Apoya a Cuentística
DIEGO COVARRUBIAS
Un amigo me comentó que en el mercado Sonora de la Merced Balbuena se podía conseguir de todo, y hacia allá fui. Caminé por pasillos mal iluminados en los que individuos de aspecto sombrío vendían frascos con tierra de panteón y lombrices ciegas, semillas de girasol negro, ramos de ruda para sahumar malas vibras, y toloache molido para secar hemorroides. En otro pasillo, las curanderas frotaban huevos negros en las barrigas de sus pacientes; en otro, se ofrecían pócimas para alejar zopilotes, y al fondo se vendían tarántulas, sanguijuelas, sapos gigantes; oscuros cuervos emitían lúgubres graznidos que rechinaban en las orejas de los visitantes, y el vapor de las ollas olía a rata hervida.
Me acerqué a una anciana y le pregunté en dónde podía comprar una protagonista para una novela o cuento. Me dijo que la siguiera, y en uno de los pasillos más recónditos me presentó a don Huicho, un tipo que hedía a azufre, que tenía pocos dientes y menos escrúpulos, quien al conocer mi petición, tocó una campanita y al instante aparecieron tres protagonistas a las que me presentó: Calixta, Marifer y doña Candy.
—Cualquiera de las tres te funciona —me dijo don Huicho—, pero yo te recomiendo a Calixta, que igual te da para un cuento de realismo mágico que para una novela romántica de futuro distópico.
Escogí a Calixta porque era la más joven de las tres. No regateé el precio. Lo único que quería era salir cuanto antes del mercado, que comenzaba a inquietarme con ese ambiente a escena del crimen que tenía.
Llegamos a mi departamento, yo con la tripa descompuesta.
—Entra —le dije a Calixta—. ¿Quieres tomar algo? ¿Agua? ¿Una chela?
—Nada, gracias —me contestó.
Se veía nerviosa, pero supuse que tal vez era porque ya estaba asumiendo el rol de protagonista de mi novela o cuento. Todavía no me decido qué voy a escribir.
—Quítate la ropa —le pedí.
—¿Cómo? Yo no soy una protagonista cualquiera; yo tengo madera para ser una Emma Bovary, o incluso una Úrsula Iguarán, con su par de luciérnagas azules revoloteando alrededor de los ojos.
—Por mi puedes ser Ana Karenina —le respondí—, me da igual. Yo te compré para que seas mi protagonista. Así que, ya me oíste: mírame a los ojos y quítate la ropa. Y hazlo lentamente.
Calixta suelta el primer botón de su blusa, y después el segundo, y el tercero, y lo hace con la cadencia de una flor que abre sus pétalos en abril. Se suelta el pelo, y de paso, el broche del brasier. Sus senos aparecen como dos amaneceres pulsantes y luminosos. Se quita los zapatos. Se saca de encima los jeans con todo y tanga, y ya completamente desnuda, se deja caer de espaldas sobre la cama y abre las piernas. Pone dos dedos de su mano derecha en los labios de su vagina y empieza a moverlos de arriba abajo, y de abajo arriba, haciendo círculos para un lado y para el otro. Y cuando siente la humedad, los mete hasta el fondo, y los saca, y vuelve a empezar otra vez, mientras que con la mano izquierda se aprieta sin piedad los senos y pellizca suavemente sus pezones.
Calixta se deja ir: no piensa en nada; solo se deja ir. Cambia de ritmo sabiendo que no hay prisa, que tiene todo el tiempo del mundo para disfrutar de su posición. De pronto arquea la espalda, y entre trompetazos laudatorios, profiere onomatopeyas por todos los poros de la piel y tiene el orgasmo más delicioso, más expansivo, más intenso que ha experimentado en toda su vida. Cuando por fin las ondas lúbricas terminan de sacudir su cuerpo, cierra los ojos, esplendorosa y desnuda, y despliega sus delicadas alas de tinta azul sobre la página.
Es su momento y lo sabe: toda mi atención de escritor está puesta en ella.
A la mañana siguiente, Calixta se despierta extasiada, llena de dicha y felicidad eternas. Bosteza, se estira, y luego se extiende presumiendo una desnudez impúdica, espectacular y húmeda, todavía sacudida por lo que le pasó en el párrafo anterior, suplicándome que repita lo mismo en el siguiente.
¡Ay, Calixta! Si supieras que al final me decidí por escribir un cuento tan breve que no habrá un siguiente párrafo. Lo más que puedo hacer por ti es rendirte un pequeño homenaje y ponerle tu nombre al cuento, que termina exactamente aquí.
Autor del libro El juicio de los libros y otros cuentos irreverentes (2024). Cancunense, admirador de Borges y de Cortázar, cazador de palabras y de historias.