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DIEGO COVARRUBIAS
Déjenme presentarme: soy «Hasta que la muerte nos separe», el último lugar común que sobrevive en la literatura. Escribo esto en la clandestinidad huyendo de los escuadrones de la Real Academia de la Lengua Española, que le ha puesto precio a mis letras, y que solo al pensar en lo que me harían si me encontraran se me frunce cada sílaba del enunciado.
El zafarrancho empezó cuando a «Solo» le pareció injusto y arbitrario que los jerarcas de la Academia decidieran quitarle la tilde a su primera o porque, según ellos, la ausencia del acento acentuaba, paradójicamente, su solitaria soledad. A la protesta de Solo se le sumaron palabras que nada más buscaban una excusa para levantarse en mayúsculas, como «Subversiva», «Bélica», «Revolucionaria», «Anárquica» y «Fanática», así como otras con significados parecidos que pretendían derrocar a la tiránica Academia.
Las palabras amotinadas argumentaban que el lenguaje es un ente vivo que muta a mil por hora, y que para permitirle seguir sus propios cauces tenía que adaptarse a las nuevas tecnologías. Exigían, entre otras demandas, la creación de un nuevo vocabulario exclusivo para cooperar con la inteligencia artificial.
Las protestas subieron de tono. Las palabras exaltadas rompieron las ventanas de las librerías, hicieron pintas en los anaqueles de las bibliotecas, se negaron a usar los signos de apertura de exclamación e interrogación, alternaron impunemente mayúsculas y minúsculas entre sus sílabas y proclamaron la muerte del punto y coma que, según dijeron, era imposible utilizarlo correctamente. Además, afirmaron que los cuarenta y seis académicos de número de la Real Academia eran funcionarios de escritorio que ocupaban ese cargo de por vida: viejos apolillados que se resistían al Instagram, al WhatsApp, TikTok y otros ciberespacios distópicos que han proliferado en el misterioso y siempre cambiante universo de las redes sociales.
Las protestas se extendieron a los diccionarios de todo el mundo, que agitaron violentamente sus hojas, sacudidos por los disturbios de palabras necias que se cambiaron el significado de un momento a otro, que se ponían (o quitaban) acentos y diéresis a su antojo, o que mandaron al exilio a las haches mudas por considerarlas inútiles y poco prácticas.
La respuesta de las academias de las lenguas fue brutal y estuvo financiada por diversos grupos de poderosos multimillonarios que no estaban dispuestos a tolerar la anarquía en el lenguaje. De un plumazo, los académicos crearon un represivo ejército comandado por nuevas reglas gramaticales cuyo objetivo era ponerle fin a la insurgencia. Los batallones de la ortografía persiguieron a las palabras revoltosas a lo largo de cada obra publicada, y cuando las encontraban, las ejecutaban sin piedad.
Cuando la rebelión fue derrotada, la Academia Española decidió dar un golpe de autoridad adicional y prohibió, sin justificación alguna, el uso de los lugares comunes en la literatura. Entonces los escuadrones gramaticales salieron a buscarlos en las páginas de los libros, y ahí donde los encontraban, los ponían frente a definiciones de fusilamiento, y usando un poderoso corrector de textos los separaban; por ejemplo: a pálida de luna, a densa de niebla, y así. Pero los lugares comunes, como «Y vivieron felices para siempre», «Mariposas en el estómago», «Piel de porcelana» o «Lluvias torrenciales» fueron condenados a muerte sin juicio previo. A «Nudo en la garganta» lo obligaron a desanudarse antes.
Los únicos lugares comunes que sobrevivimos a la masacre fuimos «Amor eterno» y yo. El vínculo entre nuestras palabras es tan fuerte, y viene de tan lejos, que no hay mejor forma de decirlo que así, tal cual. Brincando de párrafos a capítulos, y de capítulos a libros, logramos sobrevivir refugiándonos en regiones de inviernos crudos, y fuimos venerados como los símbolos de la Resistencia por la cofradía de palabras que se negaban a someterse al régimen, hasta que «Mentira piadosa», un lugar común al servicio de la Academia, nos delató a cambio de que sus palabras pudieran permanecer juntas.
Yo logré escapar, pero Amor eterno fue capturado.
A los tres días encontré sus letras dispersas entre los versos de un viejo y desolado poemario que languidecía en los anaqueles sin alma de una librería mal iluminada del centro de la ciudad. Rescaté a las que pude de entre los versos borrachos y suicidas que ardían en las llamas del infierno, y con la ayuda de algunas palabras les dimos sepultura en una tumba del cementerio de las lenguas muertas. En su lápida, y en abierto desafío a la Real Academia, grabamos el epitafio: «Aquí yace el Amor Eterno», que quedó como emblema de que hay lugares comunes que ni la muerte puede separar y que, por más que se esfuercen, no habrá metáfora o analogía que logren superarnos.
Autor del libro El juicio de los libros y otros cuentos irreverentes (2024). Cancunense, admirador de Borges y de Cortázar, cazador de palabras y de historias.
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