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RAÚL SOLÍS
La civilización moderna tiende a la uniformidad pero sería fatal que la uniformidad triunfase: sería la muerte de la verdadera civilización, que es siempre creación. Y la creación nace del choque y la fusión de las diferencias.
Octavio Paz
Hemos visto con preocupación cómo la idea de que el peligro proviene de lo diferente ha proliferado. Las redes sociales, ese megáfono que el poder económico ha puesto al servicio de las ideologías políticas más radicales, han sido el principal foco de virulencia contra las que poco se puede hacer. Las oligarquías internacionales, que dominan la mayoría de las plataformas, han encauzado la discusión pública al terreno más ventajoso para sus intereses. Y así han conseguido llevarnos a una situación conveniente para ellas: la imposibilidad de dialogar con el otro.
En México, por ejemplo, tenemos a una presidenta que, un día sí y al otro también, señala con el dedo del poder a los «enemigos del pueblo», sus críticos y detractores con los que jamás ha intentado dialogar. La interacción entre ambas partes se limita a una serie de dimes y diretes, primero, a través su programa mañanero, y luego por medio de los medios de comunicación. Pero es en las redes sociales donde sus colectivos afines se dedican a repetir una y otra vez las consignas hasta convertirlas en discurso oficial.
Lo trágico no es que existan los replicadores profesionales que propaguen los discursos, sino que en la convivencia diaria entre la ciudadanía ya no haya espacio para el diálogo o la discusión; todo se ha reducido a la fórmula simplista (y por ende falaz) de «derechosos» contra «izquierdosos», cuando en este país, y desde hace más de medio siglo, hablar de derecha o izquierda ideológica es tan insensato como inexacto, pues no hay una división clara o sustancial entre ambos bandos en la política mexicana.
¿Cómo sería una sociedad si no existiera la disidencia; un lugar donde el pensamiento fuera unánime, tal y como lo dicta quien ostenta el poder? Aunque parezca argumento para una novela distópica, la realidad es que hubo experimentos reales con muy trágicos resultados. Solo por citar uno: la URSS, que dio como resultado un Estado policial que persiguió a la disidencia con la intención de exterminarlos en los gulags. Un Estado de persecutores que terminó devorándose a sí mismo.
La novela de George Orwell, 1984, es un esbozo de la URSS, y en ella Winston Smith, un trabajador al servicio del Estado policial que fomenta el odio contra sus enemigos, comete el error de imaginarse una vida distinta en la que no exista el Gran Hermano. Cuando nota que es posible y comienza a hacer cambios, lo descubren, lo incriminan y termina siendo reeducado para devolverlo a la seguridad del rebaño.
La novela de Orwell ha sido objeto de innumerables estudios académicos y literarios que tratan de develar, en el mejor de los casos, los peligros que la novela advierte; en el peor, y el más común, de usarla para propagar discursos políticos. Usan la obra (y sospecho que muchas veces sin haberla leído) para incitar a una revolución o transformación social, como si el arte, la literatura, sirviera para liderar revueltas populares. Sabemos desde siempre, a pesar de que los propagandistas insistan con ello, que las novelas y cuentos, los cuadros, los poemas, no alcanzan para eso, ya que el arte, contrario a los panfletos, le habla a un individuo a la vez y nunca del mismo modo. Y que todo cambio surgido de la introspección toma tiempo para reflejarse en la forma en la que alguien puede imaginarse el mundo.
Quienes sí han entendido perfectamente esto han sido las oligarquías, que a través de las redes sociales, y más recientemente las inteligencias artificiales, han logrado saturar de entretenimiento a las sociedades consumistas del capitalismo. Entretenimiento superficial y fácil de reproducir. Esta hiperproducción ha sepultado a la originalidad y autenticidad bajo el deseo de alcanzar la popularidad, sustituyéndolas por réplicas cada vez más pobres y torpes de los mismos contenidos.
Esta búsqueda patológica de conseguir la popularidad, en mancuerna con la posibilidad de obtener una retribución económica por ello, han conseguido reducir la variedad y calidad de los contenidos en redes sociales, además de quitar del foco de atención al horror que se vive a diario en distintas partes del mundo: las guerras por territorios o supremacías ideológicas que han arrasado ciudades enteras y acabado con miles de vidas, las disputas por el control geopolítico y económico, las crisis humanitarias de los migrantes que huyen para sobrevivir, el crimen organizado, las desapariciones forzadas y la trata de personas, y un doloroso y largo etcétera del que todos nos enteramos por las noticias y que se pierden en la inmediatez del consumo digital.
Ante este desolador panorama, y a modo de resistencia, las personas con intereses particulares, o víctimas de las mismas tragedias, se van encontrando para formar comunidades que muchas veces logran devolver la atención a los temas relevantes, y a veces logran hacer un cambio significativo para que no perdamos todos otro poco de humanidad.
Grosso modo, las comunidades son espacios de encuentro para la integración entre personas con intereses en común, aunque no siempre con los mismos propósitos, o por razones diversas. Y ese es su valor: que permiten, en teoría, la integración de individuos con marcadas diferencias que persiguen un fin. Las comunidades, vistas así, son semilleros para la confrontación de opiniones e ideas. Es decir: para dialogar. Y el diálogo siempre es creador.
En el ámbito cultural, las comunidades de escritores y editores permiten sostener y proyectar el trabajo que realizamos casi siempre en soledad. El trabajo del escritor, se sabe, es solitario. Congregarse es un paso lógico para dar y recibir apoyo. Sin embargo, y esto es lo preocupante, parece que las comunidades han dejado de ser espacios de diálogo para convertirse en congregaciones tribales: la necesidad de rodearse de sujetos afines, política o ideológicamente, para sostener dogmas o sesgos que terminan permeando en los quehaceres literarios de sus integrantes. Tal vez por eso Ernest Hemingway recomendaba que los escritores no deberían juntarse muy a menudo, pues la continua convivencia genera un apego que deriva en el temor de ser expulsado de la comunidad.
Luego, cuando los dogmas adoptados por el clan se van uniformando (y se ponen «de moda» ciertos juicios, conceptos y palabras que se repiten como discurso oficialista), estos se reflejan en sus obras literarias: son los temas del momento de lo que se tiene que escribir para seguir perteneciendo. No importa que el discurso, disfrazado casi siempre de «progresista», pueda contener o proceder de una infamia como la censura o la invisibilización, prácticas que terminan echando a la hoguera a figuras disidentes, o santificando a las afines.
La conversión de la comunidad a una congregación tribal, lejos de abonar a la discusión, la entorpece, pues los clanes se repliegan sobre sí mismos para aislar a los que disienten. A veces también bloquean su camino o impiden su avance. Ven en la crítica una amenaza que suelen afrontar atacando a la persona para deslegitimarla. Y así logran acallar a las voces incómodas.
Algo que no deja de sorprenderme es que en algunas revistas literarias independientes no existan espacios para el ensayo y la crítica, y los que existen parecen destinados al estudio de un género en particular. Esto puede ser síntoma de dos posibles situaciones: o las cabezas de esos proyectos han renunciado a su labor intelectual de discutir las ideas, o han preferido mudar el espacio de la discusión a la obra literaria de ficción.
En el primer caso, sería triste que las revistas, que han sido los medios más importantes para difundir el trabajo intelectual de los escritores contemporáneos, prefieran convertirse en antologadores de obras que solo conversan entre sí. ¿Puede ser por temor a incomodar a la comunidad que conforman, o por falta de entusiasmo? No lo sé. Lo cierto es que esos espacios destinados a la pluralidad son necesarios, especialmente cuando un proyecto editorial pretende o comienza a convertirse en un referente literario.
La segunda posibilidad me parece más peligrosa, pero sospecho que es el que explica más casos. Actualmente se han borrado casi todas las fronteras entre la labor literaria y la actividad política. Y es fundamental recordar que la actividad literaria es un ejercicio libre de la imaginación para inventar sucesos, dichos y situaciones que tienen, ante todo, aspiraciones estéticas. Lo político de la literatura es la obligación de defender la libertad creativa para expresar aquello que imaginamos, no la de ondear banderas políticas que terminan por censurar a unos y proyectar a otros.
Eso explicaría los cuentos y novelas con causas, cada vez más numerosos y que reciben cada vez más elogios y premios, y el surgimiento de espacios separatistas, igualmente más numerosos, que fomentan y publican solo la literatura comprometida con una doctrina que, de pronto, se vuelve un discurso incuestionable. O como si cuestionarlo fuera inmoral. Es la confusión de la que ya advertían revistas como Vuelta o Plural, que abrieron el camino a la efervescente actividad intelectual del momento y que actualmente estamos perdiendo por esa imperiosa necesidad de pertenecer.
No deja de sorprenderme que todavía hoy se hable de literatura comprometida, un término anacrónico y que ha sido refutado en diversas ocasiones: con los escritores prosoviéticos que decidieron ignorar la persecución de los críticos; con los procastristas, de los que muchos todavía siguen creyendo en el paraíso cubano como una meta a alcanzar en la América hispana; los capitalistas, que han saturado el mercado con obras sin ningún valor estético ni intelectual.
Entonces, si las doctrinas son refutables, y los paraísos se sostienen sobre la persecución, y el mercado devalúa la creación humana, ¿vale la pena comprometerse intelectualmente con ellos? ¿Vale la pena que el escritor, el artista, abandone su obligación moral de ejercer la crítica para servirle a un credo? ¿Y dónde podremos ejercer esa crítica si los proyectos literarios prefieren servir de carteleras antes que de vitrinas?
Ya he dicho esto en otros textos, y al parecer no está de más recordarlo: que el primero de los compromisos de un escritor es con su obra, con las exigencias que su obra le demanda para ser auténtica y genuina. El valor de una obra literaria no está en los temas que trata ni en los discursos de los que se nutre: está en su capacidad para arrojarle luz a un lector a través de la autoproyección. Es reconocerse a partir del propio entendimiento propio de un autor. El arte es un espejo que le devuelve su imagen a quien se le acerca, una que no conocía, desde un ángulo que no había visto, y no un manual de buenas prácticas para ser un mejor ciudadano ni un catálogo de argumentos progresistas de un autor.
La conexión entre escritores y lectores no siempre es inmediata: se hace a través del tiempo. Por eso las obras deben aspirar a ser entendidas por lectores del futuro, que no compartirán nuestras creencias, condiciones ni sistemas políticos, pero que se seguirán preguntando las mismas cosas que nos hemos preguntado desde hace siglos porque seguirán siendo humanos. Cada aporte debe ayudarnos a entender mejor un contexto social e histórico, pero no a partir de la propaganda política sino de cómo un contexto tan complejo trastocaba la vida de las personas. Es buscar la verdad a partir del artificio. Ese es el arte de la ficción.