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FELIPE URRUTIA PONCE
La luz sobre los tejados de Santiago a las cinco de la tarde, en el otoño de 1998, tenía el color de una radiografía olvidada en el fondo de un cajón. Yo tenía veintidós años, una bufanda raída que me picaba el cuello y la certeza absoluta de que la poesía era un territorio minado donde todos terminábamos perdiendo una pierna o la cabeza.
Ese año conocí a Esteban en el sótano de la librería El Ateneo, un antro de la calle San Diego donde el olor a celulosa vieja competía con el tufo a fritanga del restorán de al lado. Esteban no era un librero; era un náufrago que había decidido quedarse a vivir en el arrecife. Tenía los ojos pequeños, de un gris acuoso, y las manos siempre manchadas de tinta mimeógrafa.
—Los chilenos escriben como si estuvieran pidiendo disculpas por haber nacido —me dijo aquel día sin levantar la vista de un ejemplar deslomado de Residencia en la tierra—. Escriben con miedo a que los vecinos los oigan. Por eso este país es un cementerio de cartas de amor jamás enviadas.
Yo había llegado a su guarida buscando un número atrasado de la revista Mapocho, pero salí con algo mucho más peligroso: un pliego de papel kraft amarillento, doblado en cuatro, titulado El cometa fugaz.
—Léelo —murmuró Esteban pasándome el fajo como si me entregara un paquete de cocaína o un testamento falso—. Se imprimió clandestinamente en octubre de 1973, en una imprenta de San Miguel, que a la semana siguiente fue allanada por los militares. El dueño apareció flotando en el zanjón de la Aguada. Pero esto sobrevivió.
En la portada, bajo un grabado tosco que imitaba una constelación, aparecían tres nombres firmando el editorial: Arturo Belano, Ulises Lima y un tal Mario Valdivia. Los dos primeros ya eran leyendas de leyenda menor entre los círculos marginales de la capital, los fundadores del infrarrealismo mexicano que habían pasado por Chile como ráfagas de viento sucio antes del golpe. Pero el tercer nombre, Mario Valdivia, era un completo fantasma. No figuraba en ninguna antología oficial, ni en los catálogos de la Biblioteca Nacional, ni en los recuerdos de los viejos bohemios del Café Haití.
—¿Quién es Valdivia? —le pregunté a Esteban sintiendo un leve temblor en las manos que no era precisamente de frío.
—Nadie sabe —respondió encendiendo un cigarrillo mentolado, aunque estaba prohibido fumar dentro del local—. Algunos dicen que era un estudiante de filosofía de la Universidad de Chile. Otros, que era un militante del MIR que se ocultaba bajo la máscara de la poesía vanguardista. Lo cierto es que, después del golpe, el 18 de septiembre se subió a un bus rumbo al sur y nunca más se supo de él. Se esfumó en la neblina de la Araucanía como un perro sarnoso.
Esa noche, en mi pieza de la pensión de la calle Cueto, leí los poemas de Valdivia. Eran textos largos, deshilvanados, escritos con una urgencia febril que recordaba al mejor Cardenal pero con un trasfondo más áspero, más urbano y profundamente solitario. Hablaban de bares donde la cerveza sabía a cloro, de muchachas con abrigos baratos que esperaban micros que nunca pasaban y de una derrota histórica que se masticaba en silencio en las esquinas de la Estación Central.
Al día siguiente llamé a Arturo. Arturo era mi único cómplice en esta cofradía de desahuciados literarios. Nos conocimos en una lectura de poesía donde el único asistente que no era poeta era el dueño del local, y este último se durmió en la tercera estrofa. Nos juntamos en el Bar Opazo, un reducto de mala muerte cerca de Yungay, donde el vino se servía en vasos de vidrio grueso y la música de fondo era un casete gastado de Los Ángeles Negros.
—Valdivia es una invención —me dijo Arturo apenas al sentarse, dejando caer en la mesa un cuaderno lleno de tachones—. Seguro que Belano y Lima se inventaron el nombre para rellenar la última página del fanzine antes de escapar a México. Es una broma de exiliados con delirios de vanguardia.
—No lo creo —le retruqué sacando el facsímil del bolsillo—. Lee este poema. Se titula Carta a los muchachos que vendrán en el año dos mil. Ningún mexicano que haya estado dos meses en Santiago puede recrear con tal precisión el olor a parafina y pan tostado que hay en las poblaciones de San Bernardo en invierno. Eso es carne chilena, Arturo. Dolor con denominación de origen.
Arturo leyó el poema bajo la luz parpadeante de un fluorescente que zumbaba como un abejorro furioso. Suspiró, se acomodó los anteojos con cinta adhesiva en el puente y dio un trago largo a su vaso de tinto.
—Está bien —cedió, con esa sonrisa cínica que usaba cuando estaba a punto de cometer una estupidez—. Si Mario Valdivia existe y vive en alguna parte del sur, o si sus huesos están tirados en una fosa común de Buin, tenemos la obligación moral de encontrarlo. No por justicia histórica, que esa mierda nunca le ha importado a nadie, sino porque necesitamos saber si la poesía sirve para algo más que para escribir dedicatorias tristes en los libros que regalamos a las pololas que nos abandonan.
Así comenzó nuestra pequeña y patética expedición antropológica por los bajos fondos de la cultura chilena de los noventa.
Los primeros días fueron una sucesión de callejones sin salida y café instantáneo en oficinas estatales, donde los funcionarios nos miraban con la indolencia burocrática propia de los burócratas de la Concertación, gente que parecía haber firmado un pacto secreto para olvidar lo ocurrido antes de 1989. Fuimos al registro civil, revisamos padrones electorales viejos en el Archivo Nacional y visitamos la antigua facultad de filosofía de la Universidad de Chile en la calle Macul, donde un viejo bedel con olor a tabaco negro nos aseguró que recordaba a un tal Valdivia que solía dormir en las bancas del patio central durante las huelgas de 1972.
—Valdivia, sí, el flaco ese. Andaba siempre con un ejemplar de Rimbaud en el bolsillo trasero del pantalón y un ojo morado de tanto boxear en el gimnasio municipal de San Bernardo —nos dijo el viejo escupiendo un palillo de dientes al suelo—. Se metió en política hasta las cejas; después vino el golpe y los milicos clausuraron el mundo. A ese cabro lo vi por última vez subirse a un tren de carga en la estación Mapocho. Llevaba una maleta de cartón atada con cordeles y una cara de terror que todavía me duele recordar.
El rastro nos condujo, inevitablemente, hacia el sur. En un país tan largo y angosto como una cicatriz, los fantasmas siempre terminan huyendo hacia la provincia, donde el olvido es más espeso y los carabineros tienen rostros más aburridos.
Vendimos algunos libros duplicados en la feria de la plaza Ñuñoa, juntamos nuestras monedas y compramos dos pasajes en un bus interprovincial que olía a desinfectante barato y a desesperanza. El viaje duró toda la noche. A través de la ventanilla sucia fuimos viendo cómo los suburbios grises de Santiago se transformaban en campos oscuros, siluetas de álamos recortados contra un cielo de plomo y pequeños poblados donde las estaciones de tren parecían decorados de una película muda.
Llegamos a San Bernardo al amanecer. La neblina flotaba en las calles bajas como un fantasma perezoso. Buscamos la dirección que nos había dado el viejo bedel: una casona de adobe dividida en conventillos, cerca de la vía férrea, donde las paredes exteriores estaban agrietadas por el terremoto del ochenta y cinco. Nos recibió una mujer de unos setenta años, con el cabello blanco recogido con un moño estricto y un delantal floreado que olía a jabón Popeye. Se llamaba Rosa. Cuando le dijimos que buscábamos a Mario Valdivia, la mujer no se asustó ni se sorprendió; simplemente se cruzó de brazos y nos miró con una mezcla de cansancio y lástima.
—El poeta —dijo con voz ronca—. Hace veinticinco años que nadie pregunta por ese muchacho. Los milicos vinieron a buscarlo tres días después del pronunciamiento. Rompieron la puerta a patadas, tiraron los libros al patio y quemaron sus cuadernos en una tina de baño. A mí me dejaron viva por pura compasión, o porque al teniente le dio vergüenza pegarle a una vieja que solo arrendaba piezas.
—¿Sabe dónde está, o qué fue de él? —preguntó Arturo con una urgencia casi violenta.
Doña Rosa suspiró, caminó al fondo del zaguán, y de una repisa polvorienta tomó un bote de galletas de hojalata oxidada. De su interior extrajo un sobre manchado de humedad.
—Mario no se subió a ningún tren para México, muchachos. Eso es lo que cuentan los poetas para hacer más bonita la tragedia. Mario nunca salió de San Bernardo. Se escondió en la casa de su tío, al otro lado de la vía, en una toma que se armó a la rápida. Vivió allí escondido como un animal durante dos años, saliendo solo de noche para comprar pan y escribir en papeles de envolver. Pero el miedo es una enfermedad jodida. En el setenta y seis le dio una neumonía galopante, sin médicos, sin remedios y sin un peso. Murió delirando, creyendo que los pacos venían a buscarlo por un poema donde trataba al dictador de general de pacotilla.
Doña Rosa nos entregó el sobre. Dentro había un par de fotografías en blanco y negro —un joven larguirucho con suéter de lana gruesa y una sonrisa torcida, apoyado en una bicicleta oxidada— y un par de hojas manuscritas con caligrafía apretada y temblorosa.
Nos sentamos en la vereda de enfrente, con las piernas colgando hacia la acequia, mientras el sol de la mañana comenzaba a disolver la escarcha sobre los rieles del tren. Arturo leyó en voz alta el último poema que escribió Mario Valdivia antes de que la fiebre le apagara los ojos:
«Escribimos en la arena sabiendo que la marea viene alta.
Dejamos nombres falsos en las puertas de los burdeles
y poemas escritos con sangre de perro en las paredes de la historia.
Si alguien sobrevive para contarlo,
digan que fuimos los últimos en creer
que la belleza podía detener un tanque.
Digan que fuimos felices, aunque hayamos muerto de hambre
en el fondo de este país estúpido y hermoso».
Nos quedamos en silencio un largo rato. A lo lejos, el silbido metálico de un tren de carga anunció la llegada del día. No dijimos nada sobre el regreso a Santiago, ni sobre las clases que habíamos perdido, ni sobre el futuro incierto que nos esperaba en la capital.
Sabíamos, con esa certeza inapelable de los veinte años, que éramos los guardianes de un secreto miserable y hermoso. Guardamos las hojas en el bolsillo interior del abrigo, nos pusimos de pie y comenzamos a caminar hacia la estación sabiendo que, en algún lugar de este largo y angosto callejón sin salida, los poetas fantasmas seguían caminando a nuestro lado, riéndose de nuestra prisa.