y vuelve a bajarla.
—Tómese un momento —digo con la amabilidad exacta de quien no tiene ninguna prisa, porque el resultado ya está decidido desde antes de que él se sentara.
Camps intenta algo, arma una frase con Artigas y con la palabra «límites» que no responde nada pero suena, por un segundo, a que podría estar respondiendo algo. Lo dejo terminar.
Después pregunto lo último, lo que en realidad ya no necesito porque el examen está resuelto desde la pregunta anterior, pero que hago de todos modos porque lo que se empieza no debe detenerse a mitad de camino.
—Instrucciones del año trece. Explíquenos, aunque sea, la idea general.
Camps mueve la cabeza. No dice que no sabe. Ya no le queda ni eso.
Podría decir que en este punto siento algo parecido a la lástima. No la siento. Siento, en cambio, la satisfacción precisa de un trabajo bien terminado, y me pregunto, con la misma curiosidad clínica con la que me pregunto todo, si esa ausencia de lástima me hace mala, o si simplemente me hace honesta.
Firmo la planilla. Reprobado. La letra me sale igual de prolija que siempre, porque una mano que tiembla es una mano que admite algo, y yo no tengo nada que admitir. El medio punto que no redondeé, las preguntas que elegí, el orden en que las hice. Todo encaja con el mismo rigor con el que siempre corrijo. Al menos eso dice la planilla que acabo de firmar.
Me lo dije en marzo. Me lo recordé en septiembre, después del comentario que sí me dolió, aunque nunca lo admita frente a nadie. Me lo repito ahora, mientras Camps junta sus cosas de la mesa con una lentitud que no es cansancio: es otra cosa, algo que se parece demasiado a la derrota como para que yo lo mire con atención.
Ferreira guarda su lapicera. Duarte ya está de pie. Nadie dice nada, porque no hay nada que decir en voz alta que no vaya a sonar exactamente como lo que es.
Camps se detiene en la puerta, y me mira. No hay súplica en esa mirada, y eso, extrañamente, es lo que más me gusta de él: ni siquiera ahora me da el gusto de rogar.
—Nos vemos en febrero —le digo.
Y lo digo con la misma sonrisa elegante, seca, casi cariñosa con la que digo todo lo demás.