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HÉCTOR HERNÁNDEZ
Como cada año esperas este día para ver cómo se elevan las luces, esos faros hechos de papel y palitos de madera con los que la gente del pueblo le alumbra el camino a sus muertos. En el cielo brillan con una hermosa luz que acompaña a las improvisadas embarcaciones de madera, cargadas con adornos de flores, que salen del puerto que construyeron en la ribera del río. Es un ritual hermoso, muy íntimo, que se realiza desde hace décadas. Estás embelesado junto a tu familia viendo el emotivo espectáculo. Algunos conocidos arrojan también una luz para la gente que ha perdido. Te intriga saber qué hay al final del camino para las luces y las embarcaciones. ¿Hasta dónde llegará el río? Ya te han hablado del mar y del azul turquesa que se extiende hacia el infinito, pero no puedes imaginarlo, y menos aún comprender el alcance de esa amplitud. Alzas la vista al cielo y la sensación compartida de nostalgia te conmueve. Lloras quedito, casi en silencio.
De pronto te liberas del agarre de tu madre y, con el resto de los niños, te lanzas a correr por la orilla del río para acompañar a los barcos de madera que van perdiendo de a poco las flores. La tenue luz artificial les alumbra apenas lo suficiente para esquivar las ramas y las rocas, y saltar por encima de los charcos y el lodo. Una veintena de pies, familiares entre sí, juegan, brincan y corren río abajo. Te preguntas si ellos también comparten tu inquietud sobre el mar y cada tanto buscas en sus ojos el brillo de la curiosidad. Clavas tu mirada soñadora en el horizonte, más allá del manglar, y más allá de ti.
Cuando te despiertas de la ensoñación te percatas de que te has quedado solo en la oscuridad, muy lejos del pueblo y muy lejos del último de tus amigos. Respiras con dificultad, asustado y confundido. El sudor se te mete a los ojos, te arden las piernas. Escuchas que, desde algún sitio, cerca de ti, alguien pronuncia tu nombre. Lo escuchas a pesar del doloroso bufo de tu respiración y no quieres creerlo, sobre todo porque hasta acá, tan lejos de casa, nadie te conoce. Te restriegas la cara con la playera empapada y emprendes el camino de vuelta.
Caminas con cuidado para no tropezar en la oscuridad, pero de todos modos, las raíces que sobresalen del manglar te arañan las piernas cada tanto. Trastabillas, tropiezas: es difícil ver en la noche cerrada. Vuelves a escuchar que alguien pronuncia tu nombre y esta vez no puedes ignorarlo. El miedo se te trepa por las piernas hasta la garganta, que se te cierra como una guillotina encima del grito que muere ahogado en tu pecho. Te echas a correr de nuevo; has corrido lo que te parece una eternidad. La distancia al pueblo no parece acortarse. Entrecierras los ojos para calcular cuánto camino te queda, y ahí sientes una fuerza que tira de ti para hacerte caer. Una mano con la carne viva, con larvas y heridas que supuran, te toca. Te invade la sensación de miles de insectos que te suben por la pierna y se te meten por el pantalón. Te sacudes con violencia para zafarte del agarre, pero caes de bruces en el lodo. Peleas contra las manos que te alzan, y es tanto tu terror que no reconoces la voz de tu madre gritando tu nombre. Tus padres están aquí, contigo, y vuelves al pueblo en brazos de tu padre.
Nada más al tocar tu cama caes rendido, pero pasas una noche muy inquieta. Pesadillas te acosan durante la noche, pesadillas donde tratas de huir de una criatura que te persigue desde la oscuridad del manglar. Te agitas desesperado intentando despertar y la sensación de asfixia se vuelve más pesada. Sientes que unos ojos vidriosos te observan desde muy cerca, no puedes escapar; la pesadilla parece no tener fin.
Despiertas con un dolor que te taladra la cabeza y no te deja abrir bien los ojos. Las náuseas te revuelven el estómago; te aguantas las ganas de vomitar. No quieres preocupar a nadie, suficiente los has preocupado con lo que pasó anoche, por eso te acercas despacio a la mesa para desayunar con tu mamá y tus hermanas. Pones tu mejor cara, pero tu piel pálida no engaña a nadie. Gabriela es la primera que lo nota; se espanta con tu apariencia. Tu mamá se acuclilla ante ti, te palpa y hace preguntas que se te enredan en la cabeza. Tratas de tranquilizarla agitando las manos y fingiendo una sonrisa que se te resbala por el rostro. Cuando intentas decir que todo está bien, lo que te sale es un vómito gris y bilioso que se riega por el piso de la cocina. Luego caes de espaldas a los pies de Elena, que se lanza hacia atrás y choca contra la estufa caliente quemándose la mano izquierda. Ya en el piso tu cuerpo se arquea; parece que vas a quebrarte en dos. Los ojos se te ponen de un blanco que aterra a tus hermanas, por lo que tu mamá se arroja sobre ti para sostenerte y evitar que te ahogues con tu propia saliva.
Llaman al médico, que llega lo más rápido que puede. Entras y sales de un estado pegajoso de consciencia, lo suficiente para ver unas manos que preparan ungüentos, inyecciones, cataplasmas. Te sube la fiebre, balbuceas frases impronunciables que el médico intenta descifrar para encontrarle sentido al mal que te aqueja. Te cubren el cuerpo con pomadas y brebajes. Toda la medicina de la que el pueblo dispone está en tu habitación; para otro tipo de tratamiento tendrían que llevarte a la ciudad. Tus hermanas esperan detrás de la puerta, asustadas. Elena sostiene contra su pecho la mano quemada cubierta por un vendaje empapado en miel.
Pasan las horas, nada parece surtir efecto. Las compresas frías hierven al poco de ponerlas en tu frente. El doctor te ausculta el pecho y oye a tu corazón latir apesadumbrado. Trata de mantenerte estable para darle una oportunidad a tu cuerpo de pasar la noche, pero no tiene esperanzas. Lanza miradas de soslayo a tus padres, que no dejan de cambiarte las compresas para combatir la fiebre.
Contra todo pronóstico, sobrevives. Tu familia no ha dormido velando por tu bienestar. Tus hermanas lavan y enjuagan las compresas para mantenerlas frías; tu mamá te cuida el sueño. En el bosque, tu papá recolecta hierbas para nuevos y más elaborados menjurjes. Te dan de beber los tés y las tisanas a cuentagotas, lo necesario para que las grietas de tus labios no sangren.
Para ti todo este tiempo ha sido la noche, y las pesadillas que te atosigan cada vez son más vivas, cada vez más violentas. Algo tira de ti como arrancándote la piel a mordiscos. Hay alguien que te quiere para algo. Un hombre, que está en la esquina de tu cuarto, por detrás de la gente que te cuida, está mirándote con una sonrisa sardónica y cruel. La cara se le constriñe en un gesto mortal. Temes por tu vida, y ese temor hace que lo señales usando todas las fuerzas que te quedan. Pero nadie más lo ve; solo los síntomas de algo tal vez más grave, algo más terrible que invade tu cuerpo.
Por eso tu mamá sale a buscar otro tipo de ayuda, otros tipos de medicina que puedan alcanzarte allá donde estás perdido. No faltan en el pueblo quienes trabajan con los espíritus de la tierra o de los muertos. Alguien recomienda utilizar la jugosa carne de un cuevo negro para hacer un caldo con manojos de romero y buganvilia. Tu papá consigue uno, le corta la cabeza de un tajo y echa el cuerpo en la olla en la que hierve el agua, y arroja la cabeza por la ventana para que se la coma el perro. Cuando el caldo está listo y la carne del cuervo se deshace entre los dedos, corre a tu cuarto para darte pequeños sorbos que deglutes lentamente. Rezan a tus pies, le piden a Dios que por favor te devuelva en una sola pieza. Renuevan las cataplasmas, te acarician los cabellos, las mejillas. Se aferran al recuerdo de su hijo y su alegría.
Afuera, Gabriela lanza un grito de terror que rompe el silencio. Todos salen corriendo de la casa temiendo que los terrores solo estén multiplicándose. Y tal vez así sea. Todos se persignan cuando ven al perro en una posición que simula estar hincado frente a la triste cabeza del cuervo, que todavía mueve los ojos como si buscara algo. Grazna y parece pronunciar un nombre que se desvanece en el aire. Es tu padre el que, anestesiado por el cansancio y el asombro de los últimos días, entierra la cabeza en un hoyo que hace en la tierra.
Nada parece estar funcionando, nada logra regresarte del pantano en el que se encuentra tu mente. Te sostienes a la vida por un hilo muy fino. Tu respiración se ha vuelto lenta, superficial, minúscula. Todos repiten las mismas operaciones para cuidar de ti, pero han ido perdiendo la esperanza.
Tu mamá es la que más está sufriendo. No ha dormido en varios días, apenas si prueba bocado. Tus hermanas insisten en relevarla, pero ella quiere estar ahí contigo por si en algún momento tuviera que despedirse de ti. Va y viene de la cocina con los últimos remedios que le aconsejó la gente del pueblo, pero ya no le tiene fe ni a las hierbas ni a los inútiles sacrificios. Está tan agotada, tan al borde del colapso, que al entrar a tu habitación no nota a la mujer que se ha sentado a tus pies.
—Aquí está, ¿la ve? Se confunde con los demás arañazos, pero aquí está clarita. Es la marca del olvido.
Tienes una herida abierta que nadie supo ver, allí, donde te tocó la mano la noche de las luminarias y que todos confundieron con las que te dejaron las raíces del manglar, y que supura sin parar una pus transparente y sin olor. Tu mamá no reconoce a la señora a pesar de que conoce a todos en el pueblo, pero igual deja los remedios en la mesa y se deja caer a los pies de la mujer que le tiende, al menos, una última esperanza para curarte.
La mujer le habla de un lugar escondido en la profundidad del manglar, donde habita la criatura que te dejó la marca en la piel. Alguien tiene que ir allá para traer tu alma de vuelta, y es tu madre la que se ofrece a pesar del terror que le da abandonarte, aunque sea por unas horas. Pero tampoco puede dejar tu vida en unas manos que no sean las suyas. Es el sacrificio que elige hacer para salvarte.
Las instrucciones fueron vagas, pero eso no le impide llegar a un claro dentro del manglar donde los árboles se abren para que pase la luz. Y allí está, en medio del claro, un estanque brevísimo de agua inmóvil. En la superficie flotan los cadáveres en descomposición de los animales que intentaron beber de esa agua maldita. Tu mamá se acerca y a cada paso el olor se hace más terrible. Tose, se talla los ojos y trata de espantar a las moscas que la rodean. Se deja caer de rodillas a la orilla del agua. Intuye lo que tiene que hacer. No quiere pensarlo, porque si lo hace, puede que termine acobardándose. Jala aire, todo el que su pecho puede contener, y se lanza de cabeza al agua para darse a sí misma como ofrenda. Ahí dentro, abre los ojos aunque no puede ver nada. Exhala tu nombre en un grito silencioso y alguien la escucha. A centímetros de su cara se materializa otra, la tuya, que no es en realidad la tuya. Tu madre toma el cuerpo que se va formando frente a ella para sacarlo del estanque. Va perfectamente vestido, con los cabellos bien peinados y los zapatos relucientes. No eres tú, ella lo sabe, por eso duda, se estremece, y aun así le ofrece una sonrisa temerosa a la criatura que yace en el lodo.
—Juguemos —le dice con una voz que es mil voces, y se adentra en el manglar dando torpes y acartonados brincos.
En ese momento aparece en tu mente la visión de unas manos iguales a las tuyas que recogen ramas secas del suelo del manglar. Y lo comprendes: son los ojos que la criatura comparte contigo. Las manos arman soldados de madera y un par de espadas que utiliza para pretender que es un coronel guiando a su ejército. Trata de dibujar, sin éxito, figuras en la tierra que solo tú conoces, pero logra trazos deformes, abstracciones que a tu mamá le parecen abominables. Ella lo sigue a una distancia segura, intenta parecer amable; mide sus palabras y acciones. La invade el terror de no saber si está haciendo bien el ritual, pero no tiene otra opción más que continuar con la pantomima y jugar con la criatura como si se tratara de ti.
Entonces, cuando trata de darle la mano, ella se sobresalta y se aleja con brusquedad. La criatura, asustada, se echa hacia atrás y tropieza con las raíces de un árbol que la hacen caer contra una piedra que sobresale del suelo. Se retuerce convulsivamente, chilla, vuelve sobre sus pasos, cambia de una forma a otra: de pronto es un hombre lleno de cicatrices; luego, una mujer encinta y un niño con la piel quemada. Tu madre cae de espaldas paralizada por el miedo, alcanza a persignarse, y en su último pensamiento le ruega a Dios para que te salve, porque cree que el ritual ha fracasado.
La criatura es ahora un cúmulo de insectos gigantes que reflejan una luz mortecina en sus enormes ojos. El zumbido que emite es atronador, tanto que tu mamá se cubre los oídos y no se percata de que la criatura se hunde de nuevo en el agua. Tu mamá, desesperada, se acerca e intenta meter las manos al estanque, pero sus dedos ya no penetran el agua sucia. Te llama, grita tu nombre y tú la escuchas como una mano que se tiende a través de la oscuridad. Y en la angustia de su voz recuerdas que te ama.
Un par de horas después tu mamá regresa al pueblo cabizbaja. Lava sus ropas sucias en la orilla del río y se esfuerza por no romper en llanto. No está segura de qué sucedió allá, pero se siente derrotada. Trata de mantenerse serena; ya tendrá tiempo de llorar sobre tu cuerpo cuando llegue a casa.
Pero al entrar de nuevo a la cocina, te ve sentado a la mesa devorando con ansias lo que te preparó Gabriela para saciar tu hambre de días. Tu padre, que tiene las manos envueltas en trapos para contener la sangre, la saluda. «Ya te contaré luego», le dice a tu madre pensando en la sombra que, sabrás después, se apareció a tu lado, y de su enfrentamiento para alejarla de ti. Todavía le tiembla la voz cuando le musita palabras de amor a tu madre y, ahora sí, abrazados, lloran exhaustos.
Pero claro que nadie vuelve del infierno intacto. Todavía te cuesta dormir a solas, y de cuando en cuando las ocasionales pesadillas te devuelven a esos días en los que algo te quiso arrebatar el cuerpo. Por eso te obligas a recordar lo sucedido, para que el sacrificio que hizo tu familia por traerte de vuelta no sea en vano. Y recuerdas claramente que allá, en la húmeda oscuridad a la que te arrastró la criatura, sentiste la soledad de miles de almas olvidadas por el paso del tiempo, por la fuerza de un silencio rencoroso y agrio que se les fue impuesto.
Por eso, cada año, cuando hay que soltar las luces hacia el cielo, siempre lanzas una, como una memoria viva, como un conjuro para no volver a caer en el olvido.
Estudió psicología en la Facultad de Estudios Superiores Iztacala de la UNAM. En 2013 obtuvo el tercer lugar en la categoría de cuento del Concurso Interpreparatoriano de Literatura, de la Escuela Nacional Preparatoria 3 «Justo Sierra». Es autor de la novela «Supervillano» (2018).