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DANIELA LOMARTTI
Hay una pregunta que plantea sin pudor la película Un poeta (2025), de Simón Mesa Soto: ¿de qué sirve un poeta en un mundo que ya no necesita la poesía para funcionar? O mejor: ¿la poesía sirve en un mundo en el que el valor del ser humano se mide por su productividad? Óscar Restrepo, el protagonista derrotado que interpreta Ubeimar Ríos, no es un personaje trágico en el sentido clásico; es decir, no cae desde una altura moral. Más bien, es algo más incómodo: un hombre que nunca estuvo arriba y que, sin embargo, sigue creyendo en la promesa romántica de que el genio, tarde o temprano, será reconocido. Esta creencia es el verdadero motor cómico y filosófico de la película, porque es una creencia que el capitalismo contemporáneo ya no necesita sostener. El mercado no requiere genios: exige productos, y si el producto es un poeta miserable convertido en espectáculo de su propia pobreza, mejor todavía.
Desde Kant se ha discutido la idea de que el arte verdadero es aquel que carece de finalidad práctica porque, de este modo, el objeto estético es algo distinto a la mercancía. Pero dicha inutilidad, que no necesita servir para nada y que en la filosofía idealista es vista como una virtud, pues el arte se justifica a sí mismo, se convierte, bajo el capitalismo tardío, en una condena económica. Un poema no alimenta a las personas, no paga arriendo ni deudas, y tampoco cotiza en la bolsa. Y Óscar lo sabe bien: duerme en su cuarto de infancia, rodeado de retratos de José Asunción Silva, viviendo en el pasado de una vocación que es imposible materializar en el presente. El capitalismo no necesita que Óscar escriba. Lo que sí necesita, y a mí parecer es lo que la película desnuda con crueldad irónica, es la narrativa de Óscar: el relato del artista fracasado, de la miseria transformada en insumo cultural vendible a quienes buscan historias como esta para darle un sentido a sus propias vidas. El arte como algo valioso y extraordinario, sobra. En cambio, el arte como historia de superación o de derrota, vende.
El poeta José Asunción Silva es, en este sentido, mucho más que un ídolo: es el precedente histórico exacto de lo que la película pone en escena. Su vida transcurrió en la tensión entre la necesidad de generar ingresos casi de forma obsesiva, el trabajo en la diplomacia, las importaciones, en administrar una herencia familiar cada vez más endeudada y la certeza íntima de que su verdadera obra era otra: los versos, el ritmo, la musicalidad que renovó el lenguaje poético colombiano. Cuando el barco Amérique naufragó frente a las costas de Venezuela en 1895, Silva perdió buena parte de sus manuscritos inéditos; poco después, ya en la ruina económica, se quitó la vida. Este gesto final condensa la paradoja que Un poeta hereda: un hombre que domina el lenguaje de la belleza y que, sin embargo, es incapaz de aprovecharlo para afrontar su propia existencia. La economía colombiana de finales del siglo XIX no necesitaba al Silva poeta; necesitaba al Silva comerciante, y como tal fracasó. Pero el sistema no distingue entre ambos fracasos: los mide con la misma vara del rendimiento.
Cuando Óscar, borracho y devastado, fantasea con haberse suicidado a tiempo, «como su gran inspirador Silva», no está simplemente citando una anécdota literaria. Más bien, y en este acto, reconoce que la única forma de consumar plenamente el mito del poeta romántico es a través de la muerte, pues solo la muerte cierra el relato sin que el mercado pueda seguir extrayendo plusvalía del artista vivo e incómodo. Vivo, Óscar es un problema; muerto, sería una leyenda rentable. La ironía de la película es que ni siquiera se le concede esta salida, sino que lo condena a seguir fracasando siendo un estorbo doméstico y social, acusado de abusar a la joven que él descubre, quien posee un talento extraordinario para la poesía.
Quizá en este punto presenciamos el giro más lúcido de Un poeta, que ocurre cuando Óscar intenta redimirse ante el hallazgo de Yurlady, que vive en un lugar precario y él pretende convertirla en su opus magnum. Aquí la película señala algo que Pierre Bourdieu describió con precisión: el valor de una obra no depende únicamente de su calidad intrínseca; también depende de su capacidad de circular dentro de un sistema de reconocimiento que combina prestigio simbólico y capital económico. La joven no necesita ser buena poeta; necesita parecer una historia de superación válida para editores y mecenas extranjeros. Los versos «lastimeros» que la organización del festival le exige no buscan expresar una experiencia; antes bien, su propósito es fabricar una expectativa previa ante el público privilegiado sobre cómo debe sonar el sufrimiento ajeno. Es la misma lógica que empujaba a Silva a escribir dentro de los márgenes de lo que la sociedad bogotana esperaba de un caballero-poeta, y que hoy, trasladada un siglo después, empuja a los artistas latinoamericanos a producir su propia exotización para ser legibles en circuitos culturales del Norte Global. Pienso que Un poeta no escapa del sistema que denuncia; lo habita con humor negro sabiendo que incluso la crítica al miserabilismo puede convertirse en un producto exportable. Ahí reside su honestidad: no pretende situarse en un lugar puro, exterior al mercado, lo que busca es mostrar que no existe tal lugar.
La película intuye una verdad incómoda: la reconciliación del artista con su quehacer no puede depender del reconocimiento del mercado porque este reconocimiento es estructuralmente esquivo, arbitrario, ajeno a cualquier mérito. El arte, entendido en su sentido más antiguo como forma de conocimiento, como ejercicio del espíritu, como intento de nombrar lo que no tiene nombre, nunca fue necesario para que el capitalismo funcionara. Tal vez ahí, en aquel lugar incómodo e improductivo, sin valor de cambio pero también sin necesidad de tenerlo, es donde la poesía, la verdadera, la que no se puede vender, todavía puede ocurrir.