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EL CAMINANTE
Navid sintió el peso del palanquín en su hombro y contempló la escalinata. Los escalones eran tan largos que requerían más de tres pasos para subir al siguiente. El ascenso era de trescientos escalones para llegar hasta la torre del silencio. Apretó la vara con las manos, y bajó la cabeza para orar una vez más antes de dar el primer paso.
Tres varones más lo acompañaban, todos de su familia. Su madre los había elegido, como la tradición mandaba. Cada uno sostenía un extremo de las gruesas varas del palanquín sobre el que su cuerpo yacía. Una multitud se había reunido alrededor de ellos. Navid reconoció los colores y bordados de cada uno de los amigos y familiares que habían venido a presenciar el último viaje de su madre.
El ascenso comenzó. Nadie pronunció una sola palabra. El calor menguante del sol, que cubría el paisaje con una luz rojiza, comenzaba a dar paso al frío de la noche. Los únicos sonidos que los acompañaban eran un coro de viento, y las dunas de arena moviéndose a la voluntad de este. Navid procuró que sus pasos fueran suaves y seguros. No quería que el ruido de sus pisadas manchara la pulcritud del aire.
Su ascensión continuó a un ritmo uniforme. La escalinata a la torre tenía una muy baja inclinación, ya que fue construida sobre una colina, y sus antepasados procuraron no perturbar la su forma natural. El resultado fue el largo trayecto que ahora recorrían hacia la cima.
Navid siguió apretando la vara del palanquín con fuerza. En su mente repasó los cantos de Zoroastro queriendo invocar la calma y los buenos pensamientos de su profeta. Hacer esto se volvió cada vez más difícil, pues la torre estaba cerca. Dirigió una rápida mirada a los otros; todos vestían chilabas teñidas de marrón, cuyos verdes bordados indicaban que pertenecían a la misma familia. Sus cabezas y rostros se encontraban protegidos por capuchas del mismo material. Pero su postura y pasos no delataban pérdida alguna.
Volvió a concentrarse en los cantos sagrados y percibió la presencia de su dios en todos los elementos a su alrededor: el agua del oasis, el fuego del sol, el aire de las ráfagas de viento y la tierra bajo sus pies. Navid agradeció la altura que alcanzaron ya que le permitió observar el panorama completo de la naturaleza. Su armonía perfecta le ayudó a dejar atrás la ansiedad de su ascenso.
Entonces llegaron al acceso de la torre: un simple marco sin puertas que les dio la bienvenida. El suelo del interior estaba empedrado, y al centro había un pozo. La estructura de la torre era una pared alta y circular, y además, sin techo, por lo que desde el interior se veía el cielo. Llegaron cuando los últimos rayos del sol se esfumaron, y el peso del palanquín ya comenzaba a cansarlos. A pesar de eso, ninguno se permitió expresarlo. Avanzaron al centro de la torre. Navid encontró un punto que sintió como el correcto, y con un gesto ordenó que se detuvieran. Bajaron el palanquín en silencio. Al darse la vuelta vio nuevamente el cuerpo de su madre cubierto por el velo mortuorio y sin bordados, pues los colores eran para los vivos.
Navid y su tío Harpago se acercaron al cuerpo para acomodarlo. Los ojos esmeralda del tío lo vieron inquisitivamente cuando Navid agarró al cadáver por los hombros. La pregunta en la mirada de su tío era sobre el siguiente paso del ritual. Con una seña, Navid le indicó que él se encargaría de lo demás. Harpago asintió, y reuniendo a los otros dos, abandonaron la torre.
Ahora estaba solo. Agradeció a la oscuridad por hacerle más fácil su labor. Navid comenzó a retirar el velo mortuorio, pero las manos le temblaron. Se esforzó por contener sus lágrimas. En su mente ya no había oraciones: tan solo memorias de los últimos momentos con su madre.
Recordó las primeras veces que ella compartió los cantos del profeta con él. Su voz fue tan hermosa que Navid nunca pudo escucharla sin conmoverse. A su corazón también acudieron pequeños fragmentos de su vida diaria, ella cocinando, bordando chilabas, sentada en la mesa y platicando por horas con los que la visitaban. Era el alma de su hogar. Finalmente, pensó en la primera vez que se desmayó y la enfermedad que la consumió rápidamente.
En su último recuerdo ella estaba sentada en la cama. Su piel oscura contrastaba con la cabellera blanca. El incienso llenaba la habitación junto al aroma de las flores del oasis. Había orgullo en sus ojos cuando lo miraba. Navid abrazó ese pensamiento mientras retiraba el último retazo, y cerró los ojos rápidamente para no verla; no quería manchar ese último recuerdo con una imagen como aquella. Una vez cumplido el ritual, ahora le tocaba irse. El cuerpo descubierto de su madre se quedaría ahí para que su alma ascendiera a las estrellas. Era el comienzo de un nuevo viaje, tal y como Zoroastro lo había dicho.
Se levantó y caminó lentamente hacia la salida. No vio a nadie abajo; todos se habían ido ya. Y ahí, recargado del marco, su corazón dubitativo le dio un pretexto para quedarse. Tal vez podría presenciar cómo su alma se elevaba hacia las estrellas. Incluso podría ver a Asa-Shubur guiando a las almas por la bóveda celeste. Se sentó con la espalda contra la pared. El frío lo obligó a cubrirse con el velo de su madre. Navid trató de ignorar su presencia, y se concentró en el cielo, en el eterno baile de las constelaciones. Y así se quedó dormido.
Al despertar se dio cuenta de que ninguna deidad había descendido de las estrellas. Solo los buitres habían llegado y volaban en círculos sobre la torre. Sabía lo que pasaría después; no quería presenciarlo. Se levantó, pero antes de irse, volteó a ver por última vez a la yacente figura del suelo. Una vez que se marchara, su madre se quedaría sola; el nudo en su garganta se convirtió en una piedra demasiado pesada.
Navid lloró sin importarle que sus lamentos perturbaran el aire o sus lágrimas profanaran a aquella torre.