Apoya a Cuentística
RAÚL SOLÍS
¿Por qué un escritor escribe lo que escribe? es una pregunta que a simple vista puede resultar ingenua o simplista, incluso innecesaria. Pero tal y como lo advirtió Carl Sagan cuando propuso que, para no aniquilar el espíritu curioso de los niños, que es el motor que mueve el deseo de descubrir y entender al mundo, es indispensable permitirnos seguir haciendo preguntas aunque parezcan tontas.
Entonces, ¿por qué hay que preguntarse esto ahora? ¿A qué viene esta duda? Tal vez sea porque en el circuito editorial y literario independiente comienza a alborear un fenómeno importado del mundo anglosajón: escribir para gustar. No es raro ya que, dentro de todo lo que importamos como hispanos de su vasta cultura y estilo de vida, esto iba a suceder tarde o temprano. Y no me refiero a escribir y publicar para un mercado, que eso ya sucede desde el siglo pasado, sino simplemente para gustar, para aparecer en tal o cual publicación. Y antes de confundirlo con otra cosa, es preciso hacer ciertas aclaraciones.
No es lo mismo ni es igual
En diversas ocasiones, ya sea en tertulias, talleres, conferencias o secciones escritas, tanto yo como otras cabezas de proyectos literarios les hemos recomendado a los autores que, antes de enviarnos un texto para considerarlo, es necesario (sí, necesario) que conozcan de primera mano la publicación en la que quieren participar. Esto es: que deberían leer con atención lo que hemos publicado porque esto va a darles una idea (y esa es la palabra clave) del tipo de revista, editorial o blog que hemos construido, diseñado y sostenido con el tiempo. Es decir: que hay espacios especializados en uno o varios géneros narrativos a los que no valdría la pena enviar un texto que no se ajuste a su línea editorial. Y es que, además, a todos los proyectos también les interesa ponderar algo: la perspectiva de género para algunos, por ejemplo, o exaltar discursos propagandísticos para otros, o decantarse por la apreciación estética, etcétera. Cada editor o cabeza de proyecto delinea sus intereses, y luego le abre la puerta a las obras que considera que han cumplido con sus criterios.
Sin embargo, es a partir de aquí que hay que comenzar a hacer las consideraciones.
Que los editores tengan definidos sus criterios no significa que van a elegir siempre el mismo tipo de cuento. Claro, esto es en el mejor de los casos, y siempre y cuando los editores asuman cabalmente su papel. Publicar ficciones de uno o varios géneros afines no implica que los textos deban parecerse, o que tengan que tratar de lo mismo pero en diferentes presentaciones. Para evitar que el libro o la revista publicada se empantane, es fundamental que el editor funja como un curador lúcido y perspicaz. Porque todo editor que aspire a serlo en serio sabe de sobra que la obra de un autor original y auténtico no puede estar acompañada de réplicas ni duplicados, ni mucho menos puede ser reemplazada en la siguiente entrega por otra que simplemente reproduzca el mismo contenido. Ese truco mercadotécnico le ha resultado muy bien a la gran industria editorial que año con año publica decenas de libros con los mismos temas o las mismas formas hasta que, de tanto explotarlo, se agota, por lo que deben recurrir al próximo asunto de novedad. Y es el mismo truco, claro, del éxito de los «creadores» digitales que repiten el mismo chiste o meme una y otra vez hasta que deja de ser chistoso (si es que alguna vez lo fue).
Una vez señalada esta primera distinción, la recomendación de que lean lo que hemos publicado tampoco debe ser un incentivo para que los autores se pongan a escribir textos como los que ya forman parte de nuestros catálogos solo para ser aceptados. Si lo recomendamos es para que elijan con criterio en dónde quieren participar, adónde van a proponer sus textos para que puedan ser realmente valorados, y no para engrosar inútilmente nuestras páginas ni extender, en el caso de los autores, su currículo profesional.
Contra la literatura GPT
Los sesgos y los gustos particulares de cada editor existen, son reales y parte inalienable del oficio de publicar. Nadie es absolutamente objetivo para decidir, ni tampoco un texto nos alcanza a conmover del mismo modo en un momento de nuestra vida que en otro. Sí, los editores somos personas falibles que a veces no logramos apreciar con justicia un buen texto. Hay tantas razones por las que esto sucede todo el tiempo que tratar de enumerarlas sería bochornoso. Y aun con eso, la figura del editor sigue siendo clave en el proceso de publicación aunque haya quienes, ya sea por mero desconocimiento o con toda la mala intención, afirman que se puede prescindir de él.
Suponer que el editor solo es un burócrata con un sello de «aprobado» que le estampa a la obra de un autor es una insensatez que no cometen nada más algunos escritores, sino también, y para nuestra sorpresa, muchos «editores» que ignoran o renuncian a la trascendencia de su encargo para asumir un papel más lucrativo: el de un gerente de ventas que busca y publica lo que «está pegando». Y no estoy sugiriendo que lo económicamente rentable deba estar peleado con lo estético, ni que lo comercial nunca alcanzará el término de «artístico». Lo que quiero decir es que los editores que realmente procuran serlo no van a optar por quedarse con aquellas obras que les demanden el menor esfuerzo, a las que hay que hacerles un arreglito aquí, o darle una manita de gato a la sintaxis, y están listas para su publicación. Hoy en día encontrarse con ese tipo de obras ya genera más sospechas que gusto porque no tenemos la certeza de quién estuvo realmente detrás del texto. Por supuesto, no trato de abogar por las malas hechuras. Lo que digo es que un auténtico editor no va impresionarse con facilidad con un texto que solo esté bien redactado, o que toque tantos temas de actualidad como le sea posible, sino que siempre va a considerar lo que el relato tiene bajo la piel, la sangre que corre por las venas del texto y que nos indica que está vivo; que hay un autor comprometido con su quehacer literario detrás de él y no un escribiente (o algoritmo) que su única habilidad es conectar coherentemente una gran cantidad de frases que no tienen profundidad ni dimensión.
Para entenderlo hay que ver al editor, primero, como un lapidario, y después como un joyero, que es capaz de reconocer la valía de la piedra con la que va a trabajar. El oficio del editor requiere de habilidades artesanas antes que de negocios porque publicar no ha enriquecido nunca a nadie que entienda que los lectores siempre son escasos, ya que han desarrollado un criterio y gusto propios, comparados con el público, término que suele usarse más bien en el ámbito del entretenimiento y con el que suelen justificarse prácticas deleznables como «darle siempre la razón» o «lo que pide» para tener éxito. Cuando hay un informe de mercado sobre la mesa es casi imposible tener espacio para la originalidad. Y usar el concepto del público para satisfacer al mercado es tan ruin como esa manía demagógica de llamarle «pueblo» solo a los que apoyan incondicionalmente a un caudillo o partido, y con la que logran blindarse de los cuestionamientos legítimos y razonables.
¿Alguien puede pensar en el público?
La última cosa en la que tiene que pensar el autor es en el público al que quiere dirigir su obra porque esto ya lo compromete irremediablemente a satisfacerlo, y ese no es un compromiso que se pueda permitir. Si hay alguien que deba pensar en los otros cuando se pretender publicar, ese es el editor, que tendrá en la mente a un tipo lector, y a nadie más.
Pero al igual que antes, vamos por partes.
Que su labor sea pensar en el lector no significa que el editor tenga que salir a preguntarle qué quiere leer, y con base en eso elegir las obras que se ajusten a la solicitud. El editor, con sus gustos, manías y fobias, con sus sesgos y particularidades, es el primer lector de su proyecto. Por eso solo a él le compete buscar la forma de que otros lectores se encuentren con sus publicaciones. Las vías para conseguirlo son múltiples y no me interesan tanto como la idea del prototipo de lector que desea encontrar, que es para quien está diseñando su catálogo. Cuando el editor piensa así comienza a discriminar al tipo de lector que quiere que se encuentre con su proyecto, y entonces descubre lo que ya he dicho: que los lectores son escasos frente al público porque han desarrollado un gusto y un criterio literario peculiares que la gran industria no satisface. Y cuanto más discrimina, mayor debe ser su esfuerzo para formar a su propio círculo de lectores, que poco a poco reconocerán lo particular de su sello.
Esta es otra más de las múltiples razones por las que el editor no es prescindible ni un molesto obstáculo que el autor tenga que sortear. Y por supuesto, el editor también debe comprender que no puede ni debe transferirle al autor, bajo ningún argumento, la responsabilidad de «agradarle» a sus lectores para encajar en su catálogo. Es él quien debe encontrarle cabida en su proyecto sin transformarlo en algo que no es, ya que la única obligación que los autores tienen es la de escribir con las exigencias más altas que su propio interés y aspiraciones por crear una obra personal y trascendente le demanden.
El pianista vs. el ejecutivo de ventas
Hay una anécdota que cuenta que un día en que Theloniuos Monk, la leyenda del jazz, llegó al estudio a grabar, un productor de la disquera, muy preocupado porque los discos de Monk no se estaban vendiendo, lo interceptó para hablar con él. Cabe señalar que su estilo peculiar de tocar nunca ha sido del agrado de los puristas del jazz, que le criticaron las notas disonantes que caracterizan su estilo. Por lo tanto, el productor le pidió que dejara de hacerlo así porque a los clientes de la disquera no les estaba «gustando» lo que oían. Y si los discos no se vendían, Monk no podría seguir grabando con ellos. Además, le sugirió que mejor tocara unos estándares que cualquiera pudiera reconocer. Tal vez así podrían relanzar su carrera con un enfoque más comercial. Entonces Monk le respondió algo como esto: «mi trabajo es hacer música; el tuyo, vender discos. Yo estoy haciendo mi parte. Ve y haz la tuya».
La postura de Theloniuos Monk respecto a la creación artística no era una mera pose estrafalaria, ya que siempre sostuvo que el artista debía mantenerse fiel a sí mismo e ignorar el gusto popular, porque lo único que importa es que la obra sea auténtica. Que el legado es lo trascendente, y la popularidad no es más que una preocupación vulgar.
Escribir por gusto o para gustar
El escritor auténtico está condenado a mirar al mundo con distancia y cautela; a examinarse a sí mismo cada vez que se sienta a escribir para descubrir qué lleva dentro y cuánto de eso ha cambiado desde la última vez. Y sabe que nadie, salvo él, puede expresarlo, ya que no hay ninguna narración, película o canción que, por mucho que le guste, diga aquello que lo conforma. Si fuera así, ¿para qué se molestaría en escribir? Por lo tanto, tiene que aspirar a ser original, genuino. Y no me refiero a que debe preocuparse por innovar o tratar de revolucionar la literatura de su tiempo: eso es escribir de afuera hacia dentro. Quiero decir que, cuando escriba, no debe preocuparse por lo que puedan pensar o decir sobre su obra, ya que al único que debe satisfacerle su creación es a sí mismo. Cuánto va a exigirse y qué tan satisfecho quiere estar con ese texto, es una cuestión que le compete exclusivamente a él. Y es ahí es donde comenzamos a distinguir al autor del escribiente.
¿Y los editores o cabezas de proyecto?
Publicar lo que le gusta a la gente para aprovechar el impulso, o construir una base de lectores propios desde cero: ese es el dilema. Y resolverlo no es para nada sencillo. Porque nadie disfruta pasando penurias ni haciendo constantes esfuerzos sobrehumanos para forjar la identidad de un proyecto, en eso estamos de acuerdo. Y también estamos de acuerdo en que a nadie le sirve, salvo para acrecentar su reputación, y muy probablemente también sus ingresos económicos, publicar una obra, otra más, igual a las que ya saturan las mesas de novedades de la industria editorial. No vale la pena seguir sus intereses en el circuito independiente, en el que, en teoría, escribimos y publicamos por un genuino interés, ¿o no?
Entonces, ¿para que querría alguien aparecer aquí o allá si no va a escribir lo que de verdad le importa, lo que le interesa? ¿Por qué alguien querría engrosar su currículo a base de publicaciones sin alma ni trascendencia? Solo se explica que para solapar a su ego.
La escritura y publicación de obras literarias no es un deporte que, a la usanza estadounidense (otra aportación de su cultura al mundo que hemos adoptado alegremente), podamos medir con récords que hay que batir. Por lo tanto, debemos seguir cuestionándonos sobre estos y otros aspectos creativos, aunque algunas preguntas que hagamos puedan parecer tontas o necias, porque si las respuestas a la que lleguemos nos permiten entender un poco mejor lo que está sucediendo, entonces no son, como pensamos, innecesarias.