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NAYLA OSORIO
Lo miré a los ojos por primera vez en toda la noche; sus ojos marrones oscuros, inexpresivos.
—Dame un beso —le dije.
Él se levantó de su silla y se sentó junto a mí. Le puse mis manos en la nuca y volvimos a juntar nuestras bocas luego de siete meses sin vernos, sin saber nada el uno del otro, después de tanto que dudé si había sido importante para él. Hubo mariposas, fuegos artificiales e incredulidad de mi parte. ¿Cómo era posible que todo se sintiera igual o quizás hasta más intenso que antes?
—Nunca dejé de extrañarte —le dije después de que hicimos el amor.
—¿Por qué no me escribiste? —preguntó.
—Porque sabía que para mí ya no había nada aquí —respondí señalando su corazón—, solo dolor.
—Claro que no.
—¿Cuánto tiempo te quedarás en la ciudad?
—Unos seis meses —respondió.
—¿Y si lo intentamos en ese tiempo?
—¿Intentar qué?
—Estar juntos.
—Ya sabes que no quiero compromisos.
—Piénsalo, serían solo seis meses. Después puedes seguir haciendo tu vida como siempre. Si no funciona, te autorizo a partirme el corazón en diciembre, como el año pasado.
一No lo sé.
Estaba tan cansada de tener miedo a no volver a sentir ese amor tan intenso por nadie, que después de haberlo experimentado, todo lo demás se quedara corto. En esos siete meses sin él no hubo un día en que no apareciera en mis pensamientos, que no lo extrañara. Tanto que, cuando mi cuerpo comenzaba a olvidar su roce, mi mente se volvía loca intentando encontrar la manera de conservar ese recuerdo.
—Intentémoslo, aunque sea para arruinarlo.
Quería saber qué pasaría si alguien se quedaba, porque siempre había sido yo la que tenía que irse. Vivía el inmenso dolor de tener que irme, de hacer siempre «lo correcto», cuando aún amaba. Sabía que él no podía quererme como yo, que le daba miedo sentir algo auténtico por mí, o quizás temía perder la oportunidad de conocer a alguien mejor, no lo sé. Mi voz se quebró, y mis lágrimas comenzaron a caer.
—Son solo seis meses, y lo único que te pido es que en ese tiempo intentes abrir tu corazón, que intentes dejarme entrar. Ya tendrás toda la vida para seguir cerrándolo, para huir de lo que sientes. Son solo seis meses…
Me ahogué en llanto. Bernardo me abrazó. Cuando logré recuperarme, continué hablando. No podía parar. Me había guardado tanto durante este tiempo que sentía que, si no lo soltaba toda esa noche, no podría hacerlo jamás.
—No tuve la fuerza para cerrar nuestra puerta. La dejé entreabierta esperando a que volvieras a tocar, y ahora estamos aquí, en el mismo lugar donde nos quedamos. Yo ya intenté hacerlo a tu manera. Me partí para encajar en lo que querías y mi corazón no lo soportó. Ahora es tu turno de intentarlo, de recibir mi amor.
Bernardo veía fijamente a un punto lejano. No sabía si estaba pensando en mi propuesta o solo deseaba que ese momento incómodo acabara.
—Igual la puerta siempre estará abierta, por si alguno se quiere ir antes. Solo no hay que azotarla al salir.
Su silencio me dolía. ¿Por qué era tan difícil para él decir que me quería? Durante los cinco meses que salimos me lo hizo saber. Bueno, esos meses fueron más como una montaña rusa de incertidumbre, de dar sin recibir, de estar y no estar. A veces, cuando todo fluía bien, de pronto Bernardo se alejaba sin explicación para luego volver como si nada. Yo trataba de ser paciente, de comprender qué le ocurría. Pero tenía tanto miedo de que, en una de esas, me dejara definitivamente, que un día me tuve que ir yo, y casi me muero de desesperación. Quería escribirle, quería volver, pero estaba segura de que él no me querría de vuelta. Así que, cuando casi cierro la puerta de nuestra historia, me escribió de nuevo y apareció. No dude, quería verlo.
—¿Y si lo hablamos mañana?
—Tuviste siete meses para pensarlo. ¿Qué más necesitas?
Nunca había insistido tanto para que alguien se quedara a mi lado. De hecho, tal vez era la primera vez que lo hacía.
—No sé si puedo darte lo que quieres.
Lo que yo quería era la clase de amor que no dudara, un hombre al que le ilusionara hacer una vida conmigo, no uno al que le asustara quedarse apenas seis meses.
—Ya te lo he dicho: vamos a probar aunque solo sea para arruinarlo.
Me pregunté si estaba siendo irracional y mejor debería irme en ese instante, porque sabía que este hombre nunca iba a poder amarme como siempre lo he soñado. Pero durante los siete meses que estuvimos lejos no pude sacarlo ni un momento de mi corazón, así que ahí estaba, buscando otra manera de agotar la droga del enamoramiento para poder verlo realmente, tal y como era.
—Te prometo tener paciencia, no intentar que seamos perfectos. Tampoco voy a irme al primer desacuerdo; voy a ponerle todo mi amor a esto.
Jamás tuve la necesidad de pensar en tener hijos o en casarme, pero desde que conocí a Bernardo me imaginaba esperándolo todas las noches en la puerta de nuestra casa, y que abrazarme fuera la parte favorita de su día.
—Te propongo algo. A finales de noviembre te enviaré un mensaje que diga… no lo sé, algo como: «¿El Titanic se va a hundir?». Y si me dices que sí, sin drama, esto se acaba; pero si dices que no, veremos cómo hacerle para que funcione. ¿Ves? Cada vez es menos tiempo. Ya vamos por cinco meses, como la última vez.
—Está bien —dijo casi para sí mismo.
Mi corazón saltó de regocijo. Mi mente racional siempre supo que volver a verlo sería un error; y yo solo quería cometer este error.
—Solo promete que me dejarás entrar.
—Lo prometo.
Y sellamos el trato con un beso salado por mis lágrimas de felicidad y miedo.
Las primeras semanas juntos se sintieron muy parecidas al año pasado, pero ahora yo era un poco diferente: ya no me volvía loca cuando tardaba horas en responder un simple hola. Pero cuando estábamos juntos, me sentía en la gloria. Él me dejaba ser, se ría de mis chistes y seguía el juego de mis fantasías sexuales. Dormíamos abrazados dos noches a la semana, y casi siempre en mi departamento.
Cuando teníamos como un mes saliendo de nuevo, un día pedimos comida china y comimos en la cama con un podcast de fondo en el que hablaban de la herida del abandono. Yo le conté que había crecido con un padre que, aunque siempre estaba en casa, nunca se interesó por mí. No me enseñó a andar en bici, jamás me dijo un «te quiero», y estoy segura de que ni sabe qué estudié en la universidad. Le pregunté cómo habían sido los suyos. Primero respondió que habían sido buenos. Luego le puso pausa a la televisión y me dijo:
—Mis padres se separaron cuando yo tenía seis años. Cuando papá se fue de la casa pasaron como cinco años antes de que volviera a buscarme. En una caja que tenía en mi clóset guardé cada regalo que le hice en la escuela por el Día del padre con la esperanza de entregárselos todos algún día. Nunca se los entregué.
No quería hacer una alharaca, pero por dentro estaba que bailaba. Era la primera vez me contaba algo de su infancia. Le tomé la mano, sonreí apenas y seguí comiendo el arroz. Él puso en marcha de nuevo el programa.
—Qué guapo te ves por las mañanas —le decía sonriendo.
—Ya lo sé —solía contestar, y yo amaba su falsa seguridad—. Tú también —añadió dándome un besito en la nariz.
Fue la primera vez que me halagó de vuelta.
Las cosas parecían estar avanzando. Un sábado me fue a buscar a mi departamento para ir a almorzar, y llegó con un ramo de flores. Me quedé gratamente sorprendida, aunque ya se lo había sugerido un par de días atrás, cuando le dije que el chico con el que estaba saliendo mi amiga Diana le regaló flores.
—Tú también deberías regalarme unas alguna vez.
Se lo comenté al salir del cine. Él ni siquiera me respondió, así que no pensé que lo haría.
Cada día estaba más enamorada de él. En lugar de desenamorarme, me estaba enganchando cada vez más a él. Bernardo se volvió más amable, más atento, más presente, más confiado. Donde no lograba avanzar era en involucrarme en su vida: presentarme a su familia, aunque fuera por videollamada, o incluirme en sus planes con amigos. Pero yo le había prometido tener paciencia, ir a su ritmo, y no lo presionaba. Me conformaba con tenerlo para mí.
Aunque la cocina no era mi lugar favorito, le preparé los platillos que sabía que me quedaban ricos, y siempre me decía que todo había quedado delicioso. Pero no se ofrecía a lavar los platos, y yo los tenía que lavar algo irritada; luego me sentaba a su lado, me daba un beso, y con eso me daba por recompensada.
Comenzamos a arreglar nuestros desacuerdos con una conversación sensata que casi siempre comenzaba porque empezaba a alejarse, o porque no me contaba algún asunto importante, como que no podría verme por la noche porque se iría de viaje al día siguiente. Me lo avisaba un día antes, como si no lo supiera desde mucho antes, y como si no habláramos a diario.
Entonces yo le preguntaba:
—¿Por qué te cuesta tanto contarme lo que pasa en tu vida?
Y él solo respondía.
—No lo sé, creo que se me olvida.
Aunque yo quería restarle importancia y seguir como si nada, me dolía que no me hiciera parte de su vida.
Los meses pasaron volando. De repente ya se hizo septiembre. El tiempo comenzaba a agotarse, pero estaba casi segura de que, si no pasaba nada raro, el Titanic no se volvería a hundir.
Una mañana de octubre me despertó su mirada fija en mí. Estaba a mi lado acariciándome el cabello. Luego se paró, hizo el desayuno y hasta lavó los platos.
Luego llegó noviembre. Ninguno de los dos mencionaba el acuerdo y hasta comencé a dudar si debía enviarle el mensaje, hasta que lo escuché decirle a alguien por teléfono que lo trasladarían de ciudad a finales de enero. Ahí comenzó mi suplicio. ¿Por qué no me lo había contado antes? ¿A qué ciudad lo enviarían? ¿Qué íbamos a hacer: él se iría primero, se instalaría y luego yo lo alcanzaría? ¿O tendríamos una relación a distancia, con visitas? Tal vez algunos fines de semana él vendría y otros iría yo. ¿Acaso así él querría continuar? Todos esos meses habían sido geniales, pero ¿por qué nunca me incluía en sus planes?
Estaba enloqueciendo de nuevo.
—Mañana ya es 30 de noviembre. Hay un mensaje que debo enviarte —le dije sonriendo al despedirme.
Él me besó y me abrazó fuerte.
Ese día no hubo mensaje de buenos días ni supe de él durante el resto de la tarde, así que a eso de las seis le escribí. Estaba casi convencida de que esta vez no me dejaría, pero al momento en el que presioné el botón de enviar, comencé a sudar: «¿El Titanic se volverá a hundir? Ja, ja, ja». Se tardó unas horas en responder. A eso de las diez recibí su respuesta:
«Lo siento, baby. Sí».