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EIHIR
Cuando tenía diez años, estaba convencida de que los payasos escondían un secreto. Hablo de los que vivían bajo las lonas de un circo, viajando de pueblo en pueblo con sus caravanas, sus baúles repletos de trajes de colores y una sonrisa que parecía capaz de espantar cualquier tristeza. Mi madre decía que solo eran artistas muy buenos en su oficio, pero yo pensaba que nadie era capaz de fingir una alegría así.
Mis favoritos eran los hermanos Rodríguez, conocidos por todo el país como los Payasos alegres. El alto se llamaba Emilio, aunque en la pista lo conocían como Milo. Era delgado, elegante incluso debajo de un traje de cuadros imposibles, y siempre intentaba mantener el orden mientras el espectáculo parecía ponerse patas arriba.
El otro era Kiko, bajo, rechoncho y con una peluca anaranjada que parecía tener vida propia. Bastaba con verlo asomarse entre las cortinas y poner algún gesto para que los niños empezáramos a reírnos antes de que hiciera cualquier otro movimiento. Tenía el extraño don de convertir el desastre en el principio de una aventura.
Nunca olvidaré uno de sus números. Milo trataba de interpretar una pieza para violín con la mayor solemnidad posible mientras Kiko dirigía una orquesta invisible. Con cada acorde desafinado aparecía un animal en la pista: una gallina, un pato, hasta una cabra testaruda que acababa persiguiendo al pobre Milo. Al final, cuando todo parecía perdido, Kiko levantaba la batuta y los animales se colocaban en fila, como si realmente entendieran la orden.
Aquello era mucho más que un truco: era auténtica magia.
Por eso recuerdo con claridad esa mañana de abril. Paseaba de la mano de mi madre cuando vi un cartel en una pared que llamó mi atención:
CIRCO ARCOÍRIS
EL GRAN REGRESO DE DON EMILIO RODRÍGUEZ
Sonreí al reconocer a Milo en la ilustración, pero la sonrisa me duró apenas un instante, pues Kiko no estaba anunciado. Volví a mirar el cartel de arriba abajo, por si estaba escondido, pero nada. Solo estaba Milo.
—¿Qué pasa? —preguntó mi madre.
—Falta Kiko.
—Será otro espectáculo.
Negué con la cabeza.
—Ellos siempre actúan juntos.
—Quizá esta vez no.
Seguimos caminando, pero algo había cambiado. Era como cuando el cielo está despejado pero aun así presientes que va a llover.
Dos días después, mis padres me llevaron al circo. La enorme carpa blanca y azul se alzaba en las afueras del pueblo como un castillo de tela. El aire olía a serrín, algodón de azúcar y palomitas calientes. Los caballos paseaban detrás de las caravanas y los vendedores anunciaban sus caramelos y globos de colores.
Nos sentamos en la grada antes de que comenzaba la función. Todo parecía igual que siempre. Y, sin embargo, no lo era. Las luces brillaban, pero el ambiente se sentía extrañamente apagado. Los artistas actuaban con una seriedad que no había visto nunca. Incluso la música de la banda parecía sonar un poco más lenta. Los trapecistas desafiaron la gravedad, los malabaristas hicieron volar antorchas sobre sus cabezas, y los caballos bailaron alrededor de la pista. El público aplaudía con entusiasmo, pero todos esperábamos la llegada de los Payasos alegres.
El maestro de pista levantó los brazos.
—¡Con todos ustedes, el incomparable Milo!
Volvió a sonar la música, Milo apareció dando un salto y tropezó con un cubo invisible. Durante años ese había sido el momento en el que Kiko entraba corriendo para burlarse de él, pero aquella vez nadie apareció. Milo permaneció un instante inmóvil, tan solo un segundo, pero lo suficiente para comprender que él también había esperado, por costumbre, a alguien que ya no estaba. Se incorporó e intentó continuar. Sacó tres pelotas de colores, y la primera cayó enseguida. La recogió con una sonrisa forzada y volvió a lanzarlas. Esta vez cayeron dos. Todos nos miramos desconcertados.
Después quiso hacer el truco del pañuelo interminable introduciendo la mano en el bolsillo, pero estaba vacío. Recordé cómo Kiko solía aparecer entonces sujetando una larguísima tira de tela mientras fingía no entender de dónde salía. Ahora solo había un silencio incómodo. Milo improvisó una reverencia y sonrió al público, aunque aquella sonrisa no alcanzó sus ojos. Entonces una de las pelotas perdidas rodó hasta mis pies, la recogí y se la lancé. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí un vuelco en el corazón, pues lo que vi fue a un hombre inmensamente solo. Terminó el número entre unos aplausos amables nacidos más de la compasión que del entusiasmo.
Al salir de la carpa, mi padre meneó la cabeza.
—Pobre hombre.
Mi madre suspiró.
—Ha perdido algo más importante que a un compañero de trabajo.
Se encontraron con unos vecinos, y mientras se saludaban, miré hacia las caravanas. Sentí que no podía marcharme sin hablar con él, así que aproveché el descuido y eché a correr. Encontré a Emilio sentado afuera de su caravana, sobre un viejo cajón de madera. Aún llevaba puesto el traje de Milo, pero ya se había quitado la peluca y el maquillaje dejando entrever las arrugas de un hombre cansado.
—¿Don Emilio? —pregunté tímidamente.
Levantó la cabeza y sonrió con una dulzura.
—Ah, la niña de la pelota.
Asentí.
—Perdone si lo molesto.
—En absoluto. ¿Te ha gustado el espectáculo?
—Me gustan mucho usted y Kiko. Pero hoy…
No hizo falta terminar la frase; él comprendió lo que quería decir.
—¿Dónde está Kiko?
Emilio cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, parecía más cansado.
—Murió hace siete meses.
Sentí un nudo en la garganta. No sabía mucho sobre la muerte, solo que significaba que alguien no volvería.
—Lo siento mucho.
—Gracias, pequeña.
Miró hacia la carpa.
—Llevábamos más de treinta años actuando juntos. Llegó un momento en que bastaba una mirada para saber qué haría el otro.
—¿Y por qué sigue actuando?
Emilio dudó antes de responder.
—Porque el circo es lo único que conozco. Cada vez que suena la música, espero oír sus pasos detrás de mí. Pero el silencio me recuerda que él ya no vendrá.
Bajó la cabeza.
—No sé si puedo volver a hacer reír si me falta la mitad del alma.
Lo miré fijamente. Fue la primera vez que contemplé a un adulto sentirse perdido. Quise decir algo para aliviar su tristeza, pero no encontré las palabras.
En ese momento escuché a mi padre llamándome desde la entrada del circo.
—¡Matilda!
Di un paso atrás.
—Tengo que irme.
Emilio asintió. Empecé a alejarme, pero volví una última vez.
—Don Emilio, creo que Kiko no querría que dejara de hacer reír a los niños.
Por un instante una débil sonrisa iluminó su rostro, tan breve como un destello.
—Ojalá que tengas razón.
De noche, ya en casa, me acosté pensando en esas palabras sin imaginar que, mientras dormía, alguien iba a responderlas.
* * *
Aquella noche tuve un sueño tan claro, que cada detalle se quedó grabado en mi memoria con tal fuerza que los años no han conseguido borrarlo.
Me encontraba en el centro de una pista de circo inmensa. No había carpa sobre mi cabeza, sino un cielo de terciopelo azul donde las estrellas colgaban de finísimos hilos de plata balanceándose como pequeños faroles. No había gradas ni espectadores, solo un silencio sereno que no daba miedo.
Entonces sonó un silbato, un sonido breve y alegre.
De entre una cortina de niebla apareció Kiko. Vestía su bombacho amarillo, los enormes zapatos rojos y aquella alborotada peluca anaranjada que parecía desafiar al viento. Caminaba con sus habituales pasitos torpes, pero en lugar de reírme, sentí una inmensa paz al verlo. Sin decir una palabra, se quitó el diminuto sombrero de copa, y de su interior sacó un ramo de flores de papel que, al tocar el aire, se transformó en un manojo de mariposas de colores que revolotearon a nuestro alrededor antes de desaparecer entre las estrellas. Después se llevó la mano a la nariz roja, se la quitó con cuidado, la dejó suspendida en el aire y brilló como una brasa. Lentamente se convirtió en una mariposa de luz que se posó en mi mano.
Kiko sonrió y señaló a algún lugar situado a mi espalda. Me giré y vi a Emilio, solo, en el centro de una pista vacía. Tenía la cabeza inclinada, y sostenía entre las manos una antorcha apagada. Kiko hizo un gesto muy sencillo con las manos, como el del que entrega un regalo, y después señaló el corazón. Lo entendí sin necesidad de palabras: la risa no había desaparecido, solo estaba esperando a que alguien volviera a encenderla. Cuando volví a mirarlo, Kiko ya se alejaba caminando entre las estrellas. Antes de desaparecer levantó una mano para despedirse.
Y desperté.
Todavía era de noche. La mariposa había desaparecido, pero la palma de mi mano conservaba un agradable calor. Me levanté sin hacer ruido. En el escritorio me esperaba un cuaderno de hojas blancas y una caja de lápices de colores.
No pensé, simplemente me puse a dibujar. Primero las estrellas, luego a Emilio en la pista. Frente a él, Kiko sonriendo, que le entregaba una antorcha encendida. Sin saber por qué, dibujé también un pequeño gesto con los dedos de Kiko, como si estuviera saludando de una manera especial.
Cuando terminé, sentí que el dibujo no me pertenecía. Era un mensaje, y debía entregarlo.
* * *
Esa misma tarde convencí a mis padres para acercarnos otra vez al circo.
Encontré a Emilio sentado frente a su caravana sosteniendo un espejo y una brocha de maquillaje blanco. Miraba su reflejo con la indecisión de quien ya no sabe si merece la pena volver a empezar. Al verme, sonrió.
—Hola, Matilda.
—He traído algo para usted.
Le entregué el dibujo, y él lo tomó con curiosidad. A medida que lo observaba, su expresión cambió. Sus manos comenzaron a temblar cuando se detuvo en el gesto de la mano de Kiko.
—Esto es algo que solo nosotros hacíamos en los ensayos cuando a alguno se le olvidaba un número. ¿Cómo lo sabes?
No encontré otra respuesta.
—Él me lo enseñó.
Emilio volvió a mirar el dibujo, y una lágrima, que secó con cuidado para no mancharse, le resbaló por el rostro a medio maquillar.
—Anoche soñé con él —continué—. Me pidió que le dijera que la risa no se pierde, solo cambia de sitio.
El viejo payaso dobló despacio la hoja y la apretó contra el pecho. Se quedó inmóvil un momento, respiró hondo, larga y profundamente, como si llevara mucho tiempo bajo el agua y por fin volviera a la superficie.
—Gracias, pequeña.
Por primera vez su voz sonó un poco más ligera.
* * *
Los rumores de que Milo actuaría por última vez atrajeron a gente de los pueblos vecinos. La carpa estaba llena. Tal y como Milo nos lo había pedido, mis padres y yo nos sentamos en la primera fila. Las luces se apagaron, sonó la música y apareció. Llevaba el mismo traje, la misma nariz roja, y los mismos zapatos enormes, pero el hombre que caminaba hacia el centro de la pista era distinto. Parecía haber recuperado el brillo.
Comenzó el número tropezando con el mismo cubo invisible del día anterior. Pero esta vez, incluso antes de levantarse, un sombrero que salió volando de quién sabe dónde le cayó en la cabeza. El público soltó la primera carcajada. Después llegaron los malabares. Las antorchas subían y bajaban describiendo perfectos arcos de fuego. En un par de ocasiones pareció que alguna se le iba a caer, pero cambiaba de posición en el último instante, como si unas manos invisibles jugaran con ella. De vez en cuando Milo echaba una mirada a una parte de la pista y sonreía, como si le respondiera a alguien. Un cubo se apartó justo antes de que tropezara, y una silla apareció en el momento exacto para evitarle otra caída. El público se reía sin descanso, y yo también. Y por un instante, juraría haber visto la sombra de una peluca anaranjada saltando en el límite del haz de luz. Quizá solo fuera mi imaginación, o quizá no.
Al finalizar el espectáculo, toda la carpa se puso en pie. La ovación parecía no tener fin.
Milo respiraba con dificultad, emocionado. Entonces se llevó una mano al bolsillo de la chaqueta donde había guardado mi dibujo, tocándolo con cariño. Después levantó la vista e hizo una reverencia. No estaba saludando al público sino dando las gracias a un viejo amigo.
* * *
Al final de la función vino a buscarnos. Se arrodilló ante mí, y sin pronunciar una palabra, se quitó la nariz roja y la depositó en mis manos.
—Guárdala bien, Matilda.
—¿Volverán los Payasos alegres?
Milo sonrió. Miró hacia la pista vacía y respondió:
—Nunca se fueron.
Lo abracé con todas mis fuerzas. Aquella fue la última vez que lo vi.
Muchos años después supe que don Emilio seguía actuando. Los niños continuaban riendo con sus números y algunos aseguraban que, de vez en cuando, ocurrían pequeños accidentes imposibles de explicar: un sombrero que aparecía donde nadie lo había dejado, una escalera que se desplazaba sola, una sombra que movía el telón cuando no parecía haber alguien detrás. Quizá eran simples trucos, pero a mí me gusta pensar que la amistad es una forma de magia que no entiende de despedidas.
Todavía conservo aquella nariz roja en una cajita de madera. El tiempo ha desgastado la pintura, y el caucho ya no tiene el brillo de entonces. Pero cada vez que la tengo entre las manos recuerdo lo que aprendí siendo una niña: que la muerte puede separar los cuerpos, pero no las almas. Que las personas a las que hemos amado siguen caminando a nuestro lado mientras sigamos pronunciando su nombre con cariño. Y que un payaso no es solo un comediante que nos hace reír. Es un artista que, incluso en la noche más oscura, nos recuerda que hay una luz esperándonos detrás del telón.