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ARI GUZMÁN
9:55 h
Te amo, con los ojos hundidos, perdidos en tu vientre, siempre amante y en ocasiones huraño, pero sonriente a las bromas de mis deseos. Deseos cubiertos de salada miel, viscosa como la flema; flema eres de mis delirios inoportunos, que en hora de clase despiertan al verte sentada a tres bancas de distancia. Recorro tu pierna cruzada de carnosa mezclilla. Tus caderas derramadas en la banca. Tu cintura coronada con sabrosa llantita. Tu espalda recta haciendo lucir la silueta de tus pechos en el suéter beige. Tu mano derecha contesta el examen de Biología; a ratos te llevas la pluma a los labios, la besas, la chupas, la muerdes para que le escurran tintagrafías azules, tan azules como el barniz de tus uñas…
El profesor le arrebató el examen a Edmundo.
—¡Deja de copiarle a Alicia!
—No le copiaba. Solo… la miraba.
El grupo emitió un ¡uy! prolongado, y lanzaron consignas: «¡Son novios! Edmundo quiere a Alicia». Y gritaron festivamente: «¡Beso, beso, beso!». El profesor gritó:
—¡Guarden silencio! Miren nada más. ¡Tenemos un poeta en el grupo! —Comenzó a leer la hoja—: «Te amo, con los ojos hundidos, perdidos en tu vientre…»
La rompió y echó a Edmundo del salón, no sin antes recordarle que lo vería en el extraordinario. De reojo, Edmundo se dio cuenta de que Alicia ni siquiera se había inmutado, y que continuaba contestando el examen. Y cerró la puerta.
Edmundo se recargó en el barandal y vio a la clase de educación física del grupo de tercero: en la cancha se disputaba un partido de fútbol de la banda contra los nerds, que iban perdiendo porque en la portería no estaba Félix, quien en días pasados fue el galán del momento por andar con Zaira, la muchacha más bonita del bachillerato; mientras el resto de sus compañeras jugaban vóleibol, Zaira estaba sentada en la jardinera junto a su fiel amiga, Elisa.
La chicharra sonó. En el salón, el maestro ordenó:
—Dejen de contestar y entreguen el examen, el tiempo se acabó.
Alicia se levantó y entregó su examen. El profesor la miró con una sonrisa complaciente, y sin revisarlo, grafió junto su nombre un diez. Alicia salió rápido.
El pasillo se llenó de alumnos. Edmundo vio salir a Alicia del salón 109, y parecía ir hacia él con paso rápido. Alicia lo miró, y por un instante sintió el deseo, la curiosidad, de preguntarle si era verdad que la estaba mirando, mas no lo hizo. Ya no tenía importancia. Pasó junto a él y le sonrió; luego siguió de largo, rumbo al baño. Edmundo la siguió con la vista hasta que ella cerró la puerta: «¡Ay, Alicia de mi alma! Te amo a moco tendido, con la fuerza detonante de un misil. Te amo con la religiosidad de la blasfemia. Te amo, con rencor y sin ninguna explicación…»
Alicia, sentada en el excusado, exprimía su vejiga. Necesitaba que unas gotas cayeran en la prueba de embarazo para revelar si haber aprobado el examen tendría consecuencias.
12:55 h
El aula 301 es tan común y corriente como el resto del bachillerato público ubicado en la periferia de la ciudad. Estaba sucia, con bancas viejas y desordenadas que han soportado inquietas y añejadas nalgas. La atmósfera amodorraba. El calor del mediodía cantaba una nana, y aún faltaban cinco interminables minutos para salir. Lo único que deseaban los fastidiados alumnos, con sus frentes brillosas, mejillas chapeadas y gestos aburridos, era romper el tedio y huir de la clase de Literatura universal; a ratos miraban su celular, y a ratos al pizarrón que el profesor, ese día particularmente desgarbado, ojeroso y agobiado, garabateaba.
Por el agujero del cristal de la ventana (resultado del enfrentamiento a balazos entre las bandas del Catrín y la del Pepe) ingresaron disparadas dos moscas, que se quedaron sobrevolando las cabezas de los estudiantes. Poco a poco su vuelo ágil, que iba de un lado para el otro, se tornó calmoso y circular. Parecían zopilotes. El seseo del vuelo, la voz calmosa del profesor y el calor ralentizaban el tiempo. Los teléfonos vibraron: un meme del profesor circuló en el grupo de WhatsApp provocando reacciones burlonas.
Una mosca de las se paró en la pizarra. El profesor la vio y sintió la desolación de su existencia, y por un instante recordó lo del día anterior: la expiración, la velación y la última palada de tierra en la tumba de su madre. Fue entonces que detuvo el plumón rojo sobre el blanco lienzo, ahogó sus palabras y se quedó paralizado. Ya no pasaba nada. De pronto, los alumnos comenzaron a preguntarse: «¿qué le pasa al profe?». Elisa, la única que ponía atención, le preguntó: «¿Profesor, se siente bien?».
Sonó la chicharra. Los estudiantes guardaban sus útiles cuando el profesor volteó a verlos.
—¿Ya podemos salir, maestro? —dijo Zaira retocándose los labios.
El profesor asintió con la cabeza.
El aula se fue quedando vacía, como la vida del profesor tras vivir cincuenta y ocho años con su madre; y como un réquiem, el andante zumbido de las moscas cantaba por el descanso de sus almas. Las moscas hicieron círculos sobre la cabeza del profesor; una se le paró en la frente, pero él no la asustó. El cosquilleo peludo le recordó el último beso que su madre le dio, y una lágrima zigzagueó por las arrugas de la ojera hasta enmarañarse en su bigote encanecido.
20:30 h
Zaira, acostada de panza en su cama, hablaba por teléfono con Elisa.
—Pues sí, al inicio yo era el centro de su miniuniverso. La primera semana con Alberto fue i-ni-ma-gi-na-ble, mágica, diría yo. Pero pasaron los meses y todo se desvaneció. Se derritió como una bola de nieve al sol…, no recuerdo en qué película lo escuché, pero suena bien, ¿no? Entonces comenzaron las excusas de siempre: «no tengo tiempo; te llamo mañana; estoy cansado», y otras tantas que me despertaron del sueño de amor en el que estaba tan cómoda; y como dijo la heroína de la comedia romántica que vimos ayer: la tragedia es la sombra de la mujer enamorada. Por suerte, así como se va un amor, aparece otro. ¿Te acuerdas de Félix? Bueno, pues qué te cuento. La mañana del lunes coincidimos en la biblioteca…, ¡cómo eres de mal pensada! Yo solo fui a renovar mi credencial. Te juro que fue mera coincidencia. Él estaba en la fila, delante de mí, leyendo un libro. ¡Qué mamón se veía! Pero, bueno. Le toqué le hombro; él volteó, y lo saludé. En su mirada vi que no le era indiferente. Le dije: «hola, Félix, qué gusto verte». Y le di un beso en la mejilla. Se puso rojo…., ¡sí, qué lindo! Eso me conmovió. La cita se dio por sí sola, como si ya estuviera hecha desde hacía muchos años, como en otra vida… Sí, soy cursi, no puedo ser de otra manera. Te decía: fue la tarde de un miércoles cuando nos vimos. Te juro, tiene una mirada que…, ¿cómo decirlo? Era tierna, transparente, me veía como si mi cuerpo fuera el óleo virgen y sus ojos el pincel que me dibujaba a placer… Obvio, también es de una peli. No me importa lo que digas, yo nunca me había sentido así. Todo lo que viví con Félix fue nuevo, aunque solo fueran dos semanas… ¿Me vas a dejar contarte? Bueno, pues al salir de la escuela, que le digo: «¿quieres ser mi novio?». Pero ¿qué crees que me contestó? «¿Y Alberto?». ¿Puedes creerlo? «Terminamos», le dije. Me le fui acercando poco a poco, ¡y que lo beso! Sus labios temblaban. Y así comencé ese romance por despecho. El viernes lo invité a mi casa para ver una película. Llegó puntual y oliendo mucho a perfume barato. Mis papás estaban arriba, en su recamara, viendo televisión. Le ofrecí un café. Él se quedó en la sala. Entré a la cocina y metí la taza con agua al microondas. Salí y le dije que subiría a mi habitación un momento. Fui a ponerme un short diminuto y un top. Sí, el azul. Quería saber qué sería capaz de hacer al verme así. Bajé, fui a la cocina y sentí su mirada. Regresé con la taza humeante, el Nescafé y el azúcar. Se lo preparé y le di la taza. Algo me platicó, pero no le puse atención porque estaba adivinando el momento en el que me daría un apasionado beso, pero no llegaba. Así que puse la película Cincuenta sombras más oscuras y me acurruqué a su lado. Félix me abrazó y sentí su mano sudorosa cerca de mi bubi, yo bajé mi mano y se la puse cerca de la entrepierna. Alcé la vista, y por fin me dio un torpe y baboso beso. ¿Y qué crees? ¡Que me le subo encima! Él me tocaba las nalgas y yo le mordía la oreja y el cuello mientras le ayudaba a desabrocharse el cinturón cuando… ¡ay, no! ¡Qué decepción! Me levanté y le dije que mis papás no tardarían en bajar, que lo mejor era que lo dejáramos para otro día. Lo chistoso es que, como su pantalón era verde olivo, se le notaba un montón la mancha. Después de aquello duramos de novios solo una semana más. Antier terminé con él, pues Alberto me buscó y me juró amor eterno. No tuve que pensarlo… No, no sé qué será de Félix, amiga. ¿A poco no fue a la escuela?
23:15 h
«…ya va a ser el cumpleaños de mi Licha y aún no tenemos con qué hacerle su fiesta. Voy a tener que pedirle prestado a…» Ahorita no, Jacinto, estoy cansada… «No entiendo cómo puede estar pensando en esto cuando sabe la situación en la que estamos». ¡Qué no, me lastimas! «Mejor lo ayudo, así me deja en paz. Siempre ha sido tosco. Nunca ha sabido complacerme. Cada que me muerde los pezones me arden por días. No como el Agus, ese tipo alto y medio bobo. ¡Ese sí que sabía! Qué bien nos la pasamos la única vez en que nos encerramos en el baño». ¡Jacinto, con cuidado!
—¿Verdad que te gusta? Dímelo, Leonor. ¡Dímelo!
«Dieciséis años juntos y aún me lastima hasta para penetrarme. Y no, no es por falta de humedad, porque aquella vez con el Román… Él decía que era gay, pero ya pasado de copas le salía lo hombre, ¡y qué hombre, Dios mío! ¡Qué manera de besar, de tocarme, de moverse! Ahora solo somos buenas amigas y nos echamos la mano para todo».
—Muévete, mujer. ¡Que te muevas, carajo! ¿Qué no oyes, pendeja?
«Ah, ya está a punto de terminar, qué bueno Ya quiero que se me quite de encima y se voltee a roncar, como desde hace dieciséis años. Para los quince de Alicia le pediré prestado a Román. Quiero darle a mi niña la mejor fiesta, y comprarle ese vestido que tanto le gustó, pues será la única vez que será la reina de algo, ya después… Quién sabe cómo le vaya en la vida. Pero ya me lo imagino, el mes pasado no le bajó. Pinche chamaca, cree que no me doy cuenta…»
23:17 h
Habitación de Félix. En las bocinas de la computadora suena la canción «¡Corre!». Loki, su viejo gato, descansa en la cama. De repente lo mira, bosteza, maúlla, se estira y se enrosca para continuar durmiendo. Afuera pasan unas patrullas con las sirenas encendidas. Los vecinos de arriba otra vez están rechinando el catre. Félix ve el caballito copado de un líquido, apoya los codos en el escritorio y comienza a escribir en la hoja amarillenta:
Queridos padres, disculpen por no ser el hijo que esperaban que fuera. Sé que hubieran preferido que Héctor estuviera vivo y no yo. Mamá, duerme a Loki, por favor, para que no te dé lata.
De nada me sirvió ser un buen estudiante más que para entender que la vida es una enfermedad. Y la cura no está en los libros de física ni de poesía. En ellos solo hallé oscuros tiempos y dolorosos sentimientos. Desde que recuerdo siempre he estado en un rincón como una lata de atún olvidada en la alacena, pero por unos días salí a la vida sin saber que iría directo al camión de la basura. Perdí la esperanza de soportar la vida con el adiós de Zaira. Ahora que suena la que dijo que sería nuestra canción, brindo por ella, que logró hacerme tan feliz. Y brindo también por mi partida.
Loki saltó asustado cuando escuchó caer el cuerpo convulsionado de Félix. Maulló hasta que se quedó quieto. Entonces se acercó a Félix, se le subió al pecho y se estiró para volver a enroscarse ronroneantemente.