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THEOLYSANDER
La primera vez que Julián Duarte notó que algo no andaba bien fue un martes cualquiera, cuando su compañera de trabajo le preguntó su nombre por segunda vez en la misma conversación. Lo preguntó con extrañeza genuina, sin vergüenza, como si lo buscara en un cajón que sabía vacío. Julián se rió, ella sonrió, y ambos siguieron con sus pendientes.
Esa misma tarde, al revisar las fotografías del viaje de fin de curso, esas donde aparecía siempre al margen, con su suéter azul y una sonrisa incómoda ante la cámara, no se encontró en ninguna. Recorrió la carpeta completa, imagen por imagen. Estaban sus alumnos, el autobús, el paisaje de la sierra, pero él no aparecía.
Esa noche soñó con un cuarto vacío: paredes blancas, una silla, una ventana sin paisaje. No le dio importancia al despertar.
El jueves llamó a su madre. Hablaron del clima, de la salud de su padre, de una prima que había tenido un bebé. De un momento a otro, la conversación se torció.
—¿Y tú, hijo, cómo te va en la escuela?
—Bien, mamá. Ya sabes, los exámenes de fin de semestre.
Un silencio breve.
—Perdón, ¿quién habla?
Julián sintió el estómago encogido, un escalón que le faltaba debajo del pie.
—Soy yo, mamá. Julián.
Otro silencio más largo. Luego una risa nerviosa, la de quien intenta cubrir una vergüenza.
—Ay, disculpa, se me fue la cabeza un segundo.
Al colgar, se quedó mirando el teléfono largo rato.
Sacó la credencial del cajón del buró. La fotografía seguía ahí, pero los bordes parecían ligeramente difusos. Se dijo que era el papel, la mala calidad de la impresión.
Decidió no quedarse quieto. Esa misma noche empezó a escribir un registro exhaustivo: nombres, fechas, lugares, cada detalle que pudiera probar su existencia. Los nombres de sus alumnos, en orden de lista. Las direcciones de las casas en las que había vivido. El apodo que le pusieron en la secundaria, la marca del coche de su padre cuando él era niño. Llenó páginas enteras con la urgencia de quien levanta un muro sin saber para qué.
Al día siguiente, un colega con quien llevaba diez años compartiendo el café lo saludó con la cortesía distante que se reserva para los desconocidos.
—Buenos días —dijo, y siguió caminando.
Julián lo alcanzó.
—Oye, Mario, ¿todo bien?
El otro se detuvo entrecerrando los ojos, tratando de ubicar ese rostro que le sonaba a medias.
—Disculpa, ¿nos conocemos?
Julián sacó el teléfono. Fotos de ambos, de apenas un mes atrás, en la fiesta de fin de año. Mario las miró con cortesía, sin reconocerse en ellas.
—Qué bonito —dijo—, pero no me suena.
Esa tarde acudió con el doctor Ibarra, un neurólogo que le recomendaron años atrás. Le explicó lo que ocurría, consciente de lo absurdo de su relato. El médico lo escuchó con paciencia profesional, preguntó por sus hábitos de sueño, su estrés, sus antecedentes, y terminó sugiriéndole con amabilidad unas vacaciones, y quizás hablar con otro profesional. Julián no insistió. Entendió que no había manera de probar algo cuyo único testigo era él mismo.
El golpe más duro llegó dos días después, en el banco. Necesitaba retirar dinero cuando la cajera, tras revisar la pantalla varias veces, lo miró con una disculpa profesional en el rostro.
—No encuentro ninguna cuenta con estos datos.
—Llevo ocho años siendo cliente de aquí. Vengo cada quincena, siempre a la misma hora, siempre a esta ventanilla.
—Lo siento, señor. No hay ningún registro.
Llamó a la gerente. Mostró su identificación, su número de empleado en la escuela, capturas de pantalla de transferencias anteriores, incluso un estado de cuenta impreso de meses atrás con su nombre en la parte superior. La gerente revisó todo con genuina buena voluntad, tecleó, hizo llamadas, consultó con alguien en otra sucursal, y al final le devolvió los papeles con una expresión que ya no era de sospecha sino de lástima.
—No sé qué decirle. El sistema dice que usted no existe.
Julián se quedó de pie frente al mostrador un momento más de lo necesario, como si la persistencia física pudiera obligar a la base de datos a corregirse. Detrás de él, alguien más esperaba su turno, ajeno por completo a que el hombre en la ventanilla acababa de recibir, con la cortesía impersonal de un trámite fallido, la noticia de que ya no figuraba en ningún lado. Salió del banco sin el dinero y sin la certeza, hasta entonces intacta, de que al menos en el mundo administrativo, burocrático, de contratos y registros fríos podía mantenerlo anclado a lo real.
Desolado, esa noche caminó hasta el departamento de Renata. Habían sido pareja durante tres años. La relación había terminado mal, con silencios largos que ninguno de los dos supo entender. Ella abrió la puerta esperando a alguien más. Al verlo, frunció el ceño, buscando en su memoria un lugar donde acomodarlo.
—¿Julián? —probó el nombre, como si fuera nuevo.
Lo dejó pasar, más por cortesía que por reconocimiento. En la sala vio una fotografía enmarcada de ambos en la playa, un viaje que él recordaba con precisión dolorosa: el color del cielo, el sabor salado del aire, la risa de Renata corriendo hacia el mar. En la fotografía, sin embargo, ella aparecía sola, los brazos extendidos hacia un horizonte vacío.
—¿Te acuerdas de este viaje?
—Fui sola. Necesitaba pensar.
Le preguntó por el nombre del hotel, la canción de la radio, la discusión tonta por el rumbo de la carretera. Renata respondió cada pregunta con una versión distinta, coherente, ajena, donde ella fue siempre la única protagonista. No había mentira en su voz, sino la seguridad tranquila de quien narra un recuerdo genuinamente propio.
—¿Por qué me preguntas todo esto?
No lo dijo con hostilidad, sino con la curiosidad amable de quien atiende a un desconocido que insiste en compartir una nostalgia ajena. Julián se quedó mirando la fotografía, memorizando el ángulo de la luz sobre su rostro, y se marchó sin excusa alguna.
Pasó los siguientes días investigando: actas escolares, registros administrativos, la universidad donde estudió. En algunos lugares su nombre aparecía con datos incompletos, a medio borrar. En otros, el registro se había perdido, como si jamás hubiera cruzado esas puertas.
Una noche, entre cajas viejas, encontró un cuaderno de su infancia. Reconoció su letra torpe, los dibujos de animales imposibles. En una página, entre figuras de dinosaurios y una lista de útiles escolares, había una frase suelta, escrita a lápiz pero con un pulso distinto, más lento: el olvido también sabe esperar. No supo, ni entonces ni después, si la escribió siendo niño, como un juego de palabras, o si esa letra, tan suya y tan ajena a la vez, pertenecía a otro momento de su vida que no lograba ubicar. Cerró el cuaderno sin copiarla en su nuevo registro.
El diario creció hasta llenar tres cuadernos, pero al releerlo notó, con un frío que no era exactamente miedo, que algunas de las primeras entradas ya no las reconocía como propias, aunque la letra fuera indudablemente suya. Pasó una hora releyendo un cumpleaños de la infancia sin lograr reconstruir la escena en su memoria. Dejó de escribir esa noche, no porque se rindiera, sino porque entendió que el registro ya no lo protegía de nada: solo medía, con precisión inútil, la velocidad de su propia desaparición.
Pensó en su padre. No lo había visitado desde una discusión que tuvieron hace meses, y que ninguno de los dos había querido cerrar. Manejó hasta la casa de su infancia bajo una lluvia ligera. Tocó el timbre y esperó, el corazón latiéndole con algo que no era miedo ni esperanza, sino más antiguo.
Su padre abrió la puerta y lo miró largamente, con esa mezcla de reconocimiento y duda que Julián ya conocía.
—¿Puedo pasar? —preguntó sin decir su nombre, por si acaso.
Se sentaron en silencio en la sala, bajo la misma luz amarillenta de siempre.
—Lo que dije aquella tarde no es lo que pensaba —dijo Julián al fin—. Estaba enojado, y el enojo me hizo decir cosas que no sentía.
Su padre lo miró con un esfuerzo casi físico, como quien intenta enfocar la vista.
—No recuerdo bien qué fue lo que dijiste —respondió su padre—. Pero recuerdo que me dolió.
—Perdóname —dijo Julián, la palabra despojada ya de cualquier justificación—. No solo por esa tarde, sino por todo el tiempo que he dejado pasar.
Su padre no respondió. Después, lento, puso la mano sobre la de Julián.
—Está bien, hijo.
Se quedaron así un rato mientras la lluvia arreciaba contra las ventanas. Julián sintió que aún no lo había resuelto todo, pero por un momento, el peso se volvió soportable. Se quedó a dormir esa noche en su antigua habitación, entre cajas que nunca nadie desempacó.
Volvió a su departamento dos días después. Revisó, casi por costumbre, la carpeta de fotografías del viaje escolar. Ahí estaba él de nuevo, con su suéter azul y su sonrisa incómoda, como si nunca hubiera faltado. Miró la fotografía un momento largo. La guardó en el cajón, junto con la credencial y los tres cuadernos, y apagó la luz.
A la mañana siguiente, antes de vestirse, abrió el cajón para revisar una vez más el registro, como había empezado a hacer cada día. Los tres cuadernos seguían ahí. Pero debajo de ellos, doblado con cuidado, había un cuarto cuaderno que no recordaba haber guardado. Lo abrió. La letra era la suya; reconoció la forma en la que cierra las oes, el trazo apresurado de la jota. Las primeras páginas narraban la conversación con su padre: la lluvia contra las ventanas, el peso de la mano sobre la suya. Pasó lentamente las hojas. Había fechas. Había tachaduras. Incluso una mancha de café ya seca en la esquina de una página.
Pero él no recordaba haber escrito nada de eso.