Apoya a Cuentística
J. R. Spinoza
I
¿Qué es un escritor?
Según la RAE se define como escritor(a): 1. m. y f. Persona que escribe. 2. m. y f. Autor de obras escritas o impresas.
Entonces, ¿por qué más de una vez me ha tocado ver (y vivir en carne propia) que alguien con más años en el medio le diga a quien comienza: no, tú no eres un escritor; eres un aspirante a escritor? ¿Acaso uno debe ser nombrado por un ser superior, ir a un río, inclinar la cabeza y esperar a que el cielo se abra con una voz que le diga: este es mi escritor amado, en quien me complazco? ¿O tal vez un escritor «consagrado» debe desenvainar su pluma y posarla en tu hombro para investirte oficialmente? ¿Escribir no es suficiente? ¿Hay que publicar? ¿Y de qué modo: autopublicación, coedición, o solo vale de forma tradicional? ¿Debes recibir un certificado de alguna escuela o gobierno, o aparecer en el catálogo del ELEM o del INBAL para merecer el título?
No tengo la respuesta.
Sin embargo, en la serie Game of Thrones hay una escena en la que Tywin Lannister (patriarca de su casa y consejero del rey, que además es su nieto) y Joffrey Baratheon, el rey (adolescente) de los siete reinos tienen un desacuerdo, en el que Joffrey le dice a su abuelo:
—No puedes hablarme así, ¡yo soy el rey!
A lo que Tywin le replica:
—Quien tiene que decir «yo soy el rey» no es el verdadero rey.
Y acto seguido lo manda a su habitación.
Quizá con los escritores sucede algo parecido. El reconocimiento casi nunca suele venir del que se autonombra como tal, sino del impacto que generan sus textos en los otros. Claro, el mero hecho de escribir con constancia y buscando mejorar ya te hace escritor. Pero como escribir es una actividad tan privada como leer, quizá debamos darle un empujón.
Es en este apartado que las convocatorias para publicar en revistas independientes, antologías, para los concursos, y sobre todo las becas, las benditas becas, me han ayudado mucho.
Sobre ellas hablaremos en este ensayo.
Las becas son un privilegio. He conocido a decenas de escritores talentosísimos que jamás han obtenido una, y otros que las han tenido múltiples veces, con las que realizan proyectos cuestionables o aburridos. La beca no es garantía de nada salvo de una cosa: tiempo. Y el tiempo es un verdadero lujo en este oficio.
He conversado con tres becarios de PECDA y FONCA: Rafael Tiburcio García, Omar Velasco y Julio César Ortega, quienes han respondido a varias preguntas sobre su quehacer literario durante y después de recibir el apoyo.
II
Rafael Tiburcio García (Villahermosa, 1981) obtuvo su primera beca PECDA como joven creador. La segunda, y por un tecnicismo de fechas (la convocatoria cerraba el día que cumplía treinta y cinco años), la consiguió como creador con trayectoria. Esa anécdota burocrática me parece una metáfora perfecta: uno puede pasar de una categoría a otra en un instante y sin que cambie nada, sin siquiera haber cumplido años. Solo importa el día que el calendario burocrático marca. Pero Tiburcio sí cambió. Le pregunté: ¿qué mantiene viva tu curiosidad frente a la página en blanco?:
«El hecho de saber que no he alcanzado mi máximo potencial me hace seguir explorando la escritura, la curiosidad de saber si puedo escribir algo mejor, expresar algo nuevo, que no sabía si tenía adentro o si lo adquirí de otro lado». Me parece curioso que no diga «expresar lo que siento» sino «algo que no sabía si tenía adentro o si lo adquirí de otro lado». Lo genuino de su respuesta me hace reflexionar que el escritor es como un recipiente, como una antena, un lugar por donde pasan cosas que no siempre controla.
Su actual proyecto, Isabet, lleva diez años inédito. Él mismo lo llama «mi Moby Dick, no la novela, sino la ballena, la obsesión». Se trata de un historiador que investiga a un santo del siglo XVI; el santo tiene visiones del historiador que escribirá su biografía quinientos años después. Una paradoja, un juego de espejos, una novela difícil.
No es casualidad que lleve una década sin publicarse. Las obsesiones no se entregan fácilmente.
III
Omar Velasco (Ciudad de México, 1990) obtuvo la beca en la categoría de Jóvenes Creadores por primera y última vez, y también por un límite de edad:
«Era la última oportunidad en la que se me consideraría Joven Creador (más que nada por lo de joven) y por eso decidí aplicar por primera vez. No creo que me la hubieran dado antes».
Su proyecto se llama El oficio del velador y mezcla oficios contemporáneos con fantasía y comedia: una conductora del metro que le pide un deseo al dios de las ratas, un velador cuyo mejor amigo es un mecha de sesenta metros, una asistente de investigación que usa magia para sobrevivir en la academia. Cuando le pregunto para qué escribe, responde sin titubeos:
«Yo entiendo el acto de escribir como una manera de entretenerme a mí mismo. Por eso incluyo chistes constantemente en mis cuentos y así me voy carcajeando conforme escribo».
He escuchado a muchos escritores hablar de la escritura como tortura, como catarsis, como deber, pero pocos la han definido como diversión. Me pregunto si esa forma de escribir (para reírse, para jugar) no será también una forma de resistir. En un medio que a veces se lo toma demasiado en serio, Omar Velasco nos recuerda que la literatura también puede ser entretenida.
IV
Julio César Ortega (Toluca, 1991), becario del PECDA y FONCA, vive en San Mateo Atenco, muy cerca del corazón del Estado de México. Su proyecto se titula Los labios del agua: cuentos fantásticos de la cuenca del río Lerma y son cinco historias sobre la relación entre los pobladores y los cuerpos de agua que los rodean.
Leo la descripción y pienso en algo que dijo Rafael Tiburcio sobre los contracánones, sobre la apertura del «continente literario» a lo especulativo. Hace quince años un proyecto de cuentos fantásticos sobre ríos y humedales y zanjas situados en un municipio mexiquense probablemente no habría sido becado. O sí, pero habría tenido que disfrazarse de realismo mágico, de tradición, de algo que no fuera exactamente lo que es.
Julio tampoco se disfraza.
«A mí lo que me interesa no son los temas sino penetrar en esas escenas de la vida de los personajes en las que afrontan circunstancias muy complicadas y que los empujan a tomar decisiones que pueden rayar quizás en la locura, el tabú o en un erotismo exacerbado».
Al hablar de comunidades y decisiones que rozan el tabú, surgió la pregunta: ¿cuál es el papel social del escritor? Él responde:
«El punto en que coinciden la conciencia social y estética es en la capacidad que tiene el escritor para observar la realidad».
Observar. No denunciar, no enseñar ni sensibilizar. Observar. Y esa observación, dice, está determinada por las lecturas que ha hecho, por «tener bien organizadas las cosas que fluyen en él». Otra vez la imagen del escritor como recipiente, como cauce. Como río.
V
La última pregunta fue sobre el antes y el después de la beca.
Omar Velasco dice: «No creo que sirva como catapulta. Sí va a ayudarme con tutores, a conocer el medio y a otros colegas».
Rafael Tiburcio responde: «No hay mucha diferencia. Al principio te llueven invitaciones a eventos literarios, pero luego vuelves a la normalidad. Las becas y premios no me han dado relevancia. Pero son para el crecimiento personal y la oportunidad de completar una obra, que es lo importante».
Julio César Ortega señala: «La beca es para probarte que puedes trabajar organizado y tener un borrador en unos meses. No depender de la inspiración».
Entonces, ¿cuándo un escritor es considerado como un escritor? Tras platicar con mis invitados deduzco que la legitimidad no se decreta: se construye en la mesa de trabajo, en la ruptura estética con uno mismo, en escribir lo que te gusta y te divierte y dejarte fluir como un río. Ya lo decía José Gorostiza:
…No obstante —oh paradoja— constreñida
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña…
Las becas no consagran a los escritores, pero sí abren puertas. En un país donde escribir es ir a contracorriente, abrir una puerta es un acto político que permite que una voz tenga condiciones para existir.
Becarios somos. Pero sobre todo, escritores obstinados.