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RAÚL SOLÍS
…la vida profunda de cualquier niño es la difícil armonía de un mundo que se crea. El niño debe introducir en este mundo, día tras día, todas las tristezas y todas las bellezas de la Tierra.
Tal es el inmenso trabajo de su vida interior.
Louis-Ferdinand Céline
Cada que escucho hablar a la actual jefa del gobierno de la Ciudad de México, la morenista Clara Brugada, no puedo evitar acordarme de las desagradables obras de teatro guiñol que nos daban en el preescolar. Y aunque agradezco la genuina preocupación de la directora de aquella escuelita por ofrecernos una expresión cultural como esa, lo cierto es que a mí el recuerdo todavía me repele y viene a mí cada que Clara hace una declaración pública.
No se trata de un asunto ideológico, no. Es por la forma en la que habla, sus modos (la voz, la permanente sonrisa de todo-va-de-maravilla aunque haya una emergencia casi a diario, la dilación con la que habla) y su tono, así como el limitadísimo bagaje léxico que usa, como si estuviera dirigiéndose a una audiencia idiota, incapaz de entender argumentos elaborados.
Recuerdo que, aun siendo niño, esas obras de guiñol siempre me parecieron aburridas, especialmente la de Caperucita roja por simplona y moralizante: si te portas mal, Caperucita, si no obedeces, te va a comer el lobo feroz. En esa obra, el tono y el modo de hablar que las maestras usaban para con nosotros, unos niños de más o menos cinco años, como si fuéramos retardados, son las que me recuerdan a las de Brugada. Y sé que no es enteramente culpa de las maestras el expresarse así, ya que aun hoy se tiene la idea de que, a los niños, y para que «entiendan», hay que hablarles con la menor variedad de palabras posible y haciendo vocecitas mimosas.
Esto lo he comentado en algunos espacios y con ciertas personas cercanas, y no ha sido inusual que me confronten con una pregunta que, a decir verdad, todos deberíamos hacernos más a menudo: y entonces ¿cómo deberían ser las obras para los niños?
Desde que se han clasificado los libros para niños como Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), los más beneficiados, al parecer, han sido los adultos no lectores, que parecen ser el verdadero público objetivo de la industria editorial de esta categoría. Lo digo así porque, a partir de cierta época, se volvió muy cómodo entrar a una librería a preguntar «qué libros tienen para niños de tal a tal edad», lo que ahorra un enorme esfuerzo para descubrir de qué van los libros (que en esta categoría, la ilustración puede tener casi tanto peso como lo escrito, y muchas veces hasta salvar la publicación); y sobre todo, ahorra conocer los gustos y aficiones del niño en cuestión. Cada vez se parece más a entrar a una zapatería y pedir la talla.
No caeré en el sentimentalismo de afirmar que mis tiempos fueron mejores; sin embargo, es necesario señalar que antes de clasificar a los libros como LIJ no parecía haber tanta preocupación por lo que se considerara una lectura «apropiada» para los niños. Es decir, que a muchos de nosotros, niños de los ochenta a mediados de los noventa, se nos permitió acercarnos sin mayores restricciones a obras con relatos de las mitologías: la griega, la india, la celta y también la prehispánica. Estos materiales de lectura solía editarlos la propia SEP, y a veces también incluían pasajes selectos de Las mil y una noches, o incluso cuentos de autores como Juan José Arreola, José Emilio Pacheco, Horacio Quiroga, entre otros. No sé a cuántos nos engancharon, pero lo cierto es que el recuerdo de esas lecturas perdura hasta hoy en nuestra memoria.
Bajo esta perspectiva, bien podría afirmar que eso se debe a que dichos libros no se publicaron pensando en que les serían útiles a los niños de cierto rango de edad. Más bien, se compendiaban obras que no solo estimulaban la imaginación, sino que también nos confrontaban sin manierismos con los vicios, las manías y algunas perversiones humanas o divinas. La selección de obras de este tipo de libros no pasa «de moda», ya que uno puede releerlos muchos años después y seguir encontrándolos fascinantes. ¿Y no se supone que el fin de todo libro es hacer que su lector vuelva y encuentre algo que antes no vio?
Y ya que andamos por aquí, también podría afirmar que la LIJ está trastocada por la lógica consumista, ya que ha enrollado al libro con la «obsolescencia programada» de la tecnología. Parece que son pocos los libros de esta categoría que sobreviven al crecimiento de sus lectores.
Pese a lo dicho, afirmar esto categóricamente sería impropio y poco original. Si la LIJ se ha convertido en el sector editorial más rentable de la industria no es solo porque venda muchos libros con aparente fecha de caducidad, sino porque realmente está formando a generaciones de nuevos lectores, y eso es algo que hay que celebrar. Pero sin echar campanas al vuelo, por supuesto.
Una de las cosas que la escritora Mónica Brozon señala en su interesante ensayo «La LIJ en México: un camino inacabado», publicado por la UAM, es que escribir para niños requiere una sensibilidad distinta que no todos los escritores de literatura «para adultos» tienen —que dicho así toma una connotación extraña y creo que también totalmente innecesaria; pero, en fin, ya se estila hacer esa precisión desde hace mucho—. Supongo que se refiere a la misma sensibilidad con la que deberíamos tratar siempre a los niños, que comienza con el respeto a su inteligencia, y no a una habilidad que hace especial al autor. Si bien es cierto, como afirma Brozon en el mismo texto, que durante mucho tiempo se menospreció la labor de los escritores que se dedicaban a escribir para niños, a los que no se les consideraba como escritores serios, también es cierto que, desde hace tiempo, la industria se ha arrogado un deber que no le corresponde: la de decidir cómo deben ser esos libros basándose en prejuicios que han reproducido en una gran cantidad de sus publicaciones. Así lo constata la también escritora Kyra Galván, que en su ensayo «¿Cómo deben ser los libros para niños?», publicado por la Revista Replicante, exhibe la doble moral del sector que, por un lado, se jacta de formar nuevos lectores, y al mismo tiempo mantiene un control férreo sobre lo que se publica o no.
Las peripecias de ambas autoras por publicar en alguno de los sellos LIJ son similares a las que cualquiera de nosotros ha padecido cuando se acerca al circuito editorial comercial sin un nombre ni padrinos del medio. En ese sentido, la gran industria sigue siendo la misma. Sin embargo, y como relata Galván, los sellos a los que llegó le objetaron sus manuscritos, solo para comenzar, por ser demasiado extensos o contener «mucha información» que podría —y esta es la cuestión— aburrir a los niños. Algo parecido vivió Brozon al comienzo de su carrera.
Si bien es cierto que cada sello editorial tiene la libertad de imponer sus propios criterios para publicar con ellos, decisión inobjetable, son sus prejuicios, que demeritan la inteligencia del que supuestamente es su público objetivo y al que pretende formar como lector, los que se vuelven peligrosos, y más cuando una dominante cantidad de jugadores del sector los replican o comparten. Porque una cosa es rechazar un manuscrito por razones estéticas, y otra es asumir que los niños serán incapaces de entender dicha obra.
Cuando una práctica así domina al sector, tal y como pasa en la LIJ —afirmación que a nadie puede sorprender—, los responsables se erigen como censores que, con sus prejuicios, dinamitan la diversidad, y con ella la creatividad e innovación.
Pero no todo es responsabilidad de la industria. No hay que olvidar que los niños se forman como lectores en el regazo de los adultos que los crían, y que muchos de sus hábitos los replican por imitación. Por eso es fundamental impulsarlos a ser independientes, como pretende la extraordinaria filosofía de la doctora María Montessori: para que puedan tomar decisiones propias con libertad.
Por eso hay que acercar sin miedo a los niños a las diversas expresiones artísticas, y permitirles que sean ellos los decidan qué les interesa, no asumir qué son capaces o no de entender. Porque para disfrutar del arte, un niño no necesita saber cómo los adultos las catalogamos. Si es música y le gusta lo que oye, va a reaccionar moviendo el cuerpo, así sea una pieza de jazz, una polka o incluso de rock metálico. Lo mismo pasa con los cuadros: no necesita empaparse de historia del arte si los colores o las formas que ve en un Tamayo o un Carrington, por ejemplo, lo incitan imaginar algo o a expresar una idea. Y con esos «no necesitan» me refiero a que nadie tiene que cumplir con un requisito tan cuestionable como cubrir la edad sugerida con la que se etiqueta. No podemos olvidar que ningún niño se desarrolla de la misma forma y al mismo ritmo, aunque tengan los mismos años. Es la gran mentira que el sistema educativo estandarizado nos ha hecho tragar desde siempre. Los criterios que realmente deberíamos considerar son las inquietudes y necesidades que el propio niño va mostrando. Y para descubrirlas, primero hay que conocerlo.
Por lo tanto, ¿por qué los adultos que los acompañamos asumimos, antes de ofrecerles cualquier experiencia, lo que son capaces de entender o no si ni siquiera los conocemos? ¿Por qué demeritamos así su inteligencia?
Yo también escribo desde mi experiencia. He tenido la fortuna de convivir de cerca con mis sobrinas durante sus niñeces, y además pude participar, aunque brevemente, en un grupo de niños en proceso de aprendizaje lectoescritor con método montessoriano —una experiencia invaluable que atesoro con cariño y admiración—. Y ha sido gracias a esto, así como a una constante reflexión sobre mi propia niñez, que he podido darme cuenta de lo trascendental que es ofrecerles experiencias estéticas de calidad a edades tempranas. Por supuesto, también es fundamental el acompañamiento y la atención que el o los adultos les demos para atender las dudas o cuestionamientos que esa exposición pueda generarles. Sin eso, es como arrojarlo al mar sin un salvavidas.
Repito: las expresiones artísticas no son «buenas» ni «malas» por los temas que tratan, lo he escrito antes. Para acercarlas a los niños, nosotros somos los que deberíamos prescindir de estas categorías para ofrecerles, más bien, un acompañamiento activo. Es decir: escucharlos, atender sus cuestionamientos o preocupaciones sin demeritarlas. No podemos olvidar que los niños están construyendo día a día su concepción del mundo, por lo que necesitan todas las herramientas de las que podamos proveerlos. Con suerte, al hacerlo podríamos evitar que sostengan esta versión estrecha, dogmática y violenta del mundo que conocemos. De ese tamaño es el panorama si construimos sociedades lectoras y críticas.
Por eso sorprende la deleznable práctica de asumir que los libros aptos para niños deben ser simples o divertidos, con un léxico y argumentos fáciles de entender, con alguna moraleja o enseñanza que casi siempre tiende a ensalzar la obediencia como virtud, y a los que eufemísticamente sen ha bautizado como «lecturas edificantes». O qué decir de las obras «para sensibilizar», esas que tratan temas «delicados», como la muerte, la violencia o el abandono, y que tienden a «suavizar» las causas o los motivos que las detonan, como si los niños de esta región hispanoamericana fueran ajenos a ellos y necesitaran de un libro que les hable bonito para entenderlos.
Esta visión adulta comete, otra vez, la bajeza de menospreciar a los niños y sus experiencias de vida, y nos muestra a un sector que pareciera pretender que se perpetúe la falaz idea de que la niñez es la etapa «de la pureza» a la que hay que «educar» con palabras bonitas sobre estos menesteres. Como si Luis Buñuel y sus Olvidados no nos hubieran despertado de esa mentira hace más de setentaicinco años mostrándonos que la infancia no es la etapa de la inocencia ni está ajena a violencia.
Si una perturbadora mayoría de nuestros niños viven a diario situaciones cuando menos complejas, ¿con qué derecho alguien osa asumir qué son incapaces de entender una obra desafiante? ¿No somos más bien nosotros, los adultos, los que tememos reconocer sus cualidades para mantenerlos bajo nuestro control? ¿Quiénes somos, pues, para atrevernos a mutilar su desarrollo intelectual si actuamos impulsados únicamente por nuestros estereotipos y prejuicios?
Sin duda, proveer de libros a los niños es una de las mejores prácticas que debemos seguir fomentando, y la LIJ hace bien al surtir el mercado con una vasta cantidad de obras, ya que construir sociedades lectoras los ayudará a resistir mejor la manipulación proveniente de los múltiples grupos de poder. Sin embargo, no basta con producir hartos libros si las publicaciones siguen desdeñando su inteligencia.
No está de más recordar que el arte, las expresiones artísticas, no son material didáctico ni educativo, y que cuando se trata de cultivarlas entre los niños, no debe hacerse con la perversa intención de querer hacerlos «más inteligentes» o para «saber más» que otros. Los niños no son recipientes vacíos que hay que llenar.
Si el arte «sirve» para algo es para conocernos a nosotros mismos, pues como escribió Octavio Paz sobre el poema, y que bien podemos aplicar al arte en general: si algo de una expresión nos conmueve, es porque en realidad ya llevábamos eso dentro. El arte y sus diversas manifestaciones son el puerto para conectar con nuestra parte más humana: el mundo interior.
Así, pues, acercar a los niños a estas expresiones no va a dotarlos de la inteligencia competitiva que promueve la escuela, sino del lenguaje necesario para entender mejor su propia experiencia de vida. Y como adultos deberíamos hacernos a la idea de que no podemos convertir esa experiencia personal en una perpetua evaluación de preguntas acosadoras que nos permitan determinar si han captado el mensaje o enseñanza que los creadores decidieron emitir. Y también tenemos que aprender a respetar su tiempo de esparcimiento; dejarlos gozar del arte, de la lectura en nuestro caso, por «compleja» que supongamos que es; y sobre todo, esforzarnos por ofrecerles un acompañamiento respetuoso y digno.
Por eso digo que las obras que infantilizan al niño (es decir, que los trata como incapaces) no sirven. Igual que ciertos políticos y su manera indigna de dirigirse a la gente.
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