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J. R. SPINOZA
Durante casi treinta años de mi vida no supe que existían las becas para escritores. Nadie me habló de ellas. Ningún maestro de la escuela me dijo que alguien podría pagarte por escribir un libro. Y cuando escuchaba la palabra «becario» me imaginaba a un científico, deportista o estudiante con promedio impecable. Yo mismo tenía una beca para estudiar en un colegio donde recibí clases de música y dibujo.
Con la pobreza viene la falta de información, y con ella de oportunidades: una colección de puertas que ni siquiera sabes que existen. Y es imposible desear aquello cuya existencia desconoces. ¿Cómo iba a imaginarme una carrera en las letras si para mí los escritores pertenecían a otro universo? Pensaba en gente mayor y siempre de otros países. Cuando pensaba en escritores mexicanos veía a Sor Juana, que aparecía en los billetes de doscientos pesos y llevaba muerta muchísimos años. Pensaba en Paz, que ganó el Nobel el año en que nací y a quien conocí por las monedas conmemorativas de veinte.
En los años escolares siempre disfruté más las clases de artes plásticas, no porque dibujara especialmente bien, sino porque la de música estaba dirigida por una maestra cuya severidad intimidaba a cualquiera. En la de dibujo, en cambio, incluso podía olvidarme de que llevaba los materiales incompletos, o que mis colores eran los más baratos del salón. Cómo extrañé aquellas clases que nunca volvieron cuando me cambiaron a la escuela pública.
Después, en la preparatoria, quise entrar al club de teatro y fui a preguntar por las audiciones. El responsable apenas levantó la vista: me recorrió de arriba abajo con una expresión que aún recuerdo, y sin decir mucho me hizo entender que aquel espacio no era para mí. Luego supe que la percepción de la belleza del maestro jugaba un papel importante a la hora de permitir el ingreso, por lo que había muy pocos hombres en el club.
Si cuento estas escenas no es a manera de quejerío, sino porque, vistas en conjunto, dibujan algo que me tomó muchos años comprender: que el acceso al arte depende de muchos factores, como la cercanía a alguien que te explique cómo funcionan las cosas, que te invite a participar. Incluso de que exista un maestro que diga la frase correcta en el momento oportuno.
A mí la literatura me acompañó desde muy pequeño. Recuerdo una edición de cuentos clásicos ilustrados que incluían un casete. Cuando mi madre lavaba ropa, yo lo ponía en la grabadora para escuchar las historias mientras seguía absorto las imágenes del libro. No sabía que esos momentos terminarían marcando mi vida.
Muchos años después, en 2019, durante un taller que impartió el maestro Adán Echeverría, escuché hablar por primera vez de las becas para escritores. Fue una revelación. Gracias a él descubrí que existían programas públicos que financiaban proyectos literarios. Me sorprendió más enterarme de su existencia que imaginar la posibilidad de obtener una.
Ese mismo año recibí mi primera beca.
Se dice, y no sin razón, que el dictamen favorable de tres jurados no convierte a nadie en escritor. Estoy de acuerdo. Ningún reconocimiento reemplaza las horas de lectura ni corrige un texto literario. Sin embargo, también es cierto que cuando alguien más cree en su proyecto, el escritor deja de sentirse completamente solo.
La beca no escribe por uno; lo que hace es decirte «continúa». Con el tiempo entendí que la literatura no solo compite contra la falta de talento; también compite contra las jornadas laborales, el transporte público, los hijos enfermos, las cuentas por pagar y el cansancio.
Hace poco, y después de casi diez años, volví a jugar videojuegos. Cuando me casé vendí mi Xbox porque necesitaba el dinero, y sobre todo el tiempo. Cuando eres adulto, el tiempo se vuelve la moneda más escasa. Y todavía más para quien escribe. A veces me imagino la vida de esos autores —se me ocurren tantos— que fueron capaces de retirarse del mundo y construyeron una rutina alrededor de su obra para trabajarla. Pero después regreso a la realidad: que hay que escribir antes de irse al trabajo, corregir durante los trayectos, resolver un nudo narrativo mientras das clase o haces fila en el banco, leer cuando la casa por fin se queda en silencio. Y si además eres padre, descubres que la literatura termina habitando los márgenes del día.
Y si todavía no has conseguido llegar a una editorial formal, tú también debes ser tu propio promotor. Así que escribes, corriges, respondes los mensajes, organizas presentaciones, te promocionas en las redes sociales, llevas libros en la cajuela del automóvil y aprendes, muchas veces por prueba y error, que vender un libro requiere habilidades completamente distintas a las de escribirlo.
En ese camino también aparecen los servicios editoriales. No tengo nada contra ellos. Durante un tiempo yo mismo ofrecí algunos. Preparaba el manuscrito para impresión, diseñaba la portada, gestionaba el ISBN, subía el libro a las plataformas y entregaba los ejemplares impresos. Nunca pretendí ser una editorial; era exactamente eso: un servicio. El autor sabía qué estaba contratando y cuánto costaba. Siempre he pensado que la transparencia es una obligación. Lo que me preocupa no es la existencia de estos servicios, sino el abuso.
Conocí personas que han pagado quince o veinte mil pesos convencidas de que una editorial apostó por su manuscrito, cuando en realidad solo contrataron un paquete de autopublicación disfrazado de un sello editorial que les envía un «dictamen» lleno de elogios, les imprimen unos cuantos ejemplares y les organiza una presentación alimentándoles la ilusión de haber sido elegidos. El problema no es cobrar por un trabajo así. El problema es venderlo como una validación literaria que nunca existió.
Recuerdo haber ayudado a algunos de esos autores a recuperar el control de sus libros después de que uno de estos negocios, de un día para otro, cerró. Les enseñé a subir sus obras a Amazon y a administrar sus propios archivos. Lo que más me impresionó no fue lo sencillo del proceso sino descubrir cuánto estaban dispuestos a pagar por algo que ellos mismos podían hacer en una tarde. No juzgo a quienes aceptan esos tratos. Comprendo perfectamente de dónde nace la necesidad. Publicar un primer libro tiene algo de rito de iniciación. Cuando uno ignora cómo funciona el mundo editorial, cualquier persona que hable con seguridad parece conocer el camino. Otra forma de precariedad también es la ignorancia.
El panorama tampoco mejora cuando uno observa el mercado editorial. Los grandes sellos publican cada vez más libros escritos por celebridades e influencers. Es fácil indignarse y acusarlas de haber traicionado a la literatura. Durante mucho tiempo yo mismo pensé algo parecido. Después comprendí que quizá les estamos reclamando desde la ingenuidad. Una editorial también es una empresa que necesita vender libros para seguir publicando libros. Si Yordi Rosado ha vendido más de dos millones y medio de ejemplares con la serie ¡Quiúbole!, ¿cómo una editorial comercial podría ignorar un fenómeno así? O si Yuya reúne a millones de seguidores, resulta lógico que exista el interés por llevar a ese público a las librerías para convertir cualquiera de sus publicaciones en un éxito de ventas. No hay nada inmoral en ello. Las editoriales no publican a las celebridades porque desprecien la literatura; las publican porque representan una venta asegurada que les permite sostener el negocio, que de otra manera no sobreviviría.
Entonces, la pregunta que debemos hacernos es: ¿qué lugar queda para quienes no llegan con una nutrida comunidad de seguidores?
Tal vez el error ha sido pensar que el mercado y la literatura persiguen el mismo objetivo. No es así. El mercado busca clientes; la literatura busca lectores. A veces ambos caminos coinciden, aunque casi siempre se alejan. Por eso siguen siendo tan necesarias las becas, los premios literarios y los apoyos públicos.
Llama la atención el contraste. Mientras algunos de los libros más vendidos del país pertenecen a figuras mediáticas, los mayores incentivos económicos para un escritor suelen encontrarse lejos de las listas de los best sellers. Por ejemplo, el Premio Nobel de Literatura ronda el millón de dólares; el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana entrega un millón de euros; el Premio Alfaguara ofrece ciento setenta y cinco mil dólares, además de una publicación internacional; el Premio Cervantes concede ciento veinticinco mil euros como reconocimiento a una trayectoria; incluso premios especializados como el Ribera del Duero, el Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, o diversos certámenes nacionales, representan cantidades que pueden darle a un autor el dinero para comprar más tiempo para escribir.
En México, la mayoría amamos el futbol. Es un deporte divertido que en la práctica no tiene clases sociales. Todos hemos escuchado la historia de los jóvenes que fueron descubiertos en un llano perdido y terminaron jugando profesionalmente. Si se repite tanto es porque tal vez son la excepción a la regla. Hoy sabemos que la mayoría de los futbolistas profesionales comenzaron a jugar desde niños en las academias o fuerzas básicas de los clubes. Que hubo padres que invirtieron tiempo y dinero durante años para comprar uniformes, pagar inscripciones y traslados de un municipio a otro para disputar los torneos de fin de semana. También hubo visorías, y para llegar a ellas había que estar en el lugar correcto, el día correcto. Ni siquiera hay academias en todos los municipios del país. El talento sigue siendo indispensable, pero rara vez basta por sí solo. Entre el niño que juega en el llano y el estadio profesional existe una gran brecha de oportunidades desigualmente repartidas.
Con la literatura ocurre algo parecido, solo que el mito es distinto. Nos hicieron creer que cuando un escritor terminaba su manuscrito, lo enviaba por correo a una editorial y, semanas después, lo llamaban por teléfono para anunciarle que su libro iba a tener una gira para promoverse por todo el país. Es la escena que hemos visto repetida en películas y telenovelas, pero la realidad no es cinematográfica. Muchas veces ese correo enviado ni siquiera es leído, o termina en archivado en la carpeta de spam. O se acumula en una bandeja en la que esperan otros cientos de manuscritos más. O simplemente recibe de vuelta un mensaje automatizado de agradecimiento por el interés.
Hace algunos años vi un video de Orfa Alarcón titulado «Banderas rojas en tu manuscrito» y en el que cuenta que, mientras trabajaba como editora, rechazó una novela porque no tenía suficiente calidad. Poco después recibió la llamada de su superior indicándole que el libro debía publicarse, pues la autora estaba dispuesta a invertir una suma importante para la edición. Aquella anécdota me hizo abandonar la idea romántica de que la literatura puede estar separada del interés económico.
Hace unos meses me tocó estar del otro lado de la mesa. Después de haber recibido tres becas para escribir, fui invitado a participar como jurado del PECDA Chiapas. Ahora también tendré la oportunidad de acompañar como tutor a algunos de los autores seleccionados. Confieso que esa experiencia cambió mi manera de entender las becas.
Durante años las vi como un reconocimiento. Hoy las veo, sobre todo, como una apuesta.
Al leer los proyectos entendí que el talento literario está mucho más distribuido de lo que solemos creer. Hay escritores valiosos en distintos lugares del país, con trayectorias, edades y circunstancias completamente diferentes. También comprendí que toda convocatoria tiene un límite, y que elegir un grupo de proyectos no significa negar el valor de los demás. A veces la diferencia entre un proyecto y otro es mucho más estrecha de lo que el público imagina.
Por eso terminé pensando menos en los escritores seleccionados y más en los que nunca llegan a presentarse. En quienes desconocen que existen estas convocatorias. En quienes abandonan un manuscrito porque creen que escribir no puede ocupar un lugar serio en sus vidas. En quienes nunca encuentran el tiempo para terminarlo.
Becarios somos, pero sobre todo, escritores obstinados.